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Por qué sufrimos con los demás. ¿Será por amor?


por Andre Lima - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

Un amigo me llamó para hablar sobre su hijo. Estaba muy preocupado por el chico, que andaba deprimido desde hacía cierto tiempo. El padre no sabía qué hacer, cómo ayudar, y sufría al pensar en la situación del hijo. Le dije que podría recomendar a su hijo un trabajo terapéutico que sería de gran ayuda, caso el muchacho aceptase. Si no aceptase, no había nada que hacer a no ser aguardar.

Le hice otra recomendación importante. Que él mismo buscase un trabajo terapéutico, para poder quedar en paz ante el sufrimiento del hijo, aunque el muchacho no quisiese ser ayudado. Le dije que sería muy bueno que él se pusiese bien, aunque su hijo estuviese atravesando una fase difícil.

En ese momento me dijo que tenía una relación muy estrecha con su hijo y que por lo mucho que le quería, no le sería posible verlo de aquella manera y estar en paz al mismo tiempo.
Surgió entonces una creencia muy común: la creencia de que cuando alguien a quien amamos está sufriendo, tenemos que sufrir también y no podemos quedar en paz. Esa creencia trae otras implicaciones, que son también creencias y pensamientos que nos prenden al sufrimiento:

Si yo me quedo en paz mientras mi hijo tiene un problema serio, significa que no lo amo / Si yo estoy feliz mientras él tiene un problema, esto significa que él no me importa / Si yo me quedo en paz, no voy a adoptar ninguna actitud para ayudarlo / Las personas solo actúan para ayudar a alguien cuando ellas mismas sufren al ver al otro sufrir / Si ellas no sufren, es que son personas frías y sin sentimientos / Es preciso sufrir juntamente con el otro para implicarte y hacer algo por él / Siento culpa por estar feliz mientras el otro sufre / Estar infeliz juntamente con el otro es una forma de no sentir esa culpa / No sufrir con el otro es abandonarlo y traicionarlo.

Le expliqué que todo eso son creencias en extremo frecuentes, que ya he visto repetirse en decenas de atendimientos que he hecho, y sirven únicamente para producir más infelicidad. Nuestro sufrimiento no ayuda a nadie. Todo lo contrario, siempre acaba estorbando. Sea a nosotros mismos, sea al otro, pues acabamos por hacernos insistentes, demasiado preocupados, sin respetar el derecho que él tiene a no buscar ayuda. Cuando hay sufrimiento e insistencia por nuestra parte, queremos que el otro cambie pronto, así también acabaremos con nuestro padecer. Parte de esa motivación para ayudar acaba siendo bastante egoísta.
¿Qué puede, entonces, impulsarnos a ayudar a los demás, si estamos plenamente felices y en paz? El amor nos impulsa. Punto. No necesitamos ningún tipo de sufrimiento para eso. El bebecito nace y nosotros sentimos un irresistible impulso de cuidarlo y ayudarlo. Y cuánto más felices estemos, mejores serán nuestras actitudes y mejor será nuestra ayuda.

El ego nos convence de que es preciso sufrir juntamente con el otro y con ello acabamos por convertirnos en parte del problema. Quien está infeliz, está formando parte del problema. Es como querer ayudar a alguien a salir de un hoyo de una manera equivocada. Estamos fuera del hoyo, entonces entramos en él y pedimos que la persona se suba a nuestro hombro para que ella pueda salir.

Por alguna razón, ella no tiene fuerzas y no es capaz. Y ahora somos dos dentro del hoyo. Seguimos insistiendo, pero la persona sin fuerzas no es capaz y nosotros acabamos por quedarnos allí dentro con ella.

Familias enteras entran dentro del hoyo cuando tienen algún miembro con un problema más serio, principalmente en casos de depresión, vicios y otras cuestiones emocionales graves. Los miembros de la familia siempre quieren que el familiar enfermo busque ayuda. Insisten, se enfadan, están preocupados, tristes, y eso nunca tiene el poder de convencer al que no quiere ser ayudado.

Los familiares telefonean al terapeuta (ya he recibido muchas llamadas y correos así) diciendo que el hijo, o la madre necesita ayuda urgente, preguntan cómo es el trabajo, cuánto cuesta, dicen que van a pagar, etc. Como no fue el propio “necesitado” el que entró en contacto para buscar ayuda, ya barrunto que aquello probablemente no dará en nada.

No diré que es imposible, pero es muy raro que alguien consiga encaminar a otro que no quiere ser ayudado. Podemos únicamente sugerir y dejar que él encuentre el camino.
Cuando un adulto quiere, él mismo telefonea y pide la cita. En algunos casos, puede que pida a alguien que lo haga por él. Pero cuando el deseo no parte de la persona que está en dificultades, ésta no llega al tratamiento, o bien llega pero rápidamente lo abandona.

Cuando recibo correos o llamadas en ese sentido y percibo el sufrimiento de quien está tratando de ayudar, suelo indicar que la propia persona que me telefoneó haga un trabajo. Es como si le dijese “has entrado en el hoyo, es importante que salgas, incluso para establecer un equilibrio mayor en la familia”. Cuantas más personas estén sufriendo en aquella familia, peor será para ella; obvio.

La mejor forma de ayudar surge cuando estamos en paz. Ves a alguien dentro del hoyo, y desde arriba le ofreces la mano para que la persona salga. Si ella no puede, entonces pones una escalera y se la dejas allí, a su disposición. Aun así, hay algunos que no suben. Y son muchas las razones inconscientes que llevan a alguien a proceder de esa forma. Ni siquiera la propia persona lo sabe, ni ve que se está saboteando. No pasa por la lógica racional. Jamás lograremos comprender plenamente lo que pasa. Es preciso que la propia persona despierte y tome la decisión de salir del hoyo aceptando la ayuda ofrecida.

Cuando intentamos convencerla a toda costa, hablando demasiado, peleando, insistiendo, el efecto suele ser el contrario y la tendencia de la persona es a cerrarse en banda cada vez más. Lo cierto es que, en parte, estamos tratando de acabar con nuestro propio sufrimiento, pues necesitamos que el otro cambie para quedarnos en paz. Cuando descubrimos que podemos tener nuestra paz interior independientemente del otro, surge el desapego. No es desinterés, sino desapego. Estaremos listos para ayudar, pero sin aquella vibración de necesidad, miedo, desesperación e incluso rabia contra el otro durante la espera. En ese estado tampoco existe el sentimiento de culpa por estar bien mientras el otro está mal.

Respetar la decisión del otro (aunque sea una decisión inconsciente) de permanecer dentro del hoyo es un acto de amor y consideración. Aguardar pacientemente, de forma desapegada, es también un acto de amor. Cuando actuamos así, nuestro poder de influencia se hace mucho más fuerte, por mucho que parezca lo contrario. La *EFT (técnica para auto-limpieza emocional, véase al final del artículo cómo recibir un manual gratuito)nos lleva a ese estado de paz, pues con su ayuda es posible disolver todas las creencias limitantes que nos prenden al sufrimiento.André Lima - EFT Practitioner. *EFT - Emotional Freedom Techniques
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