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​QUIERO TENER UN HIJO


por Anderson Coutinho - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

Para traer alegría.
Para inundar la vida de esperanza.
Para cuidarlo.
Tenerlo en brazos.
Llevarlo al médico.
No debe haber placer mayor que despertar por la noche en socorro al llanto.
Y envolverlo con la ternura de un padre que viviría - y hasta moriría - por él - o ella.
Mirarle a los ojos cantando una canción. No sólo de acunar, sino de celebrar su llegada.
Una criatura que desde la cuna ha sido arrullada por música, alegría, canción.
Acompañar su crecimiento.
Ver las primeras sonrisas, las primeras carcajadas.
Encantarme al ver su primer gatear.
Emocionarme al presenciar sus primeros pasos.
Lo que va a decir antes, si "papá" o "mamá", no importa.
Importa que crezca fuerte, amparado desde la más tierna edad, y que nada le falte.
Ser el estímulo en las horas tristes, y la plenitud en las horas felices.
Ser amigo o amiga, estar presente, hasta en los momentos de ausencia.
Deseo mucho ser padre.
Y a veces me pongo a pensar qué bueno será lidiar con todos los retos que esa tarea implica.
Verlo crecer con salud, enseñarle - a él o a ella - el mundo, el valor de las cosas y la importancia de ser bueno - pero no bobo.
Sentir la saudade en los primeros viajes lejanos, la angustia en la noche de las fiestas.
Reclinar su cabeza en mi hombro ante sus decepciones de adolescente.
Ser y hacer por él - o ella - no todo lo que me pida, pero sí ciertamente todo lo que pueda necesitar.
¿El mejor regalo que yo le daría? Educación. Instrucción.
Siempre he pensado estimular a mis hijos a ser buenos en tres cosas:
Matemáticas, música e idiomas. Aparte de conocer bien la lengua propia, también inglés y quién sabe francés.
O el idioma que quieran.
Y me gustaría vivir lo suficiente para verlos llegar a la edad adulta con esperanza en la mirada.
La satisfacción de oír: "Padre ¿me ayudas?"
Es como si en este momento mi corazón se proyectase en el futuro y ya se abriese para abrazarlos en cada una de sus dificultades.
No como quien les priva de las dificultades y enseñanzas del mundo.
Sino como quien construye en sus corazones la certeza inquebrantable de que en cualquier circunstancia, siempre tendrán un sitio a donde volver.
No condenar, ni juzgar sus errores. Pero sí intentar juntos encontrar una solución.
Quiero ser padre. Y lo deseo tanto, que llego a emocionarme ante el sueño de engendrar un hijo, de recibir a un espíritu en mis brazos.
O dos. O tres. Gemelos, quizá.
Pero aunque sólo fuese uno, eso me alegraría como si me envolviese la mayor de las felicidades.
¿Producción independiente?
Gracias a mi género, no.
Porque quiero tomar una de sus manos sabiendo que a mi lado hay una mujer capaz de tenerle la otra.
Y que seamos sus mejores amigos.
Y que seamos ejemplo de acogimiento, fuerza y coraje, pero por encima de todo, presentes.
Los padres que aman a sus hijos verdaderamente y buscan lo mejor para ellos - sin hurtarles aprendizajes - son verdaderos héroes.
Porque los héroes no impiden que el mal se produzca.
Los héroes nos salvan de los males, y nos hacen volver a creer en la esperanza.
¡Deseo mucho tener un hijo, o hija, o hijos!
Y más que vestir la armadura de Iron Man para jugar interminablemente en sus tiempos de niñez, ser el héroe que los salva de dudas y dolores.
De la mano con su madre, aun cuando haya innumerables defectos que corregir, nunca dejar que les falte el ejemplo más absoluto: la fuerza de un amor inamovible.
De esos amores que hasta pueden pasar por todas las turbulencias de los viajes de la vida, pero que permanecen.
Un amor que ni el tiempo, ni las eras, ni la propia muerte, puede hacer perecer.
Quiero ser padre.
Y tú, hijo, o hija, o hijos, desde el cielo, en el plano espiritual en que os encontráis, sondead mi corazón.
Comprenderás o comprenderéis todas las preguntas que hay en él.
Si es que merezco saber las respuestas, sólo abrazadme en ese momento.
Pues yo sé que el silencio puede decir muchas cosas.
Y en ese momento, es en él - en el silencio - donde mi alma se adentra para oír la voz de vuestros corazones.
Y ahí en ese cielo desde donde tendéis sobre mí vuestra mirada, recibid la ternura y el cariño de mi más profunda gratitud.


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