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Reencarnación: ¿crees en eso?

por WebMaster em STUM WORLD
Atualizado em 10/12/2009 10:48:59


por Renato Mayol - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

Cierta vez, un amigo y colega, presidente de una prestigiosa sociedad médica, me pidió que hablase con él acerca de la reencarnación, pues quería oír y discutir con alguien de su estima y confianza, hechos y elementos que le permitiesen aceptar o refutar tal posibilidad.
En el caso, la pauta no era discutir algún tipo de vida después de la muerte ni tampoco alguna supuesta resurrección, entendida ésta como el retorno a la vida en el mismo cuerpo. Tampoco deseaba él una discusión mística o filosófica sobre la linealidad del tiempo y su irrelevancia o no en planos de otras dimensiones.
Tampoco estaba interesado en cuestiones religiosas, credos, dogmas, y mucho menos en la cuestión de la fe. Ni en libros y autores, pues referencias, él mismo podría encontrarlas. Lo que quería él era saber si yo estaba al tanto de informaciones y hechos que yo mismo hubiese constatado o escuchado de una fidedigna e imparcial fuente.

Empecé contándole que hace muchos años, mientras me encontraba en Estados Unidos, en cierta ocasión, conversando con un médico americano que estaba trabajando en su tesis de doctorado en psiquiatría, él me confidenció que su estudio consistía en hacer regresiones hipnóticas de individuos a antes de su nacimiento y en el caso de consistentes relatos de acontecimientos de alguna vida anterior, ir en busca de lugares, fechas y documentos que pudiesen comprobar una existencia pasada. En el historial de su interés por ese estudio, estaba el hecho de una joven, hija única muy amada por su padre, el cual la llamaba por un especial apelativo cariñoso. Cuando su padre vino a fallecer, ella, a los cinco años de edad, acabó siendo criada por una parienta que vivía en otra ciudad. Más tarde, ya adulta, se mudó nuevamente a otra ciudad, sin que volviese a tener contacto alguno con nadie de su infancia. Se casó y tuvo un hijo. Y he aquí que un día, el niño, a la edad de solo seis años, de pronto dejó de jugar, corrió hacia la madre y sujetándole el rostro con su manita, la miró bien a los ojos y la llamó por el apelativo que solo ella conocía, y que nunca más había escuchado hasta entonces.
Poco a poco ella fue notando más características de su fallecido padre en las actitudes de su hijo. Ese y otros casos análogos habían motivado al médico para el estudio que estaba realizando.

De otro caso he sabido por una periodista que escribió la historia de una familia en la cual el hijo, de solo ocho años, había sido secuestrado y muerto pese al pago del rescate, por haber reconocido a uno de los secuestradores. Años más tarde, cuando la pareja tuvo otro hijo, una niña, a la edad de cinco años ésta empezó a preguntar dónde estaban ciertos juguetes, sus cuadernos y mochilas que, verdaderamente, eran del hermano, y que los padres tenían guardados donde nadie tocaba desde hacía años. Además, la caligrafía de la niña, a la edad de ocho años, era idéntica a la del hermano.

Narré también el caso de un chiquillo que conocí cuando trabajaba en una encuesta en el Hospital del Cáncer. El niño tenía unos nueve años y su cáncer óseo se había diseminado, a pesar de la amputación de la pierna con el tumor. Tenía que hacer quimioterapia, pero lo rehusaba. Cuando me fue traído por los padres, que estaban viviendo una seria crisis conyugal precipitada por la enfermedad del niño, charlando con él a solas, como si fuese un adulto, conseguí convencerlo para someterse al tratamiento con el equipo de oncología pediátrica. Algunos meses más tarde los padres me lo trajeron, pues él había manifestado el deseo de verme.
A solas en la consulta, de pronto, dejó de hablar sobre la escuela, sus amiguitos, el tratamiento, y mirándome a los ojos, con voz alterada y timbre de adulto, me dijo: “Sabe, yo he nacido para pasar por esto.” Un mes más tarde, la madre me telefoneó informando que el hijo había fallecido y que ella se había separado del marido. Mencioné este caso porque me pareció que serviría para que mi amigo reflexionase sobre el nacer, la vida... y el después.

Pertinente al tema de nuestra charla sobre la reencarnación, le conté también un caso muy significativo para mí. En la práctica del deporte, yo había trabado amistad con Rafael, con quien, además de entrenarme en kárate, solía también charlar acerca de la vida y la muerte y, un día, jocosamente acordamos que el que se muriese primero informaría al otro sobre el después. A la edad de 54 años, Rafael tuvo un infarto agudo de miocardio y falleció. Unos siete días después de su muerte, un amigo común del gimnasio me contó que Rafael se le había aparecido en un sueño vívido, vestido con una túnica amarillo-oro, sentado, sonriendo y observando muchos escarabajos en el suelo, delante de sí.
Impresionado, él no comprendía el significado de ese sueño. Le expliqué que el escarabajo era el símbolo sagrado del renacimiento entre los antiguos egipcios. ¡De esa forma, el intermediario fue alguien que no estaba interesado en la reencarnación y no tenía ni idea sobre la simbología del escarabajo!

Cuando terminé, mi amigo, abrazándome, dijo: “De hecho, la reencarnación, sea un fenómeno general o no, sin duda puede ofrecer interesantes posibilidades para la comprensión e interpretación de muchas cosas, que de otra forma difícilmente tendrían sentido... por tanto ¿por qué no?”


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