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Reflexiones sobre `Lo Femenino´ - Parte 4

por Flávio Gikovate
Publicado dia 22/07/2008 15:08:21 em STUM WORLD

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Traducción de Teresa - [email protected]

3. Una diferencia sexual más: ausencia de período refractario.

No aprendemos a lidiar con nuestras diferencias ni hemos sido entrenados para eso, pese a todo el discurso oficial que nos dice que hay que respetar a los que no piensan como nosotros. La verdad es que tendemos a no dar crédito a los que han llegado a conclusiones distintas de las nuestras acerca de cualquier tema. En los más polémicos y serios, como la política y la religión, por ejemplo. El caso es que nos irritamos mucho cuando nos deparamos con alguien que tiene una opinión divergente. La diferencia de punto de vista se vive como ofensa personal, mayormente cuando procede de personas que apreciamos desde el punto de vista sentimental. Es como si nos sintiésemos abandonados, traicionados. Nos gusta que piensen del mismo modo que nosotros porque nos sentimos protegidos, menos solitarios en este mundo. Detestamos todo lo que nos recuerde nuestra condición de desamparados, solitarios e insignificantes.

Pensando un poco más profundamente, es innegable que las diferencias de opinión tienen que existir. No hay dos cerebros idénticos, a no ser en el caso de gemelos univitelinos, dejando aparte que cada uno ha estado sometido a experiencias peculiares, sobre las cuales ha reflexionado y ponderado de modo propio. La unicidad y la soledad que de ahí se derivan son partes esenciales de nuestra condición, ya soportemos bien ese hecho, o no - nuestra condición es de "soledad radical", como dijo Ortega y Gasset. Lo contrario es lo verdadero: deberíamos sorprendernos agradablemente cuando nos topamos con alguien que piensa de modo parecido al nuestro. Tales personas, que son las que sirven para ser nuestros amigos, y deberían ser también nuestros compañeros sentimentales, son tanto más raras cuanto más sofisticado sea nuestro aparato psíquico; así, las personas más simples suelen tener mayor facilidad para encontrar a otras con las cuales gusten de conversar. Lo que hay tras nuestra intolerancia ante las diferencias de opinión es, insisto una vez más, la incapacidad que tenemos de aceptarnos como seres únicos y solitarios. Queremos realzarnos, pues eso hace bien a nuestra vanidad - importante ingrediente de nuestro erotismo relativo a fuerte placer exhibicionista. Nos gusta, por lo tanto, ser únicos, pero no soportamos sentirnos solitarios, de modo que deseamos sobresalir dentro de contextos en que los demás están presentes y comparten intereses muy cercanos. Es más fácil, bajo el aspecto psicológico, destacarse por tener un reloj que todos desean poseer, que por tener puntos de vista discrepantes. El reloj nos convierte en ídolo de los que sueñan con él, mientras que la idea original nos hace sentir soledad, tiende a alejar a las personas de nosotros.

Veamos cómo esto se vuelve muy complicado y la solución difícil cuando estamos estudiando las relaciones íntimas. Como no podemos soportar bien la soledad tendemos a acoplarnos, formando pares. El amor existe, como sentimiento gratificante derivado de una unión estable, justamente porque soportamos mal el estar solos, como consecuencia de sentirnos incompletos en nosotros mismos; es como si algo nos faltase, algo que sólo se colmará con la presencia constante de esa otra persona muy especial. Así, incluso en la fase adulta de la vida, continuamos teniendo interés en establecer un vínculo similar al que teníamos con nuestra madre. Necesitamos de la cercanía protectora que se deriva de una alianza fuerte, rica en ingredientes infantiles. Casi todos nosotros necesitamos de ese "regacito" cualquiera que sea nuestra edad. Y los que pueden prescindir de él aún así aprecian mucho esa situación; la buscan con menos desesperación porque pueden permanecer en soledad; con todo, la buscan; no lo necesitan, pero lo desean.

Hemos visto, en el segmento anterior, que hombres y mujeres rivalizan y están en permanente lucha por el poder en virtud de la mal elaborada diferencia de la importancia del punto de vista en el despertar del deseo sexual. Y son esos mismos individuos, casi siempre en pie de guerra, los que tendrán que buscar protección y así atenuar la dolorosa sensación de desamparo presente en ellos. Tendrán que ser, al mismo tiempo, rivales y protectores uno del otro. No en vano son tan grandes las desconfianzas que suelen manifestarse a todo instante en las relaciones íntimas. ¿Cómo confiar en nuestro mayor rival?

Y más: ¿cómo soportar que aquel que es nuestro objeto de amparo tenga puntos de vista diferentes de los nuestros si esto justamente es lo que más nos hace sentirnos abandonados y solos?
No sin motivo, pues las parejas disputan tan dramáticamente por cualquier mínima diferencia de opinión. Son serias las razones que llevan a aquellos que se aman a tratar de homogenizar todos sus gustos e intereses, sus convicciones y sus proyectos de vida. Por otra parte, tal empeño no puede dejar de desembocar en actitudes totalitarias, en las cuales uno de los dos acaba por dominar al otro, al menos en apariencia. Se establecen así las frecuentes relaciones a que E. Fromm denominaba sadomasoquistas. Al mismo tiempo, y si tenemos en cuenta que no existen dos cerebros iguales y que las experiencias de vida son únicas, ¿cómo podremos sostener la hipótesis de que hombres y mujeres sean y piensen de la misma forma?

Nos perdemos en los recovecos de nuestras propias contradicciones, siendo que muchas de las precarias reflexiones que comúnmente hacemos se derivan precisamente de algún ingrediente emocional mal elaborado. Como no soportamos nuestra condición de solitarios, nos gusta suponer que el otro siente y piensa de modo similar al nuestro. No podemos dejar de pensar así porque nuestra emoción lo pide. Al mismo tiempo, los hechos nos irritan a todo instante porque nos demuestran lo contrario ("Mi mujer, cuando menos ella, tendrá que pensar como yo, sentir la vida como yo, tener sensaciones psicológicas similares a las mías, vivir su sensualidad de modo idéntico al mío." "Si mi marido da muestras de interés por el "trasero" otra, ya me irrito, pues yo no me quedo mirando el cuerpo de otros hombres." Estos son algunos ejemplos de lo que ocurre en lo cotidiano de casi todas las parejas, siempre en virtud de la tentativa de homogenizar los pensamientos).

En realidad, no pueden existir dos cerebros que piensen del mismo modo todo el tiempo; eso no ocurre siquiera entre los gemelos idénticos, pues cada uno acaba por sacar conclusiones peculiares sobre los acontecimientos que asolaron a ambos; o entonces ha estado sometido a condiciones únicas, no idénticas a las del hermano - por ejemplo, uno de los dos contrae una enfermedad tipo hepatitis, que exige larga recuperación, y listo, ya ha ocurrido una vivencia importante que los diferencia. Ahora bien, ¿qué decir de un hombre y una mujer que, como mínimo, tienen en su instinto sexual algunas diferencias que hacen que sus historias de vida sean no sólo distintas, sino que recorran territorios antagónicos? ¿Cómo suponer que un hombre, que tiene el deseo activo visual y se siente frustrado por la no correspondencia, pueda tener una subjetividad idéntica a la de una mujer, que es objeto del deseo masculino y se siente gratificada y encantada con eso? Apenas por fuerza de esa diferencia, pienso que ya sería imposible cualquier conjetura respecto de la igualdad entre los sexos. Claro está que ha de haber igualdad de derechos y de responsabilidades, pero estas reflexiones no van formuladas bajo ese prisma. Además, donde se origina de veras nuestra ansia por la igualdad es en nuestra incapacidad de soportar la soledad y no en una ideología que se haya demostrado convincente a nuestra razón.

Nos irritamos brutalmente con las diferencias entre las personas, intentamos ecualizar nuestra subjetividad con la de nuestra mujer y viceversa, pero todo eso no sirve de nada: allí están nuevamente las irritantes diferencias en la manera de ser y de sentir, que acaban por reflejarse en la manera de hablar de cada uno. No podemos siquiera saber si las palabras, usadas por personas diferentes, corresponden, en su íntimo, a sentimientos similares. De hecho, la mente ajena es, y siempre será, un misterio para cada uno de nosotros.
¡La psicología es la ciencia que estudia, entre otras cosas, los modos que tenemos de intentar construir puentes entre esas islas solitarias! Sus conceptos siempre habrán de emplearse con enormes reservas, justamente en virtud de las dificultades que encontramos al querer comprender lo que ocurre dentro del otro. Nos gusta cualquier concepción o ideología que nos diga que somos todos iguales - y contra ellas nuestra vanidad se levantará inmediatamente, pues al mismo tiempo odiamos ser iguales a los demás - pero somos todos diferentes; y más, esta diferencia se exalta cuando hablamos de un hombre y de una mujer.

Si ya los sexos se distinguen por la diferencia, ya descrita, relacionada con la importancia del punto de vista en el desencadenar de los procesos eróticos, más complicada aún se pone la cuestión cuando tenemos en cuenta que además existe otra diferencia esencial en nuestra fisiología sexual: el hombre experimenta un período refractario tras la eyaculación, que es inexistente en la mujer; tanto es así que ella puede continuar intercambiando caricias eróticas indefinidamente, sin que eso se le haga repulsivo, doloroso o desagradable. Tal diferencia es, como regla, acatada en la vida práctica y en lo cotidiano de las parejas. Siendo así, siempre que el placer no se alcance simultáneamente - que es lo más corriente, mejor dicho, la idea de que las descargas tendrían que suceder al mismo tiempo ya debe haberse originado en el anhelo de atenuar la soledad y de una tentativa de imponer la igualdad - la preferencia es dada a la mujer, no por caballerosidad, sino porque el hombre no suele tener condiciones "técnicas" para continuar el acto sexual después de la eyaculación.

En otros momentos, no obstante, la diferencia vuelve a ser vivenciada como grave ofensa personal. La cuestión del orgasmo femenino, a la que volveremos más adelante, tiende a transformarse en cuestión de honor para los hombres, que insisten en imaginarlo como algo equivalente a su propia eyaculación. ¿Será de veras así? En realidad, no tenemos forma de saber exactamente qué sienten las personas del sexo opuesto en el momento preciso de la descarga fisiológica que les es tan característica. La virilidad y la autoestima sexual de los hombres han venido asociándose a la competencia, que se les ha estimulado a desarrollar, para conducir a sus parejas al nivel de excitación y descarga adecuado. ¿Cómo saber si la mujer está de veras teniendo un orgasmo o lo está fingiendo? ¿Cómo saber si es verdad o mentira algo que concierne a un fenómeno que no tenemos medios de conocer "por dentro"? ¿Cómo confiar en el sexo opuesto, nuestro rival tradicional? ¿Cómo saber si la mujer está de veras "entregándose" a un hombre o apenas fingiendo que lo hace para, con ello, tener más poderes sobre él?

La respuesta a tales preguntas es muy sencilla: no tenemos medios para saber exactamente lo que sucede en la mente de otra persona, y mucho menos si es del sexo opuesto. Nosotros, los hombres, no sabemos cómo funciona el psiquismo de una criatura que no vivencia un período de desinterés sexual después de alcanzar el orgasmo, al igual que una mujer no sabrá, jamás, lo que significa un período refractario. Los signos derivados de la diferencia son relativamente evidentes y tienden a ser motivo de disputas: el hombre, relajado y completamente saciado, quiere dormir un poco; la mujer, estimulada por el clima erótico que en ella no se extingue completamente, quiere conversar y cortejar. Ambos se decepcionan, acusan a la pareja de grosería o de incomprensión. Las diferencias, siempre que aparecen, nos dejan incomodados, desconcertados y perplejos.

No es imposible que la percepción, aunque no muy clara y consciente por parte de los hombres, de que la inexistencia del período refractario determina una posibilidad sexual ilimitada para las mujeres, sea un factor más de envidia y de inseguridad masculina. Envidia porque la cultura machista sugiere que serán tanto más viriles aquellos que sean más competentes - cualitativa y cuantitativamente - y más interesados en prácticas sexuales. La disputa entre los hombres va en el en sentido de tener más éxito con muchas mujeres y de ser capaces de múltiples experiencias sexuales en corto plazo. Ahora bien, eso es cosa muy fácil para las mujeres, toda vez que la ausencia del período refractario hace que no exista límite biológico para la práctica sexual femenina - la prostitución femenina, por ejemplo, es mucho más fácil de ejercer que la masculina.

La inseguridad masculina está relacionada al hecho de que las mujeres pueden, si quieren, tener experiencias sexuales con gran facilidad. No suelen tener dificultades para encontrar parejas para ese fin, al igual que no les falta disponibilidad fisiológica. Por cierto, la fantasía masculina es exactamente esa: la de que las mujeres son criaturas que, cuando bien envueltas y seducidas, ciertamente acabarán por ceder a las llamadas eróticas de un hombre interesante y sutil. Ellos piensan en ese tema tomando por base a sí mismos y cómo procederían si estuviesen en el lugar de ellas, lo cual no tiene nada que ver con lo cual, de hecho, les ocurre a ellas. Los hombres se sienten inseguros porque temen que las mujeres hagan lo que ellos harían si tuviesen las facilidades que reconocen existir en la vida de ellas. Tan sólo que ellas no son iguales a ellos y, siendo como son, proceden conforme sus anhelos determinan. Ese es otro importantísimo factor más de desconfianza, envidia y desentendimiento entre los sexos.

No podemos saber a cuánto llegan las diferencias, en el modo de experimentar la vida, el trabajo, las relaciones afectivas y familiares, que se derivan de nuestras diferencias fisiológicas. No es lo mismo ser el que desea que el que es deseado, ni tener o no período refractario después de un encuentro sexual, tampoco ser madre o ser padre, y así en adelante. Si podemos aceptar mejor nuestra condición de criaturas solitarias, tal vez podamos ser más condescendientes con las diferencias que existen entre las personas en general y entre el hombre y la mujer en particular. Posiblemente esto nos ayude mucho a entender un poco más el uno del otro, en vez de solamente hostilizarnos.

Podemos entender perfectamente por qué las mujeres - cuando con toda justicia, se han levantado contra la idea tradicional de la inferioridad de su condición - se adhirieron a la hipótesis de la igualdad entre los sexos; ¡ellas no podían reconocerse como diferentes, pues la soledad les molesta tanto cuanto a los hombres! Así, enveredaron por una ruta de pensamiento extremadamente peligrosa y de alto riesgo: pasaron a poner a los hombres como patrón de referencia para comprender su propia subjetividad. El error es, a mi entender, muy grave; lo he denunciado ya en 1980 y eso me ha rendido pésimos dividendos: he sido acusado de "machista", toda vez que "no aceptaba" la tesis de la igualdad entre los sexos. Lo curioso es que, en aquella época, la supremacía femenina me parecía indiscutible, lo cual hoy ya no me parece que sea tan verdadero, de modo que yo era tachado de "machista" precisamente cuando defendía la tesis de la superioridad femenina y de que el sexo frágil era el masculino. Hoy comprendo bien lo que sucedió, pues ya he entendido que la gente quiere ver que reina la igualdad a toda costa. La idea es necesaria, incluso aunque no fuese verdadera. E interesa más incluso que la de la superioridad femenina, pues ésta no da buen destino a la cuestión de la soledad.

En esta época igualitaria, el orgasmo ha empezado a ser visto como teniendo características iguales a la de la eyaculación masculina - por cierto, se ha pasado a emplear el término "orgasmo" también para los hombres, con lo cual jamás estuve de acuerdo, porque siempre he defendido la idea de que lo femenino y lo masculino habría que intentar definirlos por sí y no que uno sirva de referencia para el otro. El clítoris ha pasado a considerarse versión atrofiada del pene, lo cual, desde el punto de vista embriológico puede ser verdadero, pero no implica que haya que reflexionar sobre él tomando por base lo que ocurre con el pene. El orgasmo vaginal, entendido por Freud como indicio de madurez femenina, ha pasado a ser mal visto y el que tiene lugar en el clítoris comenzó a ser tratado como si tuviese prioridad y más importancia. Fue la época en que aparecieron las revistas femeninas rellenas de fotos de hombres desnudos para que las mujeres tuviesen deleites visuales iguales a los de los hombres; tales revistas han sido, de hecho, deleite para los homosexuales masculinos, fascinados por el cuerpo de los hombres y portadores del deseo visual típico de su género.

Así, el feminismo, pese a toda la hostilidad y resentimiento que lo acompañaban, tenía en su contexto, como ingrediente principal, la ideología igualitaria, en la cual las mujeres deberían tener a los hombres como espejo para mejor reconocerse. ¡El "enemigo" y rival era también lo que habría de servir de modelo! Es difícil imaginar equívoco mayor, el cual sólo podría conducir a resultados dudosos y de corta vida. De él resultó, como importante contribución, el aspecto relativo a la igualdad de derechos sociales de las mujeres. Ha contribuido, juntamente con los avances tecnológicos - e incluso psicológicos que, con todas las dificultades, venimos haciendo - a la emancipación económica de las mujeres y a una creciente ocupación del espacio público por parte de ellas. Ahora bien, en cuanto a la comprensión de lo que sucede en la relación entre los sexos y en lo que se refiere a la comprensión que de sí mismas y de su sexualidad les gustaría tener a las mujeres, nos queda todavía mucho camino por andar.



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Sobre o autor
flavio
Flávio Gikovate é um eterno amigo e colaborador do STUM.
Foi médico psicoterapeuta, pioneiro da terapia sexual no Brasil.
Conheça o Instituto de Psicoterapia de São Paulo.
Faleceu em 13 de outubro de 2016, aos 73 anos em SP.
Email: [email protected]
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