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RESILIENCIA, EL ARTE DE VIVIR


Autor João Carvalho Neto
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Traducción de Teresa
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Desde hace algún tiempo el término resiliencia se ha hecho popular en textos y reflexiones que abordan cuestiones psicológicas. Proveniente de la Física, significa la capacidad que poseen ciertos metales de recibir y absorber un impacto, retornando a su forma original.
En el ámbito psicológico, el concepto está ligado a la habilidad psíquica de lidiar con frustraciones, absorber y elaborar sus acciones traumáticas, aceptar lo inevitable y alterar lo que sea posible, retornando a un estado de armonía interior.

Pese a su aparente novedad, la idea es antigua, habiendo Freud defendido que una mente sana necesita tener un ego fuerte y flexible, justamente el mismo sentido del concepto resiliencia.
Un ego fuerte posee capacidad para enfrentar y alterar los estímulos indeseables, internos y externos; y por ser flexible, tiene la habilidad de absorber los impactos, adaptándose a las nuevas situaciones que surgen sin verse excesivamente afectado.

Vale resaltar que la idea de fuerza en el ego no presupone rigidez. Esto sucede incluso a nivel biológico con la musculatura del cuerpo humano, que puede tener fuerza y a la vez flexibilidad.
A decir verdad, las más de las veces un ego rígido no tiende a ser fuerte, sino que esconde, en su rigidez, una fragilidad con la cual no es capaz de lidiar. Es aquel tipo de personas que temen tanto los cambios y las variaciones de la vida, que intentan imponer su voluntad inexorable al destino, el cual ciertamente no se inclina ante estos caprichos. Acaban por enfermar psicológicamente como vía de escape de una realidad que ha frustrado sus deseos inmaduros y con la cual no saben lidiar.
La falta de resiliencia viene, entonces, acompañada de sentimientos de rebelión contra las adversidades. Esta rebelión es fruto del orgullo narcisista que quiere controlar la vida, concretizar sus deseos a lo largo del camino sin frustración alguna.
Y es ahí donde surge lo que llamamos dolor secundario, típico de los que se han rebelado, el cual se sobrepone a un dolor primario. Si el dolor primario es inevitable, por fuerza de las contingencias de la realidad no permanente en que vivimos, el dolor secundario es opcional, fruto de la no aceptación, que hace que cualquier problema se vuelva peor de lo que podría ser.

Basándonos en estas premisas, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que las personas resilientes son más felices que las que se sublevan, porque aquéllas aceptan los dolores primarios, mientras que éstas generan un nuevo dolor que se encuentra en la rebelión.
Si te has roto las dos piernas y no puedes andar, aun así te quedan opciones: aprovechar la inmovilidad para hacer cosas interesantes, como leer, actualizar contactos, ver películas, o bien rebelarte en la lamentación de lo que no puedes hacer durante la incapacidad momentánea. La elección es tuya. Según mi modo de ver, está claro que alcanzar niveles más satisfactorios de resiliencia presupone algunas habilidades psíquicas. Una de ellas será modificar el punto de vista.
Cuando observas la vida desde el ángulo restricto de una sola existencia, se te hace más fácil sujetarte al deseo del goce absoluto - visto que todo se acabará un día y no existe un sentido mayor para nada - y es difícil lidiar con tu frustración.
La percepción espiritual, tanto bajo el foco religioso como filosófico, aumenta la sensación de no permanencia, de una relatividad existencial que da nuevo significado a los acontecimientos de lo cotidiano dentro de una dimensión mucho más amplia, y por lo tanto menos fatalista.

No por casualidad los conceptos actuales de salud, incluso los materialistas, evocan la necesidad de satisfacción física, social, psicológica y espiritual. No espiritual en cuanto a doctrina espiritualista o sectarismo religioso, sino a la dedicación a reflexiones de religiosidad que aporten nuevas comprensiones existenciales.

Cuando el antiguo Maestro de Galilea recomendó la humildad como requisito para heredar la tierra prometida, de paz y ventura, en realidad recomendaba una mejor aceptación de los acontecimientos de la vida. No la aceptación pasiva que el Estado cristiano nos ha impuesto, con intereses de dominación, sino una aceptación activa, resiliente, sin rebeliones, promotora de fuerza y flexibilidad en el ego para lo que tenemos que enfrentar y transformar en el camino.


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