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¿SABES DÓNDE VIVE DIOS?


por Oliveira Fidelis Filho - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

Hoy, mientras silenciaba y meditaba, fui visitado por agradables recuerdos de mi añorado padre, desde hace algunos años promocionado a otra dimensión. Su apariencia, gestos, sencillez, alegría, optimismo y la peculiar capacidad de atraer a las personas para escuchar sus anécdotas continúan cada vez más vivos en mis recordaciones.

El amplio soportal, una extensión de la cocina con una gran mesa, era parada casi obligada de amigos y personas que pasaban por el camino, conocidas o no, a quienes mi padre llamaba para un cafelito, para una parrafada, un vaso de agua. En aquella pequeña heredad, adornada con sus encantos, él daba rienda suelta a las expresiones de receptividad, propias de su bondadosa alma ‘mineira’. Heredad que para mí ha dejado de producir mucha de su magia al dejar de ser abonada por aquella peculiar expresión de la divinidad.

Recuerdo a mi padre cargando su charrete de bananas, mandiocas, ñames y otros frutos de la tierra para venderlos en la “calle”, pues así nos referíamos a la pequeña y bucólica ciudad de Alto Jequitibá. Por lo regular volvía para casa muy feliz, comentando que las mujeres de la ciudad apreciaban mucho su banana, su mandioca, lo cual casi siempre arrancaba a mi madre expresiones tales como “viejo verde y bobo”…

Heredé más el pesimismo, la introspección, el sentimiento de destierro, soledad y angustia de mi madre que el contagioso optimismo y la alegre levedad de mi padre. Tal herencia materna me ha conducido a cuestionamientos existenciales profundos e interminables, a sentimientos y pensamientos existencialistas y a veces nihilistas, lo cual no raramente me sobrecargaba con fardos casi insoportables. También me ha llevado a la inmersión en el océano de la espiritualidad, en el universo de los sentimientos, en los misterios de la psique humana, y a rechazar abordajes simplistas y superficiales en lo relativo al Gran Misterio y a los misterios de la vida.

Allí donde vivía mi padre todavía reside parte de mi historia, continúa siendo el hogar de mis memorias, sentimientos, utopías y devaneos, propios de mi infancia y adolescencia.

Hoy, él habita mis plegarias, recordaciones, pensamientos y sentimientos. Cuanto más tiempo pasa, más decantada, purificada y tierna se vuelve su imagen proyectada desde mi corazón a la pantalla de mis memorias; más angelical y divinizado lo siento y lo veo.

No siempre he cultivado, en relación a mi padre, sentimientos nobles, de respeto y de cariño. Sin embargo, con el paso del tiempo y con la expansión de mi consciencia, me he perdonado a mí mismo, me he obsequiado con nuevas miradas y he vuelto a elaborar conceptos. Me he desvestido del orgullo y de los enjuiciamientos y he trabajado en mí el vaciado que hace posible la acogida amorosa. He permitido así que su imagen pase a surgir cada vez más beatificada en la pantalla de mis pensamientos. Ha sido para la alegría y la paz de mi propio corazón. Cuánto más me limpio, ¡más agradables se vuelven los recuerdos!

El maestro Jesús se refería a Dios como “mi Padre” aunque también se percibiese como “hijo del hombre”. En Él, Cielo y Tierra se encontraban y se fundían en perfecta sinergia y bienaventurada sintonía. Para Jesús, el Padre nuestro está en el Cielo y el Cielo estaba en la Tierra, pues en su existencia terrena se manifestaba abundantemente la Esencia Divina. No necesitaba ir al cielo para habitar en él, o para encontrarse con el Padre, pues el cielo en Él se hacía y Dios se expresaba. Para Jesús no era ningún misterio saber dónde vivía su Padre, el Padre Nuestro; declaraba que quienes, con ojos buenos, lo mirasen a Él, verían al propio Dios.

En cuanto al paradero de mi padre y la dimensión existencial asumida tras su pasamiento de esta vida, son posibles varias teorías, dependiendo de las creencias de quien las vaya a formular. Sé, con todo, que mientras yo viva, él vivirá agradable y alegremente en mi corazón y en mis pensamientos.

En lo que atañe a la morada de Dios, del Padre Eterno, me gusta la historia contada por Osho. Dice que “cuando Dios creó el mundo, pasó a vivir en él, en el mercado. Pero su vida se estaba convirtiendo en un tormento cada vez mayor, porque las personas no cesaban de traerle quejas: la mujer de fulano está enferma, el hijo de mengano ha muerto, zutano no consigue encontrar empleo – quejas de todo tipo, de toda especie. Y las personas ni al menos se preocupaban por si era día o noche: las veinticuatro horas del día escuchaba quejas y, naturalmente, ya no soportaba más.

Finalmente, consultó con sus asesores que le dijeron: - En primer lugar, ha sido un error crear el mundo. Ahora huye o estas personas te matarán. Pero Dios dijo: - ¿Huir para dónde? Alguien sugirió: - Para el Everest. Dios replicó: - Vosotros no conocéis el futuro. Conozco el pasado, el presente y el futuro. Pronto algún sujeto llegará allá.

Y, tan pronto me vea, aparecerá el mismo problema: Por todas partes habrá autobuses, carreteras, aeropuertos, restaurantes, hoteles… Porque la gente irá allí para quejarse de problemas y dificultades. Volverá a pasar lo mismo.

Alguien dijo: - Entonces es mejor que te vayas para la Luna. Dijo Dios: - no lo entendéis. No hay un único lugar en todo el mundo a donde no consiga el hombre llegar algún día.

Un viejo asesor, que raramente solía hablar, cuchicheó al oído de Dios: - Sé de un lugar donde el hombre nunca llegará: simplemente dentro de él. Buscará en todas partes. Pero nunca dentro de sí mismo. Y Dios respondió: - Eso parece sensato. Desde entonces, Dios vive dentro de ti”.

En la Biblia sagrada de los cristianos se encuentran varias citas que expresan esta verdad. Declaran que somos “el templo donde Dios, en Espíritu, habita”; que “el reino de Dios está dentro de nosotros”. En el libro de los Salmos una declaración en especial me cautiva al afirmar que “Hay un río, cuyas corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo”. El texto indica las moradas de Dios, una ciudad de Dios que, recordando a San Agustín, está formada por los hijos de la Luz. De Jesús es también la declaración: “en la casa de mi Padre hay muchas moradas”.

Para todos aquellos que buscan a Dios, he aquí el secreto de su morada: Él habita dentro de cada uno de nosotros y ahí espera ser hallado. Si deseamos encontrarlo, necesario se hace ir hacia dentro. Llegamos a Él entrando en el cuarto secreto de nuestra existencia, sintiendo y oyendo el corazón, en este santo de los santos donde vive la esencia divina, el alma humana. El silencio, la meditación y la oración nos conducen al nido del alma, a la morada del Padre Nuestro.


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