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Síndrome de Dios


Autor Tom Coelho
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Traducción de Teresa
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“Existe una fuerza vital curativa con la cual el médico tiene que contar.
Al fin y al cabo, no es el médico quien cura enfermedades: él debe ser su intérprete”.
(Hipócrates)


Dediqué las últimas semanas a mi chequeo anual. Mens sana in corpore sano. Es cierto que no se trata de una actividad lúdica ni tampoco placentera. Pero es agradable recibir resultados de análisis sentenciando que tú estás bien. A fin de cuentas, quienes pueden prescindir de la salud pública, pagan un seguro de asistencia médica como quien compra un panteón: esperan postergar al máximo el uso del beneficio contratado.

A partir de las diversas consultas efectuadas, he podido establecer una pauta de comportamiento entre los profesionales que me atendieron, que acuñaré como “paradigmas médicos”.

El primero de ellos es de orden educacional. Absolutamente todos, sin excepción, me recibían con una indagación inaugural: “¿Qué problema tienes?”. Hubo variantes como “¿Qué es lo que tienes mal?”, o entonces “¿Qué es lo que te pasa?”, esta última revestida de mayor humanidad, puesto que remite a un estado emocional en vez de una constatación objetiva.

Puede parecer curioso, pero el caso es que ellos se sorprendían cuando yo argumentaba que sólo quería hacerme un chequeo. El cardiólogo postuló que yo no tenía que hacer nada importante, el urólogo imaginó que yo llevaba una vida promiscua, y el de medicina general supuso que yo sólo quería un certificado.
Cuando compras un coche éste sale del concesionario con un manual de garantía y otro de mantenimiento. La vigencia del primero depende del fiel cumplimiento de la cartilla del segundo. El vehículo tiene fecha fijada o número de kilómetros determinados para visitar el taller, donde se comprobarán los varios apartados. En fin, según el sentido común, los coches pueden y deben pasar revisiones periódicas. En cambio el cuerpo humano…

El segundo paradigma es de orden ambiental. Los consultorios son todos muy parecidos. Salas de espera con una o más recepcionistas robotizadas. Parecen entrenadas para solicitarte un documento de identificación, la tarjeta del convenio médico, algunos datos personales para registro en la anamnesis, ofreciéndote una breve sonrisa amarilla tras la firma del talón de consulta. En las mesas reposan revistas viejas. Las paredes están, por lo regular, vacías, y la decoración, nula.

Pero lo peor se encuentra en la sala privada de los médicos. Ellos permanecen apostados detrás de sus mesas, sentados en sillas deslizantes y con espaldar alto similares a las utilizadas por presidentes y directores de empresa. Para el paciente, una silla pequeña, con respaldo bajo, casi siempre desprovista de brazos y rodamientos. Se establece allí un grado de separación. El sobre de la mesa promueve la separación física y la diferencia de altura proporcionada por los asientos coloca los ojos fuera de alineación, visto que el paciente necesita elevar su mirada para encontrar la de su interlocutor.

El tercer aspecto tiene carácter profesional. El tiempo es la materia prima más escasa que tenemos. Y volátil. Tú puedes despilfarrar tu tiempo, ya que es responsabilidad tuya hacer lo que quieras con lo que te pertenece. Pero nadie tiene el derecho de disponer del tiempo ajeno sin previa anuencia. Por eso es inadmisible que haya médicos que hagan aguardar a los pacientes (¡clientes!), en las insípidas salas de espera antes descritas, porque van con retraso debido a que programan consultas cada 10 minutos, creando un cronograma imposible de cumplir.
También ya es hora de que emitan recetas capaces de ser leídas por personas apenas alfabetizadas, aunque no tengan formación académica en arameo o conocimiento de jeroglíficos.

El cuarto paradigma es de orden cultural. Gran parte de los médicos padece el llamado Síndrome de Dios. Se creen seres superiores, dotados de superpoderes, de la capacidad singular de curar. Tienen la presunción de litigar por la vida o por la muerte.

Percibí de cerca la manifestación del dicho síndrome en consulta con una dermatóloga para seguimiento de la herencia genética que ataca a mis cabellos, o sea, mi calvicie. Una señora de mediana edad, con títulos diversos colgados en la pared y estabilidad financiera – varios eran los signos que lo indicaban –, me atendió con pocas palabras, evitando el diálogo. Me examinó a distancia, evitando el contacto físico. Buscó la brevedad, sedienta por que terminase la consulta. Yo buscaba información y orientación. Tuve que extraerlas con fórceps.

Esta experiencia vivida en el mundo de la medicina me ha llevado a la conclusión de que, una vez más, tenemos serios problemas en nuestro sistema educacional. Porque esa es la cuna donde todos estos paradigmas nacen y son nutridos. Las escuelas de medicina necesitan incluir administración y marketing entre sus disciplinas regulares.

Todos los años se forman médicos para ser profesionales de la salud. Pero actúan como profesionales de la muerte, no de la vida. Comienzan sus carreras como residentes en los hospitales, instituciones de construcción lúgubre destinadas a tratar personas enfermas.

Y es por eso que, al migrar a los consultorios, reproducen el ambiente inhóspito en el cual fueron preparados y pasan a cuestionar dónde está la enfermedad. La herencia maldita les impide construir espacios más armoniosos y agradables. Imagino el día en que las salas privadas serán decoradas como si fuesen salas de estar, donde el médico atenderá al paciente como quien recibe a un nuevo amigo para un rato de charla. En vez de mesa de trabajo y dos sillas, sofás y una mesa de centro para dos personas iguales que charlarán amistosamente. El médico recibirá a su visitante en la sala de espera – ésta provista de revistas y libros para entretenimiento y música ambiental – conduciéndolo a su sala.

La conversación será desenfadada, informal, permitiendo que el paciente se sienta a gusto para relatar lo que le parezca conveniente. El cuadro clínico formado será mucho más completo y dará lugar a prescripciones más adecuadas. Muchas enfermedades son de cuño eminentemente psicológico.

Las recetas serán expedidas con letras legibles. El medicamento aviado será presentado a partir de sus atributos técnicos, justificando su elección. La consulta transcurrirá dentro de un intervalo de tiempo adecuado. Sin prisa, sin sofocos.

Por fin, que los médicos, a la luz de las enseñanzas de Hipócrates, considerado como el “Padre de la Medicina”, descubran, pese a todo y con la máxima urgencia, que no son dioses, sino, como cada uno de nosotros, partes de Dios, ungidos con la competencia de identificar, localizar, interpretar y ministrar el tratamiento que pueda llevar a la curación. Son meros instrumentos de Dios, sin que exista espacio para la prepotencia o la arrogancia. Tan sólo para la compasión.

* Tom Coelho es educador, conferenciante en gestión de personas y negocios, escritor con artículos publicados en 17 países y autor de nueve libros. E-mail: [email protected] . Visite: link y link


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