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Sócrates, aprendiz de Xantipa


Traducción de Teresa - [email protected]

Autor: Renato Mayol - [email protected]

Xantipa, una joven de 20 años con quien el filósofo Sócrates, de 60 años, se casó, ha pasado injustamente a la Historia como una arpía insoportable, en lugar de la esposa solícita, la madre dedicada, y quizá la persona que más contribuyó para lo que Sócrates más deseaba en la vida, que era el autoconocimiento.

Considerando que “en el fuego fuerte se forja el buen acero”, Sócrates eligió a Xantipa debido a su espíritu argumentativo y pendenciero y, con frecuencia, provocaba a propósito la ira de ella para ejercitar su propio espíritu y paciencia. Así, quiso el Universo que Xantipa fuese el maestro de que Sócrates necesitaba para que le rebajase el mal disimulado orgullo por sus descubrimientos interiores, pues el maestro de la argumentación, pese a decir que “el elogio es el buitre del alma”, se ufanaba de su propia sabiduría en comparación con la de sus adversarios, a quienes desafiaba y humillaba públicamente con ironía y sarcasmo. Y, al ridiculizar a los demás, era víctima de su propio orgullo. Tentación que él intensamente sufría.

Sócrates no se preocupaba por las riquezas ni por su cuerpo. Enseñaba que el apego a las fútiles cosas terrenas lleva a la verdadera esclavitud, que es la esclavitud del alma. Decía que “el error básico del hombre está en la ignorancia de su verdadera naturaleza y tal ignorancia lleva a valores falsos y efímeros”. Y, con orgullo, se vanagloriaba diciendo: “la felicidad verdadera consiste en estar libre de toda necesidad, incluso de la necesidad de vivir”.

Vivía en la pobreza, solía caminar descalzo, casi siempre con la misma túnica inmunda, y no acostumbraba a bañarse – modo de vida que ciertamente desagradaba a Xantipa, como desagradaría a cualquier otra mujer, y que era ocasión para las frecuentes riñas familiares. Riñas motivadas también porque ella no soportaba la relación íntima de Sócrates con Alcibíades, considerado el más bello joven de Atenas.

Como a Sócrates le gustaba pasar el día rodeado de jóvenes que lo escuchaban, ella solía esperar a la hora de las comidas para hacerle la vida imposible, desgranando sus problemas con la educación de los hijos y su insatisfacción por la falta de dinero. Cuando, con ocasión de la alegría de Sócrates, éste compartía su intuición de una única fuerza creadora, ella le habría derramado por la cabeza un recipiente lleno de inmundicias.

Sócrates, esa figura controvertida que nació casi 500 años antes de Cristo, de padre escultor y madre partera, no ha dejado nada escrito, y todo cuanto de él sabemos nos ha llegado por medio de algunas fuentes subjetivas: su discípulo Platón, su apasionado admirador Alcibíades, su adversario Aristófanes y su amigo Jenofonte. Obviamente, gracias a estas y otras fuentes unilaterales y discriminatorias, pese a que los hechos hablan por sí solos en cuanto a lo muy difícil que sería convivir con Sócrates, Xantipa fue descrita como reñidora e insoportable, únicamente por ser una mujer de carácter y personalidad en una ciudad donde las mujeres ocupaban una posición de inferioridad social en relación a los hombres, y debían total servidumbre a sus maridos.

Sin embargo, pese a que Xantipa lo vejaba públicamente y lo envenenaba con sus palabras a la hora de las comidas por no corresponder él al papel que le incumbía como marido y padre, ella, a su manera, lo amaba. Y, a su manera, Sócrates también la amaba y le estaba agradecido por ser ella, a su modo, quien más le ayudaba en sus esfuerzos en el camino del autoconocimiento y del autodominio.

Por eso, en un agradecimiento jocoso, y quizá emocionado, Sócrates habría dicho y aconsejado a sus discípulos: “En compañía de Xantipa estoy aprendiendo a adaptarme al resto de la humanidad. Por tanto, sea como fuere, cásate. Si eliges una buena mujer, serás feliz. Si eliges una como la mía, serás filósofo”. Pero a pesar de que el “conócete a ti mismo” fue el meollo del pensamiento filosófico, y que Sócrates consideraba que los seres humanos existían por algún motivo, él nunca llegó a descubrir cuál era exactamente ese motivo.


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