Soledad: Incapacidad de Amar
Autor Osvaldo Shimoda
Assunto STUM WORLDAtualizado em 17/10/2009 20:10:27
Traducción de Teresa - [email protected]
Hay tres cosas tras las cuales corremos durante toda nuestra vida: felicidad, amor y paz interior. Felicidad al final de cada experiencia; amor en nuestras relaciones y paz de espíritu. Pero estamos condenados al fracaso. Y ¿por qué?
Porque buscamos esas tres cosas fuera y no dentro de nosotros.
Siendo así, la soledad es un estado de alma, un vacío interior, una insatisfacción que muchos buscan colmar externamente, a través de bienes materiales (coches, ropas, adquisición de una casa, etc.), trabajo (muchos se convierten en workaholics, viciados en el trabajo), comida, sexo, juegos, etc.
De ahí las quejas más comunes de pacientes que acuden a mí en el consultorio por sufrir la soledad: “Soy cerrado, serio, me aíslo de las personas, no tengo amigos ni vida social”; “Estoy casada, pero soy infeliz en mi matrimonio, siento soledad, pues no me siento amada ni comprendida”; “Me gustaría casarme, constituir una familia, pero no tengo suerte en el amor, mis relaciones amorosas no resultan bien”; “Lo tengo todo: marido bueno, hijos saludables, un estupendo empleo, pero siento mucha soledad”.
Por tanto, hay personas que, incluso rodeadas de gente, sienten una soledad profunda. Hay también parejas que sufren lo que llamo soledad a dos: pese a estar juntos, se sienten solos, hay un vacío, un tedio interminable.
En muchos casos, por más que la persona solitaria busque fuera colmar ese vacío de alma, no resuelve su soledad, pues el vacío continúa presente. Esto es una prueba de cuán alienada está la persona, distante de sí misma, de su esencia divina, de su verdadera naturaleza.
En la TRE (Terapia Regresiva Evolutiva) – la Terapia del Mentor Espiritual, abordaje psicológico y espiritual breve, creado por mí, el mentor espiritual (ser desencarnado directamente responsable por nuestra evolución espiritual) del paciente va a revelar la causa verdadera de su soledad, y a solucionar el problema. En esta terapia, muchos pacientes descubren que están cerrados a la vida, al amor, debido a que aún se encuentran presos por los lazos del pasado (son bloqueos emocionales oriundos de vidas pasadas).
Al pasar por la regresión de memoria, la causa de la soledad queda desvendada, rompiendo la barrera de la memoria que le impedía entrar en contacto con la experiencia traumática, causante de su síntoma. Es importante informar aquí que el mentor espiritual del paciente lo conoce profundamente, pues viene acompañándolo en varias encarnaciones, y sabe si el mismo tiene – o no – estructura emocional para hacer regresión a su pasado y volver a vivenciar aquella experiencia traumática. De esta forma, si tiene condiciones, el mentor se lo revelará, caso contrario, no permitirá que haga regresión.
Nunca está de más recordar la máxima secular de Cristo “Conoceréis la Verdad y la Verdad os Hará Libres”. Sin duda alguna, ella se aplica perfectamente a esta terapia.
En cierta ocasión, una paciente llegó a descubrir en la TRE – a través de su mentor espiritual – que su estilo de vida solitario en realidad venía acompañándola en varias encarnaciones, inclusive en la existencia actual, porque no lograba desligarse de una experiencia traumática de una existencia pasada: había sido abandonada por el marido y acabó por morir demente y sola. Por tanto, la causa de su soledad, aparte del desamor, estaba en su auto-abandono que traía de esa vida pasada.
Otros aún, descubren en la regresión de memoria que la dificultad en hacer amistades, o incluso en envolverse afectivamente, es consecuencia del miedo a la intimidad, a la entrega. Por tanto, el miedo de entregarse proviene del temor de llegar a sufrir nuevamente por haber confiado en el sexo opuesto. El abandono y la traición son las principales causas que llevan a las personas a no confiar en nadie.
Resultado: soledad y permanente estado de déficit de amor. Siendo así, el desamor por sí mismo y por los otros dice que esa persona es disfuncional desde el punto de vista amoroso, o sea, su capacidad de dar y recibir amor está comprometida.
No fue por casualidad que Freud, el padre del psicoanálisis, definió la Felicidad como “sexualidad y sociabilidad naturales, espontánea satisfacción por el trabajo y capacidad de amar”.
En este aspecto, la TRE, a través del mentor espiritual, busca rescatar para el paciente su capacidad de amar, o sea, de ser funcional desde el punto de vista amoroso.
Quiero finalizar este artículo con un recordatorio a las personas solitarias: “Si tú estás siendo ruin contigo mismo desde hace mucho tiempo, una gota de amor marca una diferencia enorme. ¡Prueba y verás!”
Caso Clínico:
Reencuentro con la familia
Hombre de 52 años, separado, una hija
El paciente acudió a mi consultorio quejándose de depresión, pues se sentía solo, en un vacío y tristeza profundos. Tenía mucha dificultad en expresarse, en compartir sus verdaderos sentimientos y no conseguía llorar. Sentía también un dolor muy agudo en el pecho, pareciéndole tener problemas cardíacos; sin embargo, al hacer todos los exámenes médicos, los resultados daban todos normales.
En la entrevista de evaluación, el paciente así me relató:“Dr. Osvaldo, el motivo por el cual he acudido a usted es el siguiente: vengo de una familia muy pobre, mis padres eran campesinos, trabajábamos día tras día, sin cesar, no teníamos descanso. Yo soy el mayor de seis hijos. Cuando mi madre tuvo el último hijo, el médico dijo que ella no podría tener más, pues si esto ocurriese, podría correr riesgo su vida, a cuenta de su salud debilitada. El médico dijo esto a mi padre en mi presencia. Un día, al volver de la escuela, vi a mi padre embriagado violentando a mi madre; me acuerdo de los gritos de ella pidiéndole que parase. Yo era pequeño, tenía unos ocho años cuando esto ocurrió, no pude hacer nada para ayudar a mi madre. Sin mucho tardar, la barriga de mi madre empezó a crecer. Me quedé aterrado, pues ella era todo lo que teníamos de bueno, mi madrecita era una persona dócil, muy buena, gentil, cantaba para mí y para mis hermanos, nos daba cariño. Pero me parece que con esa gravidez ella sabía que iba a morir. Mi padre era un cobarde, un maníaco, un borrachín. Aquellos meses fueron tan buenos y al mismo tiempo yo sufría tanto, pues presentía que iba a perder a mi madre.
Ella me hablaba así: ‘permaneced siempre juntos, nunca abandones a tus hermanos, no te preocupes, vosotros sois mis angelitos, siempre estaré por cerca.’ Aún oigo su voz...
Llegó el día del nacimiento del bebé, ella estaba muy débil y tal como había dicho el médico, no fue capaz de soportarlo. Recuerdo la última escena, antes de que ella muriese, dentro de una carroza, diciéndome adiós, yo corriendo detrás y mis hermanos llorando. Al día siguiente, el desgraciado de mi padre llegó con el cajón y mi madre dentro. Él decía que yo tenía que ser hombre, que no tenía que llorar. Qué odio, quién era él para hablarme sobre actitudes de hombre. Mi madre se había ido por culpa de él y yo no tuve el coraje de enfrentarlo.
Seis meses más tarde, mi padre nos pidió que recogiésemos nuestras cosas que íbamos a salir. Arreglé a mis hermanos y seguimos a mi padre por un camino de tierra. Anduvimos durante buen tiempo hasta llegar a un edificio con un muro muy alto. Vino una monja y nos llevó dentro, mi padre volvió la espalda y se marchó dejándonos allí.
Nunca más he visto a aquel desgraciado. Me venía a la mente aquello que mi madre me había dicho: “¡Nunca os separéis!”. Era un orfanato. Yo intenté al máximo que mis hermanos permaneciesen junto a mí, pero enseguida el pequeñín fue adoptado. A continuación también lo fueron los dos más jóvenes, después el otro, y el otro; acabé por quedarme solo, pues nadie quería adoptar a un niño con casi 10 años. Estuve en el orfanato hasta los 18 años, siempre muy triste y depresivo, no lograba sentir alegría, sentía mucha rabia, rebelión contra todo, por lo que estaba pasando y, principalmente, por no haber conseguido quedarme con mis hermanos, ni siquiera sabía dónde estaban. Sentía un vacío, una amargura, pero, lo peor de todo, no conseguía llorar, y hasta hoy no lo consigo. Es por eso, doctor, que he venido a usted, pues soy un hombre triste, no consigo sonreír, demostrar afecto. Vivo en una soledad que parece la inmensidad del mar.
Entré en el mercado de trabajo, y solo en el trabajo no encuentro problemas. Tuve algunas relaciones, y de una de ellas me ha venido una hija, pero no consigo sentir nada por ella. Ya me han llamado frío, calculista, sin sentimientos, no consigo llorar, no consigo entregarme en ninguna relación. No consigo sonreír ni sentir alegría. Hoy vivo solo, tengo 52 años.”
Al pasar por las sesiones de regresión, el paciente no veía ni oía nada, fueron tres sesiones sin resultado alguno, nada. Fue frustrante para todos. Pedí entonces que hiciésemos una nueva tentativa a la semana siguiente. Para mi sorpresa, cuando comencé la relajación, el paciente me interrumpió y relató:
- “Doctor, estoy viendo una luz amarilla y ella me dice algo.”
Pregunté qué le decía. El paciente me contestó:
- “No puede ser, será una fantasía, fruto de mi imaginación... esa voz está hablándome de mis hermanos y también de mi madre.”
¿Qué te dice? – pregunté.
- “Me dice dónde están mis hermanos, y que mi madre está encarnada. Dice que mi madre ha nacido nuevamente, se reencarnó dos años después de su muerte, y que ella también sufre mucho, vive una gran búsqueda, hay un gran vacío en ella. Ella ha venido nuevamente, se ha casado, pero no ha tenido hijos. Adoptó varios niños y está implicada en trabajos sociales, pero es también una persona triste.” (Pausa).
Prosigue – rogué al paciente.
- “Esa luz está mostrándome a mis hermanos... Veo a Joseíto, a Catalina, a Rosa, a Venancio y a Asís. Están como yo, viejos. Veo a cada uno en lugares diferentes. Doctor Osvaldo, la luz revela dónde están mis hermanos, revela también que mi madre nos busca, solo que no sabe dónde. Ella siempre sueña con los seis críos perdidos; es por eso que ella ha adoptado a aquellos niños. La luz dice que pronto nos encontraremos. Siento ahora que la luz toca mi pecho”... (El paciente se pone a llorar sin parar, copiosamente, un llanto sentido, intenso, como si estuviese lavándose con sus propias lágrimas).
Transcurridos tres meses desde el término de la terapia, recibo este e-mail:
“Para el Doctor Osvaldo y todo su equipo terreno y espiritual,
Es con mucha alegría y felicidad como mando este e-mail. Confieso que el día en que salí de su consultorio estaba aturdido, había conseguido lo que quería, o sea, llorar, sentir emoción, pero iba también muy ansioso. Con los nombres de las ciudades que la luz me había revelado, pedí vacaciones en el trabajo y salí en busca de mis hermanos.
Doctor Osvaldo, por increíble que parezca, encontré a todos mis hermanos, ¡a todos! Confieso que no ha sido fácil encontrarlos, pues habían cambiado de nombre, pero la luz me había dicho que yo reconocería sus rostros. Nuestro encuentro fue muy emocionante, con mucha alegría y felicidad. ¡Me he enterado de que tengo sobrinos, soy tío-abuelo, una familia linda! Pero no es esto solo, usted debe recordar que en la última sesión de regresión, la luz me mostró una mujer que tendría alrededor de 40 y pocos años. Una mujer muy guapa y con nuestros rasgos; pues bien, yo la he encontrado, es decir, ella me ha encontrado, pues me decidí a hacer un trabajo voluntario con niños necesitados y enseguida nos hicimos amigos, hubo gran amistad, parecía que ya nos conociésemos. Un día, cuando ella me dijo que soñaba siempre con seis niños perdidos, mis ojos se llenaron de lágrimas, ella no comprendió por qué motivo yo estaba llorando; entonces, le conté toda mi historia, incluso mi visita al consultorio de usted, y cómo la luz me habló de mis hermanos y de mi madre, que ahora estaba encarnada buscándonos. Doctor, qué emoción, de nuevo lloré como un crío, pedí perdón a esa mujer, mi madre, por no haber logrado quedarme con mis hermanos. Ella me abrazó del mismo modo como hacía cuando yo era chaval. Y dijo: -¡te amo, hijo mío! Estuvimos un buen rato en silencio mirándonos el uno al otro, emocionados, felices. Ansiosa, llorando, ella me pidió ver a mis hermanos. Ya se puede usted imaginar la fiesta que hubo con el reencuentro de todos.
Dr. Osvaldo, quiero agradecer desde el fondo de mi corazón a Dios, a esa luz y a usted, a través de esa terapia, por habernos propiciado esa bendición, que fue el reencuentro que tuve con mi familia. ¡Le estoy profundamente agradecido por ello!”








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