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Somos todos aprendices, pero no sólo aprendices

por WebMaster em STUM WORLD
Atualizado em 23/12/2015 09:13:50


Autor Maísa Intelisano - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

Es verdad, somos, sí, todos aprendices, pero nadie es sólo aprendiz, pues todos siempre tenemos algo que enseñar, aunque nuestra ignorancia nos haga sentir pequeños e insignificantes ante el universo.

No importa cuántas veces hayamos venido ya a este lado de la vida, o cuántas aún tengamos que venir. Importa que en cada una de ellas éramos y siempre seremos aprendices, y por tanto, en todas aprendimos y continuaremos aprendiendo. Y si en todas aprendemos algo, en esta y en las siguientes ya estaremos también en condiciones de enseñar, mientras continuamos aprendiendo, incansables y curiosos en cuanto a aquello que todavía no sabemos.

La búsqueda nunca cesa, porque cada nuevo aprendizaje lleva siempre a una nueva duda, a un nuevo cuestionamiento, a una nueva curiosidad, a millones de otras posibilidades.

Aprendemos incluso cuando nos equivocamos e igualmente cuando creemos que nada hemos aprendido, porque relajar y estar en silencio también es un aprendizaje. Es, quizá, el más difícil, porque nos pone en contacto directo con nosotros mismos, con nuestra intimidad, con nuestra estructura interna, que nunca se pierde, pese a estar siempre transformándose conforme aprendemos.

Todo lo que nos llega, llega para componer, para complementar, aunque a primera vista no nos parezca formar sentido. Todo conocimiento que penetra en nuestra conciencia nos modifica de alguna forma, y después de él ya no somos los mismos, ya hemos cambiado, ya hemos aprendido algo nuevo sobre la vida y sobre nosotros mismos. Y si aprendimos, estamos listos para enseñar y somos llamados por la vida a esta responsabilidad, aunque no queramos entregarnos a ella.

Leer, estudiar, investigar, buscar, cuestionar, preguntar, observar, son mucho más que acciones: son actitudes del alma, de aquella alma que quiere aprehender para aprender, y aprender para crecer. Pero no aquel crecimiento mezquino, que sólo habla de sí mismo, para dominar, controlar y someter. Sino el crecimiento mayor y más sublime, que libera y habla de la humanidad como un todo, un organismo vivo, compuesto por millones de seres humanos, todos aprendiendo en el mismo proceso, todos experimentando el mismo aprendizaje dinámico visceral, que no deja idea sobre idea, concepto sobre concepto, convención sobre convención. El crecimiento que se siente, pero no se ve. El crecimiento que se intuye, pero no se mide ni se registra.

Aprender es, sí, un proceso profundo y complejo, en el cual dolor y éxtasis se entremezclan. Un proceso de intercambio y transformación, de destrucción y reconstrucción, de muerte y renacimiento; en que se da y se recibe, porque está basado en estímulos e informaciones, prácticas y teorías, en sentimientos y pensamientos.

Para aprender es preciso, sí, estar pronto a recibir, pero también estar dispuesto a dar. Hay que estar abierto a la enseñanza nueva, que llega aportando nuevas reflexiones, y abierto asimismo para que la enseñanza antigua pueda salir, llevando sus noticias a quienes todavía no las han oído.

Aprender y enseñar forman parte del mismo proceso. Aquel que verdaderamente enseña, sabe que también aprende mientras habla sobre lo que conoce. No importa cuántas veces repita la misma lección, ésta nunca será la misma, nunca será igual. Siempre se renovará con base en el contenido de aquel que aprende, porque quien aprende enseña con su modo de aprender. Y aquel que enseña, sabiendo esto, se mantiene humilde ante aquel a quien enseña, pues inconscientemente sabe que él también está allí igualmente para enseñar.

Y aquel que busca el verdadero aprendizaje, el aprendizaje del alma, aunque se transforme todo el tiempo durante el proceso, lo hace de forma consciente, acompañando cada etapa, cada cambio, tratando de comprender cada nuevo despertar de su alma. Y no se entrega inerte, no entrega su corazón, ni su alma, no se permite deslumbrarse o fantasear sobre lo que está aprendiendo. Se mantiene alerta, presente, lúcido y lo hace en la seguridad de que es eso lo que se espera de él. Aquel que está aprendiendo sabe que es responsable por lo que aprende, tanto como aquel que enseña lo es por lo que transmite a otros.

Somos todos aprendices de nosotros mismos. Y, al mismo tiempo, somos todos maestros de nosotros mismos. Aprendemos con aquello que experimentamos en nuestras entrañas, con aquello que duele y se retuerce y nos obliga a avanzar en busca de más. Y enseñamos a nosotros mismos los caminos y extravíos de nuestras propias búsquedas, de nuestros propios errores, de nuestras propias conquistas y derrotas. Sólo nosotros sabemos cuánto nos ha costado cada paso, cada cuestionamiento, cada conflicto. Y sólo nosotros sabemos cuánto nos vale cada respuesta alcanzada con cada uno de ellos.

La búsqueda no termina, puesto que es la propia vida. En la búsqueda está nuestro propio objetivo, pues somos todos aprendices. Y maestros. Maestros de eternos aprendices que somos de nosotros mismos.

São Paulo, 9 de julho de 2006

Nota: Este texto va dedicado a Elza Fraga, compañera del Fórum Virtual Amigos de Ramatis, de Dalton Roque, Curitiba, quien con sus comentarios me instigó e inspiró a escribirlo.


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