Suicidio, ¿será de veras el final?
Autor Osvaldo Shimoda
Assunto STUM WORLDAtualizado em 27/07/2010 11:58:18
Traducción de Teresa - [email protected]
Cuando cursaba la Facultad de Psicología, decidí trabajar haciendo guardias en el CVV (Centro de Valoración de la Vida), institución filantrópica donde por aquel entonces yo ayudaba, por teléfono o personalmente, a las personas que se sentían solitarias, desesperadas o angustiadas y pensaban en suicidarse (muchos, desgraciadamente, lo hacían de veras).
La soledad, sin duda alguna, era el principal motivo que llevaba a hombres y mujeres a cometer suicidio. Ese trabajo me dio una buena base para comprender mejor el suicidio, pues he constatado que había dos formas de cometerlo: la directa y la indirecta.
Obviamente, en tratándose del ser humano, hay que tener en cuenta que somos un fenómeno muy singular, único; siendo así, cada cual reacciona de forma muy particular frente a las adversidades y vicisitudes de la vida. Por tanto no hay una regla, una fórmula para comprender el comportamiento del ser humano, sobre todo acerca de qué es lo que lo lleva a autodestruirse.
De esta forma, la renuncia a vivir puede darse de forma directa, explícita, como pegarse un tiro en la cabeza, envenenarse o tomar un cóctel de medicamentos letales, cortarse los pulsos, arrojarse delante de un coche, abrir el gas de la cocina en un ambiente cerrado, etc. Es el suicidio clásico.
Pero están los más sutiles, eso que denominamos suicidio indirecto. En esos casos, somos suicidas cuando comemos, bebemos y/o fumamos en exceso, conducimos bajo los efectos del alcohol, reaccionamos frente a un atraco (nos servimos de otros para que nos maten), practicamos el sexo libre sin usar preservativo, nos alimentamos con una dieta rígida (anorexia), caemos en una depresión profunda, etc.
Siendo así, somos suicidas además cuando descuidamos o tratamos mal nuestro cuerpo o de alguna forma desistimos de vivir.
Desde el punto de vista espiritual, kármico, el suicidio es algo muy serio, pues al atentar contra la propia vida, al abreviar nuestra estancia en este planeta – marchándonos antes de tiempo – estamos transgrediendo las leyes divinas, espirituales.
Lo que observo con frecuencia en los relatos de mis pacientes que pasan por la TRE (Terapia Regresiva Evolutiva) – La Terapia del Mentor Espiritual – abordaje psicológico y espiritual breve, canalizado por mí por los Espíritus Superiores del Astral, en sus sesiones de regresión, es que tras cometer suicidio en una vida pasada, sus espíritus dejan sus cuerpos físicos y sienten el dolor del tiro, del veneno, de la caída al abismo y generalmente van a un lugar oscuro del astral inferior (umbral).
Muchos, por haber mutilado sus cuerpos astrales con el suicidio, en la siguiente encarnación vienen con defectos físicos y mentales. O sea, quien se pegó un tiro en la cabeza puede venir con problemas mentales; quien tomó veneno viene con problemas en la boca o en el aparato digestivo; quienes se arrojaron desde un precipicio vienen con defectos físicos, tullidos, etc.
Están además aquellos que contraen una enfermedad autoinmune, que es el caso por ejemplo del Lupus (cuya causa es desconocida para la medicina) también llamada enfermedad de autoagresión, en la cual los anticuerpos, que son una defensa natural del organismo, en vez de combatir los microorganismos (bacterias, virus y otros agentes) se vuelven contra el propio organismo, atacando los tejidos de la piel, articulaciones, hígado, corazón, pulmones, riñones y cerebro. Por tanto, ese desequilibrio del sistema inmunológico, esa autoagresión, es una forma indirecta y sutil de suicidio.
El suicida, al matar su cuerpo físico, tiene por objetivo dejar de pensar, de sentir, en fin, de sufrir. Pero esto no ocurre, ya que la muerte no existe, pues, como seres espirituales en evolución, somos inmortales, perennes, indestructibles. Al salir de su cuerpo físico, el espíritu continuará atormentado y, lo peor, agravará su situación por la culpa que siente al haberse quitado la propia vida, aparte de que estará a merced de sus obsesores espirituales (desafectos de su pasado).
La visión de la ciencia materialista de que “la vida empieza con el nacimiento y termina con la muerte” tiende a reforzar la creencia de muchos de que “al morir, se acaba todo”. Obviamente, quienes piensan así, consideran que para resolver su sufrimiento, sus dolores, la salida es la muerte.
Sin embargo, muchos pacientes que pensaban de esa forma, tras haber pasado por fuertes experiencias espirituales en la TRE y después de hablar con su mentor espiritual (ser desencarnado, responsable directo por nuestra evolución espiritual) recibiendo sus sabias orientaciones acerca de la causa de sus problemas y de la resolución de éstos, han modificado radicalmente su visión sobre la vida y la muerte, y han salido de esta terapia con la firme convicción de que la muerte no existe y, por lo tanto, el suicidio no es la solución.
Caso Clínico:
Pensamientos suicidas
Hombre de 38 años, soltero.
El paciente acudió a mi consultorio diciendo: “Dr. Osvaldo, he venido a verle pues ya no soporto esta angustia: desde que me conozco por gente, tengo pensamientos suicidas. Recuerdo que cuando mi familia salía de vacaciones, yo pensaba: ‘Bien podía el coche dar una vuelta de campana y yo morirme’; si íbamos a la playa, pensaba también: ‘¿Por qué no me llevará el mar?’
Mi madre me dijo que he tardado en nacer, pues me enrollé en el cordón umbilical y casi me muero. Siempre fui un niño que me lastimaba mucho, hoy sé que era a propósito, me hería a propósito. He llegado a esa conclusión solamente ahora, con 38 años.
Tengo novia desde hace 5 años, pero me da mucho miedo ser padre, y esto me está causando problemas, pues parece que no me gustan los niños, éstos me rehúyen, me tienen miedo, lloran cuando voy a tocarles. Mi novia desea tener hijos, pero siempre que tocamos el tema, acabamos discutiendo; por eso deseo también comprender el por qué de ese miedo, a fin de intentar cambiar esa situación”.
Tras pasar por dos sesiones de regresión, en la 3ª y última sesión, el paciente me relató:
“Dr. Osvaldo, me veo en un valle, muy oscuro, lleno de personas, como si fuese un manglar lleno de fango… Es horrible ese lugar, oigo gente gritando, llorando, atollada en ese lodazal… ¡Es un lugar oscuro, fétido y de mucho sufrimiento! (el paciente estaba describiendo el valle de los suicidas, el umbral)”.- Vuelve para antes de esa escena a fin de que puedas comprender cómo has ido a parar a ese lugar – Pido al paciente.
“Veo una casa grande… una mujer está bordando en el porche. Entro en la casa y veo una criatura de 7 años, demasiado pequeña para su edad. Estaba encerrada en un cuarto oscuro, parecía temer algo. Veo también un hombre entrando en esa casa, viste ropa blanca, calza botas y sombrero y tiene un látigo en la mano. Grita mucho con los criados de la casa, todos lo temen… Ese hombre soy yo, en una vida pasada, el niño es hijo mío, y la mujer en el porche, mi esposa.
Soy una persona muy ruin, cruel, mi hijo es una criatura muy callada y delicada, y me parece que es igual a su madre, que es muy enferma, ya que él no quiere hacer nada, solamente estar cerca de ella.
Ella, mi esposa, en el momento del parto, casi se muere, tardó mucho en volver en sí y cuando esto ocurrió, ya no volvió a ser como era antes. Tuvo un derrame, pero en aquella época, me pareció que ella se había convertido en una enferma mental.
Yo echaba la culpa a aquel niño, que me había quitado a mi esposa, pues ella era tan feliz, linda, llena de vida, saludable, y ahora estaba allí parada, como un vegetal. Por eso yo lastimaba mucho a aquel niño, le pegaba, lo golpeaba, lo dejaba sin comer, lo empujaba. Dios mío ¡¿cómo he podido hacer eso?! (El paciente habla llorando).
Aquel niño no hacía nada, ni siquiera lloraba, se quedaba mirándome, no comprendía lo que yo hacía con él. Cuando acababan las sesiones de tortura, la criada aparecía, lo tomaba y lo llevaba al cuarto donde cuidaba de sus heridas. Estoy presenciando la escena… Él ruega a esa mujer que le ayude a morir, pues ya no soporta más el ser maltratado por mí… llora muy bajito.
Aquella criatura albergaba contra mí un odio mortal. Cuando cumplió 9 años – Ernesto era su nombre – fue a nuestro cuarto, besó a su madre, dijo llorando muy bajito en su hombro que la amaba mucho, pero yo le grité, mandando que saliese de aquel cuarto; lo agarré por el cuello y lo arrojé fuera a patadas. Él me miró y dijo: - ¡Usted nunca va a librarse de mí! Fue la última vez que lo vi, pues aquella misma noche se arrojó desde lo alto de un peñasco.
Fue un shock para mí, quedé horrorizado, pero feliz por no tener ya aquel estorbo metido en nuestras vidas. Unos meses más tarde, Rosa falleció, su madre y mi esposa.
Dr. Osvaldo, acabé enloqueciendo, me suicidé, pues el niño se me aparecía en espíritu constantemente en esa vida pasada. (Pausa)
Veo ahora, aquí en el consultorio, una luz azul muy clarita… parece que es una mujer… ¡Dios mío, es Rosa, mi esposa de aquella vida!
- Pregúntale si es de veras ella– Pido al paciente.
Ella dice que sí, y además que es mi mentora espiritual, y dice que después de esa vida me he encarnado otras tres veces y, en todas, Ernesto, nuestro hijo, me obsedió y me indujo también al suicidio. Esos pensamientos suicidas que tengo hoy, en verdad, no son míos, son de ellos. Él también está aquí en el consultorio… Dice que nunca voy a librarme de él… Siente un odio muy grande hacia mí”.
- Pregunta a tu mentora espiritual qué es lo que debemos hacer en relación con Ernesto – Pido al paciente.
“Ella me dice que ha traído a Ernesto aquí al consultorio para que podamos perdonarnos; y me pregunta si acepto.
Le digo que sí, claro, Dios mío ¿cómo he podido ser tan malvado con mi propio hijo, con el que era mi único hijo en esa vida pasada?”
El paciente se arrodilla en la sala del consultorio y suplica: ‘Perdón, hijo mío, por mi ignorancia, perdóname; por favor, dame una oportunidad para que yo pueda amarte, ven, hijo mío, ven como te parezca, ven que yo voy a intentar revertir todo el sufrimiento que te hice pasar. ¡Voy a ser el mejor padre, hijo mío!”
El paciente lloraba copiosamente, y, cuando se calmó, me dijo que Ernesto, su hijo, ahora ya no aparecía con aquella energía ruin, dijo que él también lloró mucho, pidiendo perdón.
Dr. Osvaldo, mi mentora me pide que me calme, dice que el perdón, al haber sido mutuo, ambos, padre e hijo van a tener una nueva oportunidad para que puedan mejorar como seres humanos.
Yo le digo prontamente que acepto, pues quiero aquel niño para mí y, esta vez, voy a ser el mejor padre del mundo, voy a amarlo con todas mis fuerzas… Dr. Osvaldo, él viene aquí a abrazarme, ¡Dios mío, qué maravilloso! (habla llorando).
Pero me dice que no puede volver ahora, es decir, reencarnarse nuevamente como hijo mío, pues ha de ir a otro lugar para tratarse, y tan pronto como pueda, en breve, entonces sí, vendrá como hijo mío. Él me abraza nuevamente, pide perdón, me besa y sigue en dirección a su madre, abriendo los brazos, tal como hacen los niños… Ahora se marchan en dirección a una luz”.
Al final de esa sesión el paciente me dijo que ya le había pasado algunas veces soñar con un niño, cuya mirada era de odio, siempre persiguiéndolo. Ahora vino a comprender esos sueños: era su hijo, de esa vida pasada, que le obsedía.”
Tras el término del tratamiento, dos años más tarde, él me envió un e-mail que decía:
Dr. Osvaldo y equipo, me gustaría mucho compartir esta alegría con vosotros que habéis formado parte de mi felicidad, pues sé que en esa terapia, la TRE – La Terapia del Mentor Espiritual, según Vd. me había aclarado, desgraciadamente, algunos no consiguen el éxito; hoy sé los motivos por los cuales un paciente no consigue entrar en contacto con su mentor espiritual, y comprendo su frustración con eso, pues me he dado cuenta de que ese trabajo es, sobre todo, un acto de fe, de humildad y amor, y, si el paciente no los tiene, no se consigue nada; deseo recordarle que hace dos años hice ese tratamiento con Vd. y no conseguí absolutamente nada, salí muy disgustado, frustrado de esa terapia, solo pensaba en el dinero que había gastado, incluso reñí con mi novia en aquella época, pues ella me había indicado acudir a Vd.
Esta vez, gracias a Dios, tuve éxito, pero supliqué al Universo que me ayudase, pues ya no soportaba más aquel sufrimiento, y humildemente me entregué como un hijo se entrega a una madre. Y considero que, en mi caso, mi testimonio pueda ayudar a mucha gente; espero de todo mi corazón que usted continúe contribuyendo a ayudar a las personas necesitadas; espero también que podamos tener otros profesionales esparcidos por el mundo aplicando esa terapia que Vd. ha desarrollado, para que puedan ayudar al mayor número posible de personas.
Le escribo este e-mail para decirle que ya ha nacido mi heredero. En aquella ocasión, al salir de su consultorio, volví a mi ciudad, en Manaos, le dije a mi novia que deseaba fijar la fecha para nuestra boda; ella se extrañó un poco y tocó nuevamente el tema de los hijos, pero esta vez, le dije – para su sorpresa – que iba a ser el mejor padre para nuestros hijos, que ella sería muy feliz. Nos casamos y exactamente un año y cuatro meses más tarde, nació Ernesto, con 3 kilos y 59 cm, un lindo crío, sano, y que solo quiere dormir conmigo.
Doy muchas gracias a Dios, a mi mentora espiritual y a usted. ¡Muchas gracias!
Queden con Dios,
Amadeo








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