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¿Te da miedo lo desconocido?


por Flávio Bastos - flaviolgb@terra.com.br

Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

"No hay despertar sin dolor. La gente hará de todo, llegando a los límites de lo absurdo para evitar enfrentarse a la propia alma. Nadie se vuelve iluminado por imaginar figuras de luz,sino por hacer consciente la oscuridad”. (Carl Jung)

En el fondo de sus mensajes, tanto Jesucristo o Buda, como Sigmund Freud, Carl Gustav Jung o Albert Einstein, entre otros, han querido decir lo mismo, o sea, que nadie se vuelve consciente o iluminado sin haber pasado por el camino de la oscuridad y del dolor.
Puede parecer masoquismo, pero solo superamos nuestras crisis personales si dominamos el temor a enfrentarnos al desconocimiento de uno mismo, que es el sentimiento de inseguridad representado por el temor a observar, con un nivel más alto de lucidez, los orígenes de nuestro sufrimiento.
Cuando nos enfrentamos a las desagradables sorpresas o a los retos que la vida suele presentar, adquirimos una firmeza interior que “encallece” nuestra alma para poder enfrentarse a nuevas experiencias. A esto denominamos capacidad de superar el dolor mediante el proceso del auto-descubrimiento.
La experiencia del dolor, cuando es asimilada por el proceso del aprendizaje natural o de la elaboración consciente por medio de la psicoterapia de ámbito interdimensional, nos vuelve más humildes, menos orgullosos y egoístas, propiciando, de esta forma, una apertura hacia el despertar de valores espirituales.
En esa dirección el ego no necesita – ni tampoco debe – ser anulado por valores que trascienden la realidad material, sino aceptado como instancia de la personalidad que mantiene al individuo ligado a las necesidades de la supervivencia y el crecimiento personal exigidos por la dimensión terrena.
Con todo, una vez controlados los excesos del ego, que tanto sufrimiento han venido causando al hombre en forma de desequilibrio bío-psíquico-espiritual, el individuo pasa a percibir una realidad dimensional diferente, asociada a su legítima e intransferible identidad: la espiritual.
Por tanto, tener miedo a lo desconocido es temer aquello que no conocemos en nosotros mismos y en el otro, pues la naturaleza humana es la misma en cualquier parte del planeta Tierra.
Como desconocemos la naturaleza humana, adquirimos miedos que se estructuran psíquicamente durante las muchas vidas del espíritu inmortal. Miedos que resultan en patologías del cuerpo y del alma en perfecta sintonía con experiencias del pasado.
Vínculos con lo pretérito, que debido a nuestra falta de discernimiento nos producen distintos niveles de sufrimiento vida tras vida, hasta darnos cuenta de que la experiencia del dolor tiene un profundo significado para el despertar de conciencia.
Despertar de conciencia que no sobreviene sin que antes hayamos pasado por el proceso de aprendizaje en el escenario de la vida, donde el ego suele exhibirse como actor que no encuentra competidor en el escenario de las reencarnaciones...
Un palco o escenario, donde dejar pasar la vida sin la implicación relativa a posibles descubrimientos, se hace más cómodo que tratar de enfrentarnos a los miedos cuyas verdades pueden asustar por el hecho de pertenecer al ámbito de lo desconocido.
El despertar de conciencia, por tanto, nos quita del marasmo de las acomodaciones que construimos con el pasar de las vivencias en el cuerpo físico. Situación que desencadena una serie de inéditas experiencias ligadas a nuestra naturaleza de permanente vínculo interdimensional.
Pese a que somos seres dotados de excepcional capacidad de evolución, aprendemos a no tener miedo a la oscuridad de nuestras limitaciones cuando despertamos para la claridad de conciencias reveladas a imagen del Creador.
Desde hace muchos años intentamos comprender el mensaje de Mahatma Gandhi, vinculado a la no-violencia, o el mensaje de Albert Einstein, a la necesidad de expandir la conciencia. Lo cierto es que se hace difícil la comprensión de que estos mensajes estén simbióticamente implicados con las obras de Jesucristo, de Buda, o con los estudios de Sigmund Freud o de Carl Gustav Jung.
No obstante, la síntesis de estos mensajes revela un mismo sentido para la existencia humana: la cura del sufrimiento a través del despertar de la conciencia para las verdades que se encuentran interiorizadas en cada individuo dotado de inteligencia y libre albedrío.


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