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¡Te felicito, mujer!


por Nelson Sganzerla - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

El otro día tuve la felicidad de ser invitado a participar en el evento MUJERES DEL BRASIL, realizado por algunas revistas femeninas de la Editora Abril.

Allí se discutió el papel de la mujer en el contexto de la modernidad, mujer multienfocada en todas las cuestiones que competen a la vida.

Es obvio que nosotros los hombres fuimos rechazados en tono peyorativo por las que participaban en el debate, pero no me parece mal, al fin y al cabo soy un fan incondicional de la mujer moderna. Ocurre que todo y cualquier debate de ese género siempre tiende a tropezar en el cliché – hombre x mujer – donde los deberes, la competencia de ambos se entrelazan y caen en la mismidad sobre el valor del hombre y el valor de la mujer.

Se discutieron los valores de la mujer europea, que desprovista del estereotipo delgada, guapa y sensual, empuja su día a día independientemente de lo que consideran los medios de comunicación y de lo que piensan sus maridos respecto de ellas mismas.

Claro que en un continente posguerra los valores son mucho más significativos que un corte de cabello, uñas bien arregladas o una silueta delgada y rectilínea.

Hablo aquí de mujeres que han aprendido con sus madres a luchar por la supervivencia sin tener a sus maridos; muertos en combate o en campos de concentración, hijos desaparecidos en el frente y cosas por el estilo.

Pero cuando traemos esa realidad a nuestro país, descubierto hace escasos quinientos años, libre de guerras y con una cultura tupiniquín devastada por el propio europeo durante su colonización, la historia tiende a cambiar; pues somos inferiores en lo que concierne a tiempo de existencia y a experiencias traumáticas de posguerra; somos muy jóvenes y, diría yo, aún caminamos a gatas culturalmente.

Todo cuanto procuramos traer a nuestro patio - y que no refleja nuestra realidad – es el mundo de los medios de comunicación, donde el mercado fashion parisino arrasa, de ahí que las esbeltas siluetas, las rubias melenas y el andar de pasarela difieren mucho en la mujer europea corriente, “la que madruga dispuesta a enfrentarse en la fábrica a un tren de montaje de vehículos, y cuyos andares confunden los hombres con el suyo propio”, en palabras de una de las ponentes.

El punto es que la mujer brasileña – es obvio – aparte de más bella, es diferente de la mujer común europea; sus valores son otros y su realidad cultural también es ciertamente distinta de toda la comunidad europea, con años-luz de ventaja; tanto es verdad que un gringo en las playas cariocas llega a extremos de locura.

Hecho ese paralelismo, quiero centrarme aquí única y exclusivamente en el universo femenino, que considero la esencia de la cuestión.

Tuve la felicidad de vivir durante algunos meses en California, y allí la oportunidad de convivir con algunas mujeres de América del Norte, aparte de conocer a mujeres europeas y asiáticas.

Yo afirmo que la mujer brasileña deja en zapatillas a cualquier otra mujer; ya por su capacidad de convivencia con otras culturas, o por su peculiar juego de cintura para salir de faldas que llamamos justas, y sobre todo, por la mirada a los ojos.

Mujer alguna en el mundo te mira a los ojos de la misma manera que lo hace la mujer brasileña; cuando llora, cuando sonríe, cuando departe, en fin, cuando quiere ser notada.

Mujer alguna en el mundo posee la dulzura que tiene la mujer brasileña. Dejando a un lado mi retórica de Don Juan, quiero extenderme aquí un poco más en el día a día de ese universo maravilloso que es el vuestro, mujeres. Entiendo y contemplo a la mujer brasileña como a una Juana de Arco en su batalla familiar.

Sé muy bien que os enfrentáis al machismo de una cultura que os ha moldeado desde muy atrás como el ama de casa o la señora de “sus labores” (y en esa misión inclúyase desayuno, limpieza de casa, almuerzo, bañar a los críos, preparación de la cena y además ponerse guapa para el marido, que llega de la calle estresado). Es obvio que, en el siglo XXI, algunas de esas tareas han cambiado, pero no se han reducido, ya que están el mercado, el colegio del hijo, la cola en el banco; o sea, las tareas han aumentado. ¡Ah! Y además el peluquero y el gimnasio, al fin y al cabo, marido alguno soporta a una mujer abandonada a la dejadez, ¿no es así? Pero yo digo aquí y no quiero ser demagogo, aunque lo parezca, principalmente ante los ojos masculinos que aquí me leen; vosotras, mujeres, poseéis una fuerza que desconocéis y vosotras mismas tendéis a subestimar ese poder.

Estuve plenamente de acuerdo cuando una de las ponentes dijo que vosotras sois multifocales y yo diría multitarea. Hombre alguno da cuenta del día a día como lo hacéis vosotras, y aún diría más: en las empresas, vosotras sois competentes hasta el extremo y ha quedado lejano el día en que nosotros, los hombres, osábamos medirnos con vosotras de igual para igual.

Desgraciadamente existe, sí, el lado cultural burro, el lado cultural machista de querer considerar que somos superiores, y digo más: los propios medios de comunicación son responsables por esto, cuando os muestran frágiles y carentes de amor, y lo peor es que muchas mujeres se lo creen.

Te lo digo y te lo afirmo, a ti, mujer brasileña, que yo, mortal de a pie, no te cambio por ninguna mujer de cualquier otra nacionalidad. En esto soy un nacionalista con carnet, me pongo triste porque muchas veces nosotros, los hombres, no os otorgamos el debido valor, y me sitúo aquí entre esos hombres.

No es una cuestión de mea culpa, sino una constatación de la realidad; Tal como nosotros los hombres, vosotras buscáis amar y ser amadas y, particularmente, estoy seguro de que si alguno en esta vida logra el deseo de ser amado y vivir por encima de todo del amor de vosotras, mujeres, ese es un afortunado, porque tú, mujer brasileña, eres de lo mejor, guerrera, mandona, pesada, sensible, delicada, sensual; el reverso de la mujer diez, pero sin la cual no vivimos.

Piensa en ello.


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