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Trazamos nuestro propio destino


por Bernardino Nilton Nascimento - bn.nascimento@uol.com.br

Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Es común creer en el mundo del fatalismo. No obstante, todos los fatalistas sitúan fuera de sí mismos la fuerza y el poder que determinan su destino, y ahí es donde está la debilidad y la inseguridad de ese sentimiento. La base del fatalismo es que sufrimos los efectos de causas que no hemos puesto en actividad.

El fatalismo nos quita el libre albedrío y, con ello, suprime toda la responsabilidad moral que incumbe a cada uno al seguir su destino. Lo más importante para tener una vida regada de alegrías y equilibrio es valorar nuestro propio credo y creer en nuestro propio corazón. Aquello que decimos porque realmente creemos en ello va a manifestarse en nuestra vida material.

Si aceptamos una doctrina o una teoría, inconscientemente somos, en parte, sus seguidores. Pero debemos conocer bien sus principios para no sufrir las consecuencias de abrazar una causa desconocida. Si no creemos en algo con el debido respeto y la fuerza de la fe, seremos siempre inestables y desequilibrados, perdiendo así la fuerza de nuestras palabras.

La ley del Karma, de causa y efecto, es fatal para nuestro destino, pues nadie queda exento de las consecuencias de sus actos, en esta o en otras vidas. Jesús dijo que no juzguemos para que no seamos juzgados, pues todo cuanto hemos plantado ciertamente formará parte de nuestra cosecha.

Según algunos credos, el ser humano entra en la vida terrestre en un ambiente que su karma pasado, pensamientos y actos, han creado. Su destino puede ser bueno o cruel, dependiendo de su merecimiento. Siendo así, ¿podemos afirmar que cada ser humano diseña su destino? ¿Será cierto que los pensamientos y actos realizados en el presente forman el futuro, tanto el de la existencia actual como el de la siguiente?

Pienso que si tenemos el poder de crear nuestro destino, también tenemos el poder de modificarlo. Hemos de aprovechar la oportunidad que el libre albedrío nos concede. Entonces ¿será posible modificar el destino, toda vez que está sujeto a la ley del Karma? Sí. Y como queda dicho, el libre albedrío es lo que nos proporcionará la modificación, poniendo en actividad nuevas causas.

Sabiendo que, pese a tener libre albedrío, no debemos juzgarnos absolutamente libres. Tenemos libertad para emplear, o no, la fuerza de la fe. Tenemos la libertad de proceder según la voluntad divina o contra ella.

Nuestra voluntad no solo queda limitada por la falta de conocimiento de las leyes divinas, sino que también se ve modificada constantemente por la voluntad de otros. Sin embargo, si nos acostumbramos a confiar plenamente en las leyes de Dios, estaremos unidos en un solo credo, el del amor. Con el deseo de ver al prójimo feliz, estaremos completamente liberados de la influencia de cualquier voluntad extraña que nos pueda traer desequilibrio.

Hay otras leyes muy fuertes, que también pueden modificar nuestro destino. Las leyes de la gracia y del perdón nos acercan a nuestros hermanos, pues nos hacen desear para ellos únicamente lo mejor. Con fe en Dios produciremos una completa transformación en nuestro interior.

Entonces, para vencer la ley del karma y ponernos bajo la ley de la gracia y del perdón, hay que perdonar, verdaderamente, a todos. Es preciso olvidar no solo los errores de los demás, sino también los nuestros, por muy grandes que sean.

La ley que nos hace cosechar lo que hemos sembrado no deja de existir por colocarnos bajo la ley de la gracia. Solo que venceremos sus efectos externos por medio de una ley superior, que nos eleva por encima de las leyes de las causas materiales. Toda ley que nos modifica para mejor, aliada al conocimiento de la ley divina, constituye la magia del amor.

En la proporción en que nos convencemos de la realidad de estas leyes espirituales y de sus aplicaciones en nuestras vidas, cosecharemos el fruto de una existencia más conforme a los principios de la armonía, la verdad, la justicia y el amor. Nuestro progreso material correrá parejo con nuestro desarrollo espiritual.

No figura la deuda en la mente divina. Todo está amortizado. Debemos colocarnos siempre bajo la ley de la gracia y del perdón, y no bajo la ley del karma. Así, el Universo siempre nos obsequiará con lo que es realmente nuestro por derecho divino.

No hay pérdida de memoria para quien desea la felicidad del prójimo, pero debemos olvidar todo el mal que nos hayan podido hacer. Ante nuestra fuerza interior y nuestra conciencia de las leyes divinas, trazaremos nuestro destino de manera que siempre podamos modificarlo para mejor.

BNN


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