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VANIDADES Y AUTOCRÍTICA


por Christina Nunes - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

Según avanzamos en el aprendizaje de las cosas mayores de Dios y de la Vida, se agranda, espontánea, la capacidad de autocrítica, fiel salvaguarda contra los asomos excesivos y engañadores de las vanidades fútiles – como flor en constante estado de alerta, dotada de las espinas que, pese al embriagador perfume que de ella pueda emanar, equitativo, a la sensibilidad de todos, revela también al mundo sus defensas naturales.

Así, en las lides de las tareas asociadas al conocimiento, aprendizaje, práctica y divulgación de las instancias superiores de la existencia, nos corresponde a nosotros, los espiritualistas o despiertos, de cualquier nivel, a la vastedad de la Vida más allá de los límites canijos de la materialidad, el de ponerse en guardia y preparados para con nosotros mismos, abiertos al amor compartido en sus más variados matices y manifestaciones de luz – pero inmunes a los efectos nocivos desencadenados por otros, muchas veces ingenuamente, o movilizados por ternura sincera, al dirigirnos elogios que puedan llegar a exacerbar vanidades ocultas e indeseables.

Frecuentemente, en el servicio confraterno, sea en la Casa espírita, en la Tienda Blanca o con ocasión de la publicación de un texto feliz para los lectores, nos sucede recibir manifestaciones sinceras de aprecio o de exaltación entusiástica de lo que hemos realizado.

Recordemos, no obstante, y siempre, en esta coyuntura, que, como bien enfatizó la Espiritualidad a través de la lúcida Codificación Kardequiana, jamás nos encontramos solitarios en la realización de cualesquiera cosas, sobre todo aquellas asociadas al trabajo espiritista y sus afines.

Estamos, a ejemplo de los servicios atinentes al día-a-día de la vida corpórea, rodeados de seres amigos de las dimensiones invisibles, ¡también durante las tareas ligadas al esclarecimiento y auxilio del espíritu humano como ser viviente de las múltiples dimensiones que nos rodean!

Al igual que día y noche, en la materia, difícilmente alguien realiza aisladamente algo apreciable, así también el esfuerzo conjunto es lo que imprime exuberancia y calidad a las realizaciones de la Vida Mayor. En la actividad de equipo que moviliza y desarrolla las incontables instancias de la burocracia del trabajo material humano, tanto como en la producción literaria o artística, reveladora de las realidades mayores de la existencia, siempre hay presencias, aquí y acullá, inspirando, asesorando, asistiendo, haciendo reflexionar e influyendo, sin ser percibidas.

Siempre, y en cualquier circunstancia, hay un intercambio y asociación de energías afines para un determinado propósito. ¡Siempre el mérito del hecho es debido a más de uno!

Al igual que en las múltiples expresiones de la Naturaleza terrena, donde desde la más minúscula e insignificante de las criaturas, hasta el mayor exponente de la genialidad humana ninguno prescinde de las bendiciones tan humildes como al mismo tiempo grandiosas, de la luz solar para la continuidad de la vida diaria, así también, en la gran colmena cósmica en movimiento, en este y en otros tantos mundos o dimensiones de la invisibilidad, no prescindimos de los esfuerzos, unos de otros, para que algo pueda llegar a buen término.

Aquí, no se prescinde del servicio esforzado del cartero, so pena de que la correspondencia urgente no llegue a su debido destino, ¡con las consecuencias imprevisibles que de esto pueden derivarse! ¡No hay que despreciar, tampoco, la tarea de subido valor de los agentes de la limpieza pública, sin los cuales el propio ambiente donde convivimos y desarrollamos, distraídos de ello, nuestras actividades, se haría inhabitable!

Resguardémonos por tanto de los brillos engañosos de las minúsculas glorias personales e inútiles. ¡No son más que engañifas! Los que de hecho son grandes en espíritu saben desde hace mucho que ningún avance significativo se lleva a cabo si, a la par de la recta intención en el camino de la luz, las palabras, pensamientos y actitudes aún no la acompañan, en esencia.
De nada pues, nos servirá la susceptibilidad a extemporáneos elogios a lo poco que venimos realizando, mientras contradictoriamente aún suponemos demasiado acerca de nosotros mismos y de nuestras capacidades. Inútil la vanidad del trabajo espiritualista si no soportamos con brío el revés cotidiano que, en momentos de distracción traicionera, nos sorprende en la protesta incontenible de que solamente nosotros hacemos, o que hacemos mejor o más que otros. ¡Porque es precisamente ahí donde se revela, funesta para nuestros mejores propósitos, la germinación de la sembradura ingrata de la vanidad inútil!

Es en este momento cuando emerge, lamentable, la medida exacta de nuestra propia ceguera, arrastrándonos al olvido deplorable de que si algo sufrimos y realizamos, otros muchísimos, incontables y anónimos, cercanos o más distanciados, sufren y realizan incomparablemente más, en silencio, la mayor parte de las veces sin quejarse y acordándose, sobre todo, de alabar y agradecer a Dios por el don eterno y maravilloso de la Vida, con todas sus oportunidades renovadas, como río caudaloso y pródigo, ¡en cada uno de los segundos!

Atribuyamos, de esta forma, los eventuales elogios del prójimo a nuestros actos modestos para ante la grandiosidad de la Vida, a la generosidad y a los impulsos sinceros de gratitud de nuestros hermanos de jornada. Por nuestra parte, en cambio, resguardémonos dentro de la autocrítica justa para con nosotros mismos, para con nuestras conquistas íntimas, y nuestras aún restrictas realizaciones, que, si bien es cierto que algunas ya se han hecho efectivas, es imprescindible la conciencia clara de que toda una eternidad de perfeccionamiento nos aguarda frente a las maravillas indecibles de cosas y de otros seres de lo infinito, y que proseguimos en marcha ascendente, destinados, todos, a la gran herencia de felicidad – ¡jamás, no obstante, a una felicidad cuyo mérito sea atribuido a los hechos de tan solo un pequeño y canijo aspecto de la Creación!


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