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Vivir de Luz


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Algunos de nosotros hemos oído hablar de inusitados mensajes, canalizados por sensitivos importantes, que nos recomiendan iniciar un nuevo procedimiento de nutrición que sustituye la ingestión de alimentos por la absorción directa de la Luz Solar, en las primeras horas de la mañana.

A pesar de no haber probado personalmente el método, o investigado acerca de lo que consideraría suficiente para comentar el tema, he participado en algunas conversaciones y escuché relatos de personas que han intentado adherirse a esa práctica.

Considero, por lo que he oído y reflexionado, que esa llegue a ser una alternativa válida, en un futuro próximo, ya que los recursos naturales del planeta tienden a agotarse.

No obstante, mientras no alcanzamos tal nivel de desarrollo, me gustaría comentar que vivir de luz puede tener otros significados, además de cambiar el viejo hábito de saborear e ingerir alimentos por la absorción de la Luz que recibimos diaria y gratuitamente de nuestro amado Sol.

Si nos paramos un minuto a pensar que todo cuanto existe es Luz manifestada en la materia, bajo ciertas condiciones, y con características, intenciones y formas infinitamente diversas, y si recordamos que el reino vegetal, más que cualquier otro, tiene como misión fijar, para ofrecernos todos los días, la Luz Solar bajo la forma de clorofila, podemos considerar que una dieta vegetariana es también una forma de vivir de luz.

Hojas, frutas, semillas, orugas e insectos fueron nuestra primera dieta cuando no éramos más que un extraño grupo de monos desnudos, caminando desgarbadamente sobre dos piernas, intentando adaptarnos a un par de manos dotadas de un nuevo y revolucionario instrumento biológico: pulgares capaces de girar de forma a oponerse, en movimiento de pinza, a todos los otros dedos.

Nuestro éxito en la utilización de ese sensible instrumento a través de los tiempos, se ha estratificado en civilizaciones que han domesticado, no solamente el fuego, sino también una gran mayoría de seres vivientes. Innumerables especies animales y vegetales han sido modificadas, a través de cruzamientos, para tornarse más dóciles a nuestro tracto digestivo y a nuestro paladar.

Gracias a todo esto, extrapolando los límites de los dominios conquistados, estamos hoy introduciendo Sombra, donde antes sólo había Luz. Vivir de luz, en la era de los pesticidas, herbicidas y abonos químicos, ya no es cosa tan sencilla como lo era en la aurora de la civilización.

Mucho menos cuando, presionada por la necesidad de producir, a la velocidad exigida por billones de bocas, humanas y no humanas, la agricultura viene siendo llevada a modificar características genéticas de muchas especies animales y vegetales, repitiéndolas, después, infinitamente, a través de la clonación.

Toda vez que el código genético es la principal caja de herramientas que el ser vivo encarnado – ya sea virus, bacteria, microbio, vegetal, animal, de sangre fría o caliente – tiene para manifestar las múltiples cualidades de la divinidad en la materia, el alterarlo, aunque sea para garantizar la supervivencia de millones, genera patrones inarmónicos en un ciclo que había sido minuciosamente planificado para funcionar con armonía y perfección.

Por ello la producción de transgénicos ha sido considerada por el reino elementar como una de las más graves amenazas a la vida, tal como la conocemos hoy, y una de las más dolorosas experiencias a que estamos sometiendo a nobles criaturas que nos vienen prestando servicios desde hace milenios, con dedicado amor incondicional, celando por la constante manutención de los reinos vegetal y animal.

Las interferencias que nosotros los humanos hemos realizado a lo largo de estos milenios en seres que, de buena voluntad, nos han ofrecido nutrición y cura, están alcanzando la consciencia planetaria y retrasando su evolución.

Para revertir ese proceso, pienso que todo ser humano que pretende corresponder al amor con que animales y vegetales han venido contribuyendo a nuestra andadura y evolución, debería, si nada más pudiese hacer, desear, en lo íntimo de su corazón, que la adopción de esas técnicas sea abandonada, o no obtenga éxito, y que nuestros métodos de cría y cultivo respeten, cuando menos, la identidad de esas criaturas, que reposa soberana en su ADN.

La resistencia pacífica es una práctica muy eficaz. Consiste en rehusar de forma sistemática el consumo de alimentos producidos con tecnología transgénica, optando por el consumo de productos obtenidos a partir de la agricultura orgánica, que se caracteriza no sólo por el cultivo de vegetales en suelo libre de abonos químicos, pesticidas o agrotóxicos, sino también, por el abandono de la monocultura, permitiendo que los vegetales nazcan y crezcan en compañía de especies con las que tienen afinidades, de manera que, con ellos, puedan intercambiar sustancias y energías mutuamente enriquecedoras, que potencian sus cualidades nutricionales y curativas.

Si mi intención al escribir fuese tan sólo demostrar las ventajas de los productos orgánicos sobre los producidos según las más avanzadas tecnologías, yo podría citar las cifras alarmantes de investigaciones que relacionan el uso de agrotóxicos con el aumento de casos de cáncer, malformaciones congénitas, abortos espontáneos, alergias crónicas y todo tipo de dolencias degenerativas, además del evidente desgaste y envejecimiento precoz que nos tornan cada día más dependientes de la medicina regenerativa – en sus múltiples formas – de esteticistas y especialistas en trasplantes.
Sería pérdida de tiempo, toda vez que esas estadísticas están disponibles para quien desee consultarlas, en Internet y en la prensa en general.

Mi objetivo es pediros que reflexionéis un poco acerca de lo que significa, para cada uno de nosotros, hoy, vivir de luz. ¿No será, simplemente, procurar ingerir alimentos que contribuyan a mantener, e incluso potenciar la luz que existe en cada uno de nosotros?

Tal como nuestros maestros e instructores no se cansan de explicarnos, cada vez que un ser decide iniciar su jornada en la materia, traza un minucioso plan de acción, dividiéndolo en etapas a las cuales llamamos reencarnaciones. Cada una de esas etapas tiene un contenido a ser experimentado, con los consiguientes desafíos y potenciales de realización.

Al organizar esa expedición por los misteriosos dominios de la materia, cada uno de nosotros – rayos luminosos emitidos directamente desde el corazón de la Creación – proyecta cuidadosamente sus cuerpos, y de ellos, el que merece más atención es el cuerpo físico.

Por el simple hecho de estar sujeto a las implacables leyes de la materia, buscamos incluir en él las características más adecuadas, entre las permitidas por la ley del karma, para el tipo de misión que pretendemos realizar.Luego, una vez que tomamos conciencia de que ese vehículo es el que nos permitirá realizar con mayor o menor dificultad aquello que nos hemos comprometido a hacer, nada más natural que cuidar de él con toda la atención y cariño que un submarinista dedica a su escafandra o, un astronauta, a su traje espacial.
Porque, de la calidad de la Luz con que proveemos a nuestro cuerpo físico, depende muchas veces el fracaso o el éxito de nuestra misión.

Para que funcione bien, es preciso abastecerlo, dando calidad positiva no sólo a la energía maravillosa que nos llega por el aire, sino también prefiriendo alimentos que potencien, en vez de degradar, el patrón vibratorio de la Luz.

Nuestros compañeros de los reinos vegetal y animal realizan su parte, con gran amor y dedicación, ofreciéndose a nosotros sin resistencia o reserva, esperando, como contrapartida, que elevemos con nuestros sentimientos, pensamientos y actos, la tasa vibracional del planeta, promoviendo su ascensión.

Estamos todos en el mismo barco, nave, cuerpo místico, o como quiera que acostumbres denominar al numeroso grupo de seres que coexisten en esta estrecha parcela de Universo que estamos aparejados para percibir.

Respetarnos y nutrirnos unos a otros, ofreciendo al todo lo que tenemos de mejor, es todo cuanto podemos hacer, para tomar conciencia, cada día más, de que Somos Todos Uno y de que esa es la primera de las múltiples e infinitas realidades que estamos eternamente destinados a experimentar.


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Maria Guida é
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