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¡Yo no sé ser libre!


por Teresa Cristina Pascotto - crispascotto@hotmail.com

Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Nadie nos ha enseñado a ser libres. Desde que nacemos, estamos inseridos en las tramas y tejidos familiares, viviendo limitados por los preacuerdos inconscientes que hicimos como garantía de nuestra “estancia en el linaje familiar”. Para tener el derecho de pertenencia, hemos sido “obligados” a aceptar la imposición de valores y condiciones que nos estrechan la vida. No tenemos permiso para brillar, ni para ser quienes somos de verdad ni tampoco para realizarnos a partir de la expresión de nuestra alma. Si lo hiciésemos, traeríamos desazón e intranquilidad a nuestro tejido familiar y esto nos costaría la “exclusión” (energética o real). Para cumplir con esas pautas sin burlar las normas, hemos de frenar los impulsos de nuestra alma que nos llevan siempre a desear y buscar la realización plena. Estos impulsos son naturales y nos hacen brillar intensamente. A lo largo de nuestra vida, hemos ido percibiendo que ese brillo nos causaba “problemas” y fue preciso encontrar medios de bloquearlo; hemos creado situaciones que nos impidiesen expresar esa fuerza del alma y hemos empezado a crear conexiones con las otras personas de forma a tener problemas y que ellas pasasen a contenernos, a “robarnos”, a ofuscar nuestro brillo, a manipularnos, en fin, hemos creado interacciones altamente destructivas con los demás, solo para no permitirnos expresarnos con semejante fuerza y brillo.

No obstante, algunos de nosotros, debido a que sentimos un fuerte anhelo por la reconexión con la Conciencia Divina y el regreso al camino de nuestra esencia, hemos pasado a buscar recursos que nos lleven a esa conexión. Así, ya sea mediante la lectura de material de autoayuda, o bien por medio de terapias variadas, vamos caminando, siguiendo la llamada de nuestro corazón, por pura intuición o por el dolor. Con ello hemos empezado a comprender mejor nuestras conexiones y dinámicas ocultas con los demás, hemos empezado a tomar conciencia de la realidad, desmontando nuestras ilusiones. Esto nos lleva a buscar medios de romper, disolver y definir y concluir, energética y espiritualmente, todas nuestras conexiones destructivas. Todo esto sucede como un proceso, no hay magia, sino un camino continuo.

En determinado momento de ese trayecto divino percibimos que ya nos hemos liberado de muchas ataduras, de muchas relaciones conflictivas y negativas, percibimos que ya no estamos presos a los viejos juegos y disputas de poder y que ya no necesitamos que determinadas situaciones o personas hagan todavía sus papeles de verdugos y de bloqueos; interiormente, ya hemos dicho “no” a esas ataduras y buscamos firmemente la liberación.

Así, dentro de aquel contexto que estamos trabajando en nosotros, finalmente nos liberamos y estamos listos para dar nuevos pasos, hacia los cambios reales pertinentes a ese contexto. Ahora es cuestión de tiempo el que todo se acomode dentro de nosotros, para que podamos organizar y ecualizar nuestra energía con el nuevo nivel de conciencia que hemos alcanzado. Podemos respirar libremente, sintiéndonos en paz, serenos, tranquilos, confiados en que un nuevo momento nos espera. No nos “movemos” en este período, solo absorbemos las nuevas energías. Todo es muy nuevo para nosotros, todavía no sabemos exactamente qué es lo que queremos, y qué y cómo lo haremos, no sabemos cómo dar los primeros pasos. Este saber está dentro de nosotros y aflorará naturalmente tras este período de acomodación de las nuevas energías. Al aflorar, esta sabiduría interior nos impulsará y conducirá naturalmente. Es un momento “mágico”, experimentamos sensaciones maravillosas, la paz invade nuestro corazón.

Entonces, ese período se termina y los impulsos empiezan a manifestarse. Pero no ocurre nada… empezamos a sentir un estancamiento que se adueña de nosotros, nos sentimos letárgicos, ya no ansiosos, sino que estamos ajenos, en “otro lugar”, no en el aquí y ahora. Es bueno que sintamos todo esto, pero no somos capaces, mejor dicho, parece que no queremos salir de eso, no queremos ir más allá, y que todo lo que siempre hemos deseado tanto y que tanto hemos sufrido por no conseguirlo, ahora nos parece algo que está lejos de nuestra realidad, ya no sentimos el mismo deseo, parece que “lo mismo da” tener eso o no. Nos hacemos indiferentes y hasta perezosos. Hemos pasado tanto tiempo luchando y sufriendo, que vivir ese momento de paz nos hace desear quedarnos allí para siempre. Nuestra mente está programada para el conflicto y cuando llega a un estado de paz y se deja quedar allí, empieza a gustarle demasiado ese lugar y, como piensa que fuera de eso todo es conflicto y dolor, prefiere entonces no volver a salir de allí, aunque eso le produzca frustración por no estar realizando sus deseos; ella todavía cree que fuera de ese estado de paz, cualquier paso que llegue a dar conducirá nuevamente a conflicto, lucha y dolor. Entonces, ella se “paraliza” y se vuelve indiferente a todo. Esto es malo porque no hay movimiento, pero es bueno, porque la mente ha empezado a descubrir que existe la paz y ha empezado a gustarle, y esto quiere decir que, aunque la mente vuelva a crear conflictos, ahora sabe que la paz es maravillosa y deseará volver a ese estado más veces y esto poco a poco hará que esa sea la realidad para la mente: la paz, aunque con movimientos y búsquedas.Está también la cuestión de la libertad que nos ha sido “quitada” y nunca hemos aprendido a ser libres. A fin de cuentas ¿cómo es ser libre? La libertad está en nuestras manos y nada hacemos con ella, no hubo ese aprendizaje. Hemos aprendido a ser prisioneros de las limitaciones; eso sí, lo sabemos hacer con propiedad. Si comprendemos que la libertad es algo nuevo y que todavía tenemos miedo a ser libres (aún creemos que seremos castigados con el rechazo y la exclusión), podremos aceptar ese momento y “no hacer nada”, aunque con el deseo de encontrar condiciones interiores para empezar a creer y a aceptar que la libertad es nuestra por derecho, y es nuestra realidad divina. No haciendo nada contra ese momento, ya no nos sentimos prisioneros buscando la fuga ni nos sentimos libres. Pero la libertad ya está allí, “instalada en nosotros”. Aguardar es la palabra de orden. Es preciso desaprender las pautas de limitaciones y prisión; estaremos libres, pero sin disfrutar de esa libertad, pues solo cuando desaprendamos las pautas de limitaciones, nos veremos libres de esas conexiones neuronales que son extremadamente fuertes en nuestro cerebro. Cuando dejamos de “usar” un modelo de comportamiento, éste tiende a debilitarse y a dejar de existir. Así, no existiendo ese modelo, con la libertad a nuestra disposición y con el impulso de nuestra alma que clama por libertad y expresión, naturalmente iremos dando los primeros pasos hacia la libertad, creando un nuevo modelo de comportamiento y actitudes sanas, lo cual hará que se establezcan nuevas conexiones neuronales, relacionadas con el modelo de libertad. Cuanto más “usamos” ese nuevo modelo, más fortalecemos nuestras conexiones, creando así una nueva pauta ¡sin miedo a la libertad!


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