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¿Qué te lastimó en la infancia?

¿Qué te lastimó en la infancia? Publicado dia 3/22/2018 10:12:20 AM em STUM WORLD

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Traducción de Teresa
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Pues prefiero tener crisis y agradarte
que desagradarte y no tenerlas
Marcel Proust - Cartas a la madre


No siempre tenemos conciencia de que fuimos muy lastimados durante la infancia, pues aprendimos desde muy pronto que debíamos tragarnos las lágrimas, reprimir lo que sentíamos, no hablar nunca sobre cuánto sufríamos en silencio, aunque soportásemos los peores abusos. Y eso se perpetúa en la vida adulta.

Del mismo modo que aprendimos a reprimir todo lo que sentimos, también aprendimos a tener miedo, y ese mismo miedo es lo que nos impide entrar en contacto con nuestro pasado, con nuestra verdadera historia y sus consecuencias, aun teniendo síntomas que tratan de hacernos despertar para nuestra verdad. ¿Qué es lo que sabes de tu propia historia? ¿Has podido relacionar tus síntomas con lo que sentiste y pasaste en los primeros años de vida? ¿O todavía sigues esperando el amor que no recibiste cuando más lo necesitabas?

Las personas siguen creyendo que los dolores sentidos en el pasado no deben ser expresados. Pero ya hemos aprendido que continuar reprimiendo nuestros dolores puede hacernos enfermar, pese a que la frase anterior es seguida por muchas personas, aunque de modo inconsciente. Sí, muchos prefieren ponerse enfermos y agradar a sus padres, antes que enfrentar la verdad que está almacenada en su cuerpo y procura mostrarse mediante los síntomas.

El conflicto entre aquello que sentimos, y de hecho sabemos porque nuestro cuerpo lo ha registrado, y aquello que demostramos para satisfacer las normas morales que hemos interiorizado desde muy pronto, es la causa de muchos síntomas. El cuerpo es guardián de nuestra verdad, porque lleva en sí la experiencia de toda nuestra vida. Él nos obliga, con la ayuda de los síntomas, a admitir esa verdad, de modo a poder comunicarnos con el crío un día maltratado y humillado que vive en nosotros. Si le preguntas al niño que fuiste un día: ¿qué es lo que estás sintiendo? ¿Qué respuesta escucharías? Pausa para escuchar.

Alice Miller en sus libros nos dice que aprendimos muy pronto a obedecer y a seguir el cuarto mandamiento: honrar padre y madre. Y dice también que el cuerpo no entiende, en modo alguno, esa moral, y siendo así, enfermamos, severa y progresivamente.

No puedo obligarme a amar o incluso a honrar a mis padres cuando mi cuerpo me lo niega por motivos que le son bien conocidos. Aquellos que fueron amados cuando eran niños, amarán a sus padres, sin tener que obedecer a un mandamiento. Y la obediencia a un mandamiento nunca conseguirá engendrar amor, únicamente la ilusión de que éste exista.

Cómo te sentirías si oyeses decir: tú no necesitas honrar a tu padre. Aquellos que te perjudicaron no es preciso que los ames, aunque sean tus padres. Pagarás con síntomas ese respeto impuesto. ¿Tienes la posibilidad de liberarte? A algunos esto les puede parecer absurdo, pero sólo quienes viven las secuelas de los abusos sufridos saben lo que se siente.

Pero continuamos ignorando nuestra verdad, con la ayuda de médicos, y desgraciadamente, de algunos psicólogos, que evitan toda y cualquier cuestión relacionada con nuestros primeros años de vida, aunque nuestros síntomas estén clamando por comprensión y validación.

El cuerpo busca durante toda la vida el alimento de que tanto necesitaba en la infancia, y que no recibió. Puede buscarlo en comida, drogas, compras, sexo, en fin, busca el alimento que le fue negado en la infancia. Él - cuerpo - necesita incondicionalmente la verdad, que nosotros mismos acabamos por negarle. ¿Qué alimento has venido buscando? ¿Qué verdad intenta tu cuerpo mostrarte, y que tú insistes en evitar por temor al dolor que esto pueda producirte? ¿Has pensado que ese dolor puede estar reprimido, y que negarlo no lo hará desaparecer?

Una herida no es capaz de cicatrizarse mientras continúe encubierta y negada. El niño no puede sobrevivir a la verdad, por tanto, la reprime. Cuando somos niños, huimos de la realidad como forma de defensa, pero siendo adultos hemos recuperado el derecho de no tener que huir más.

Cuando eras niño, cada vez que llorabas o demostrabas lo que sentías, recibías una paliza o eras castigado de alguna forma. Así, pronto aprendiste a reprimir lo que sentías, pero ¿vas a pasarte toda la vida negando y enfermando? Aunque no todos logran hacer esta asociación. Nadie quiere saber nada sobre la influencia de la niñez en la vida futura. A veces es más fácil (fácil no siempre significa saludable) continuar buscando alimentos y relaciones tóxicas, como forma de confirmar que no mereces recibir amor, o para ser castigado por haber sido tan malo. A fin de cuentas, un crío maltratado no es capaz de percibir su real valía, y esa percepción puede extenderse a lo largo de toda su vida.

Cuanto más te agredían, más idealizabas a tus padres, creyéndote el único responsable por el abuso de que eras víctima. Esa idealización debe ser destruida. Muchos adultos continúan idealizando a sus padres, esperando un amor que nunca vendrá, deseando que sean el ideal que les gustaría, pero a menudo, lejos, muy lejos de lo real. Y esto origina mucho sufrimiento.

No es necesario que te alejes de tus padres por sus actos crueles si no lo deseas, pero debes mirarlos tal como fueron en la realidad, con sus limitaciones, observando cómo lidiaron contigo cuando eras pequeño, percibiendo que eso ha generado muchas secuelas. Mientras los mensajes de tu cuerpo sean pasados por alto, nuevos mensajes vendrán, hasta que sean escuchados. Por eso, busca el real origen de tus síntomas, siendo consciente de que ningún medicamento lo hará por ti.

por Rosemeire Zago


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Sobre o autor
Rosemeire Zago é psicóloga clínica CRP 06/36.933-0, com abordagem junguiana e especialização em Psicossomática. Estudiosa de Alice Miller e Jung, aprofundou-se no ensaio: `A Psicologia do Arquétipo da Criança Interior´ - 1940.
A base de seu trabalho no atendimento individual de adultos é o resgate da autoestima e amor-próprio, com experiência no processo de reencontrar e cuidar da criança que foi vítima de abuso físico, psicológico e/ou sexual, e ainda hoje contamina a vida do adulto com suas dores.
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