Análisis Transaccional – Parte 3

Análisis Transaccional – Parte 3
Publicado dia 11/7/2004 11:04:29 PM em STUM WORLD

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Traducción: Marta Susana Pacho
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El Dr. Eric Berne, creador del Análisis Transaccional (AT), decía que es preciso saber comunicarse bien consigo mismo para comunicarse mejor con las demás personas. Pero, para comunicarse bien consigo mismo es necesario saber como se procesa el diálogo interno, “charla”, entre las partes de la personalidad.
Él basó su teoría de la personalidad en tres verdades absolutas, incuestionables:

a) Todos tuvimos padres o alguien que cumplió la función de;
b) Todos tienen un adulto, esto es, un lado lógico, racional de la personalidad;
c) Todos fuimos niños un día.
Los tres aspectos se comunican entre sí continuamente dentro de nuestra cabeza en forma de diálogos internos.

Análisis Estructural de la personalidad:

a) Padre: Es el lado autoritario, exigente, crítico, preconceptuoso, cariñoso y nutritivo, que incorporamos de personas influyentes en nuestra vida, tales como: padre, madre, abuelos, tíos, maestros, hermanos mayores que convivieron con nosotros. Percibimos a esas personas en forma de “voces” que nos hablan en nuestra cabeza, que nos reprenden o conversan con nosotros en forma de diálogos internos. Ejemplo:
“Tú tienes que...”
“Tú deberías hacer, porque si no...”
De esta forma, el objetivo del AT es hacer que la persona reencuentre su autonomía, esto es, rescatar la capacidad de elección del individuo, la libertad de optar. En este sentido, una persona autónoma (y no autómata) es aquella que se “desrobotizó”, o sea, aprendió a pensar, sentir y actuar por sí misma y no bajo la influencia de los padres.
En verdad, toda nuestra educación se ha basado en el binomio: Permiso X Prohibición. Muchas personas, en su proceso educativo tuvieron, por ejemplo, permiso para pensar, para ser inteligentes, para cuestionar y resolver sus problemas diarios, y, sin embargo, la prohibición de sentir, esto es, de demostrar sus sentimientos.
Es el caso de los hombres. Muchas veces los padres prohíben a los niños llorar, demostrar tristeza, lo que no ocurre con las niñas que tienen permiso para llorar; por lo tanto, pueden sentir y demostrar su tristeza.
“Prohibir”, esto es, desalentar a un niño para pensar, es hacer por él, pensar por él, no estimularlo a pensar por sí mismo, por ejemplo haciendo las tareas escolares de su hijo. Así, el grado de autonomía, esto es, la libertad de pensar, sentir y actuar, aumenta en la medida en que aumenta nuestro auto conocimiento.
b) Adulto: Es el lado racional, lógico, coherente de la personalidad, que funciona como un “computador disponible” y que filtra todas las informaciones de la realidad externa, esto es, testea la realidad para resolver los problemas diarios. Es nuestro buen senso, por ejemplo, cuando intentamos persuadir a una persona, buscando convencerla a través del diálogo, de una argumentación lógica, coherente y sensata
c) Niño: Es el lado infantil, o sea, el niño que fuimos y que se perpetúa en la fase adulta. Es el lado de nuestra personalidad que es dominado por nuestras emociones (miedo, rabia, tristeza, alegría, envidia, celos, inseguridad, etc.), que suele por ejemplo, tener accesos de furia, es impaciente (socio del “club del pabilo corto”), como hacía cuando tenía cinco años de edad.
Es el lado de nuestra personalidad que entra en el victimismo. es decir, se siente un pobrecito. culpando, responsabilizando a los demás por su infelicidad y que pasa la mayor parte del tiempo reclamando, quejándose, en lugar de buscar soluciones, respuestas para sus problemas. Quien tiene un niño sin resolver dentro de sí, tiende a convertirse en una pésima madre o un pésimo padre, pues no será capaz de comprender, percibir o dar apoyo a sus hijos.

Es el caso del padre que tiene celos del hijo por el hecho de que su esposa le da mas atención que a él. Acaba sintiéndose rechazado, no amado y genera resentimiento hacia su hijo. O también aquel padre que no soporta que su hijo esté en una situación financiera mejor que la de él. Busca competir con él tendiendo a desplazarlo. Lo mismo se dá con la madre que, en lugar de cuidar a su hija, quiere invertir los papeles y ser cuidada. A su vez, la hija, no la ve como madre, sino como una hermana.
Conocí una madre que seducía a todos los pretendientes de su hija, buscando competir con ella. Tenemos el mal hábito de medir nuestra madurez por la edad. Realmente, la madurez se mide por las actitudes.
Muchas personas se comportan como niños mimados, aún al alcanzar 30, 40, 50 o más años de edad. Por lo tanto, entrar en contacto con ese niño interior que se perpetúa en la vida adulta, detectando sus carencias, es la manera más segura de reconstruir
nuestro Yo verdadero.

Caso Clínico:
Dificultad para tomar decisiones
Mujer de 40 años, soltera.


La paciente me consultó a causa de su inseguridad para tomar decisiones. Entraba en un conflicto muy grande al tener que tomar una decisión, principalmente en lo relativo a su carrera. Esto la hacía perder innumerables oportunidades de mejorar su condición financiera y profesional.
Cambiaba constantemente de opinión a la hora de tomar una decisión por miedo de equivocarse, de arrepentirse y sentirse culpable por haberse equivocado en sus decisiones. Evidentemente, esto la dejaba muy angustiada y estresada ante situaciones que exigían de ella tomar una decisión, escoger. De manera que quería saber el por qué de tanta indecisión, de tanta inseguridad en su vida.

Al hacer la regresión, me relató:
“Veo una calle con bastante movimiento, con mucho movimiento”

- Usted logra verse en esta escena - le pregunto.
“Uso botas, falda larga, tengo cabellos largos, soy joven, debo tener alrededor de 20 años (pausa). Por esta calle con mucho movimiento, pasan muchos tranvías. Estoy caminando por la vereda de la mano con una niña. Ella es mi hermana, debe tener alrededor de siete años, usa un vestido largo y tiene cabellos castaños”.

- Hacia donde van ustedes - le pregunto.
“Creo que vamos a hacer unas compras”- Avance más en esa escena - le pido.
“Yo tengo que cuidarla, pero ella no para, es muy inquieta. La calle está muy transitada y tenemos que cruzar. Ella se suelta de mi mano y no logro ir tras ella... Sale corriendo en el medio de la calle (la paciente comienza a llorar). Ella es atropellada por un tranvía. Oh, mi Dios! (La paciente grita y llora desesperadamente). Yo no conseguí asegurarla, tuve miedo de ir tras ella porque la calle estaba muy transitada. Tuve también mucho miedo de ser atropellada. Ella está toda ensangrentada. Mis padres van a estar muy tristes. Yo no tuve la culpa, yo no tuve la culpa (repite varias veces a los gritos). Estoy desesperada, no sé que hacer. Continúo pensando en mis padres”.

- Prosiga en la escena y vea que pasó con su hermana - le pido.
“La llevaron al hospital. Yo la acompaño, pero me siento culpable; quedo angustiada, con miedo
de que ella muera, de lo que van a decir mis padres. Pienso que ellos me van a culpar. Cuando ella soltó mi mano, yo debí ir tras ella, pero tuve mucho miedo de ser atropellada. En el momento no supe que hacer... Estoy muy triste porque quería a mi hermana” (llora copiosamente).


- ¿Qué pasó con su hermana? – le pregunto.
“Ella murió (pausa). Mis padres estaban muy tristes y conmocionados con la muerte de ella. Yo estaba muy avergonzada, me sentía culpable. No sabía que hacer. Me sentí a una burra porque creía que podría haber evitado el accidente. Aún cuando ellos no hablen, siento que me culpan. Tengo miedo porque ellos ya no confían en mi. También perdí la confianza en mí misma”.

- Avance más en esta escena - le pido.
“Estoy en mi casa, en la sala. Estoy sentada conversando con las personas. Es una fiesta. Estoy triste porque siento que mis padres me desprecian. Ellos permanecen distantes de mí, indiferentes. Es como si ellos hubiesen perdido la consideración hacia mí. Me voy tornando muy insegura. Comienzo a menospreciarme, a desvalorizarme. Me vuelvo temerosa, insegura, creo que alguna desgracia va a ocurrir nuevamente. Estoy siempre tensa, preocupada, triste”.

- ¿Y sus padres? - le pregunto.
“Ellos intentan aparentar una cierta normalidad, pero sé que no es verdad. Ellos conversan conmigo, pero no son afectuosos. Antes ellos me trataban normalmente. Ahora están más tristes, más distantes”.

- Avance en la escena, años después - le pido.
“Continúo en la casa de mis padres. Debo tener 30 años. Estoy más vieja, uso un vestido largo. Mis padres están más viejos. Estoy en el patio conversando con ellos”.

- Como se siente usted - le pregunto.
“Aun me siento culpable, creo que ellos nunca van a entender o aceptar que yo no tuve la culpa de la muerte de mi hermana. No tengo mucho que hacer, no gano nada con explicar (pausa). Ahora estoy casada, tengo un marido y un hijo de tres años. Mi madre quedó muy neurótica, traumatizada. Ella está siempre de mal humor, pesimista. Está siempre preocupada por todo. Lo peor es que yo también pienso así. Ella me deja insegura. Nuestra relación es muy tensa. Es como si yo siempre tuviese miedo de alguna cosa, como si no me sintiese capaz. Es difícil tomar decisiones. Siempre pienso que las cosas van a salir mal. Nunca pienso en la posibilidad de que mis decisiones puedan ser acertadas. No logro ser optimista. Ahí estoy, con miedo de todo. Espero que las personas decidan por mí. Me las arreglo para no tener responsabilidad. Tengo miedo de equivocarme y sufrir nuevamente. Estoy tensa, preocupada por mi hijo. Es como si yo quisiera ser perfecta. No quisiera equivocarme de nuevo. Despierto siempre preocupada, sin motivo alguno. No logro relajarme”.

- Avance más adelante en esa escena - le pido.
“Mi madre está enferma, la estoy cuidando. Me siento triste, obligada a cuidarla. Ella fue una persona muy amargada”.

- ¿Qué siente usted por su madre? – le pregunto.
“Siento pena de ella, pero al mismo tiempo siento rabia por que ella es tan amargada. Ella descarga sus frustraciones en mí y en otras personas. Ella nos entristece. Se que no lo hace por mal, pero es una persona muy amargada”.

-¿Y su padre? – le pregunto.
“Ya murió. Lo extraño, como si le debiese alguna cosa. Estoy frustrada porque no conseguí cambiar lo que ellos pensaban con respecto al accidente. Ellos quedaron muy amargados en relación a todo”.

- Prosiga ahora más adelante en esa escena, años después - le pido.
“Mi madre murió. Yo me siento aliviada, pero aún me siento culpable por la muerte de mi hermana. No consigo librarme de esa culpa”.

- Vaya al momento de su muerte en esa vida – le pido.
“Estoy enferma, débil. Estoy en una cama. Mi hijo está a mi lado. Creo que mi marido murió”.

- Cuales fueron sus últimos pensamientos y sentimientos en el momento de su muerte - le pregunto.
“Estoy arrepentida de haber vivido con miedo de todo. No aproveché la vida porque estaba siempre preocupada, pensando en el después y nunca viviendo el momento. Estoy frustrada, triste. Fué una vida sin gracia, pues vivía con miedo. No hice nada muy importante. Desperdicié una vida”.

- ¿Usted consigue ahora establecer una conexión entre su miedo a tomar decisiones en la vida actual y esa vida pasada? – le pregunto.
“Traigo todavía en la vida actual ese miedo, esa culpa de equivocarme nuevamente. Es como si estuviese pisando huevos. Estoy muy preocupada por que las cosas me salgan mal nuevamente como en la vida pasada. Ahora entiendo por qué, a la hora de tomar una decisión, estoy insegura, angustiada. Pienso siempre en el lado negativo cuando voy a tomar una decisión. También tengo miedo de decepcionar a las personas, en el caso de tomar una decisión equivocada”.
“Realmente, la culpa no fue mía, por el accidente de mi hermana. Fué ella quien se soltó de mi mano. Entiendo también que yo me castigué de más y cargué con una culpa que no tenía sentido.
Yo asumí también la culpa por mis padres, porque ellos eran infelices por la muerte de mi hermana. Yo decepcioné a mis padres. Me doy cuenta ahora que yo no fui negligente. Reconozco que fui muy severa conmigo misma”.

Al término de la sesión, la paciente me dijo que se había sacado un peso de las espaldas. Se estaba sintiendo muy bien, más lúcida en relación a la causa de su inseguridad, de su miedo a equivocarse al tomar una decisión. Después de 4 sesiones más, la paciente se liberó definitivamente de esa culpa de su pasado. Ahora se estaba sintiendo más segura al tomar una decisión.


Sobre o autor
Shimoda
Osvaldo Shimoda é terapeuta com mais de 40 anos de experiência e 60 mil sessões de regressão já realizadas. Criador da Terapia Regressiva Evolutiva TRE, professor e pesquisador das terapias integrativas e do desenvolvimento espiritual, com atuação dedicada ao estudo da consciência, dos processos terapêuticos profundos e da formação de novos terapeutas. Reconhecido por sua abordagem ética, responsável e acolhedora, Osvaldo Shimoda desenvolveu e estruturou metodologias terapêuticas que auxiliam pessoas em seus processos de autoconhecimento, equilíbrio emocional, expansão da consciência e desenvolvimento espiritual.
Email: [email protected]
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