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Ciencia y Espiritualidad - Parte 2

por Acid

Traducción de Teresa - [email protected]

Continuación del artículo "Jung y la Nueva Era", de David Tacey:

Jung habría reconocido en la Nueva Era una confusión fundamental entre el ego (self personal) y el alma (o Self en el sentido junguiano más amplio). En la verdadera práctica religiosa, es el alma la que encuentra remisión y liberación, puesto que es la parte inmortal de la persona. Paradójicamente, la salvación del alma es al mismo tiempo una mortificación del ego, de ahí la formulación: “el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mateo 16:25). En el pasado, la necesaria mortificación del ego ha sido confundida con la mortificación del cuerpo, de la sexualidad y de lo femenino, y esto surgió ampliamente a partir de la escisión, en la psiquis occidental, entre espíritu y materia. Pero hoy, con nuestro mayor conocimiento psicológico, estamos más cercanos al misterio cristiano, y percibimos que es el ego lo que ha de ser desplazado, de modo que la salvación pueda tomar lugar. En la Nueva Era, no hay verdadera separación entre el ego y el alma transpersonal; así, la primera fase en la verdadera conciencia religiosa no es adquirida; o, en vez de eso, se conduce un proceso religioso y en cada punto de esta jornada la vida espiritual se ve contaminada con los deseos y ansias del ego. En este camino la jornada espiritual queda corrompida, y degenera en un viaje de ego (egotrip). A medida en que el alma es liberada de sus grilletes y elevada a una realidad mayor, el ego quiere viajar juntamente con ella, y el éxtasis de la liberación del espíritu es un éxtasis que el ego desea para sí. De manera similar, el hambriento ego de la Nueva Era acecha la grandeza y poder de Dios, y se identifica con aquel poder, mirando a Dios como a cierto “recurso sobrenatural no represado” que puede ser utilizado para la “expansión de potencial humano”. Esta es una fantasía prometeica salvaje y sin límites, y la Nueva Era efectivamente cree en el fondo de su corazón que el hombre puede convertirse en Dios. Esto lo hubiera clasificado Jung probablemente como una espiritualidad psicótica, una espiritualidad en que el ego ha venido siendo inflado grotescamente a proporciones divinas. El papel secundario del ego no fue comprendido, y hay una profunda confusión psicológica y teológica acerca del significado de la vida y del papel de la humanidad en servir a lo divino. Intelectualmente, el hombre de la Nueva Era abraza una filosofía soñadora, paradisíaca, pero actualmente y de hecho, está lleno de quejas y amargura, porque nada parece caminar a derechas. La “pérdida del ego”, que debería estar sucediendo conscientemente, cae al inconsciente y, como cualquier cosa inconsciente, está proyectada hacia fuera, sobre los demás y el mundo.

Muchos esotéricos se jactan de decir que han abandonado el ego, y por consiguiente las cosas de la Tierra, en favor de un estilo de vida más puntualmente relacionado con la realidad del alma. No obstante, el ego no ha sido “desechado”, y por definición no puede ser desechado; ha sido meramente (con)fundido con la vida del alma. Este es el escenario psicológico para el notorio problema del egotismo desenfrenado, la emocionalidad, escisiones y competitividad que infestan los grupos, cultos, sectas, ashrams, clubes, sociedades y comunidades de la Nueva Era. Aunque todos estos grupos trabajen en el sentido de la trascendencia del ego a favor del alma, son frecuentemente destruidos por un egotismo secreto, oscuro y maléfico, que corroe los altos ideales y eventualmente causa el colapso de toda la edificación. Los devotos declaran que son “nada” ante lo divino, o sin valor ante el carismático profesor, pero en el telón de fondo hay feroces maniobras por privilegios y lugares especiales, por poder e influencia dentro del grupo. Ni tampoco es posible suprimir el impulso sexual por una “intensa devoción” a lo etéreo o por intereses paradisíacos. Lo que es objeto de negligencia o rechazo, volverá para visitarnos, y habitualmente lo hace con considerable violencia, de modo tal que el ashram local de la Nueva Era puede acabar como un cubil de iniquidad y perversiones de lo más diverso (obviamente justificadas con un contenido “espiritual”). Jung estaría de acuerdo en que hay una necesidad mayor de auto-conocimiento en la religión occidental, y en que demasiado frecuentemente encontramos excesiva “fe ciega” en el cristianismo, con muchas personas que adoptan creencias y doctrinas sin someter a prueba estos preceptos a través de la experiencia. Jung tolera mucho en el aparato espiritual de la Nueva Era: su énfasis sobre diversidad y pluralismo, sobre sabidurías pre y pos-cristianas, sobre meditación, introspección, y experiencia personal directa. Sin embargo, a menos que se adopte la actitud correcta, el aparato y las tecnologías de autoayuda son más que inútiles: son positivamente peligrosas. Sería mejor que el hombre de la Nueva Era cerrase su secta suburbana y volviese a su iglesia o sinagoga para aprender las lecciones de la humildad y la modestia. No puede haber transformación espiritual alguna, a menos que ego y alma estén firmemente diferenciados.

Uroboros En su deseo de sustituir el dualismo occidental con un nuevo holismo, la Nueva Era ha tomado un rumbo al que muchos llamarían “junguiano”. No obstante, Jung contrasta fuertemente dos diferentes tipos o modelos de totalidad:

El primero, al que llama totalidad pre-consciente, es la totalidad del universo primordial y amorfo, indiferenciado como una sopa, que habría existido antes de la propia conciencia. En ella los pares de opuestos están fundidos (no porque hayan sido reunidos en una totalidad mayor, sino porque aún no han sido diferenciados unos de otros). Todo es “uno” porque los “muchos”, y los conflictivos pares de opuestos que constituyen los muchos, aún no han sido traídos a la existencia. Jung identifica esta totalidad original con el arquetipo de la Gran Madre, y estos que buscan el incestuoso “retorno a la madre” están dispuestos a idealizar esta condición primeva. Neumann desarrolló la hipótesis de Jung de la “gran rueda” llamando a este símbolo Uróboros, o la serpiente que se muerde su propia cola.

Mandala En contraste, Jung postuló (y defendió) un segundo tipo de totalidad, la Totalidad Consciente, en la cual los pares de opuestos, separados por el adviento de una conciencia polarizada y unilateral, vuelven a ser juntos en una unidad relativa. Esta totalidad, él lo había sentido, es el objetivo y punto final de la realización consciente. Su enfoque es el de que la integridad e identidad de los opuestos queda mantenida y respetada. La totalidad consciente no es un caos semejante a una sopa, sino una unidad claramente diferenciada, en la cual todas las diferencias y distinciones básicas han sido honradas, vividas y reconciliadas: “Sin la experiencia de los opuestos no hay experiencia de totalidad”, decía Jung, que ha visto en la Mandala oriental un “círculo mágico” en que son preservadas la integridad de las formas de vida, de las estructuras geométricas y de las figuras sagradas, como símbolo de la totalidad diferenciada que él tanto admiraba.

La Nueva Era aboga por un retorno a la Madre del Mundo, y su ansia por la unidad es el ansia del infante por la unidad con la madre. La Nueva Era no se ve como heredera de la cultura o de la historia de Occidente, y no está interesada en “completar” esa historia, sino meramente en suprimirla. La Nueva Era no afirma el pasado, sino que quiere comenzar todo de nuevo, construir un futuro más brillante, menos trágico, y está cansada del embate de los opuestos que constituye tanto de nuestra historia.
Jung argumentaría que no se puede hablar de totalidad hasta que la oscuridad o “sombra” de la naturaleza humana haya sido maduramente aceptada e integrada. He aquí dónde la Nueva Era traiciona su infantilismo y su fingida “totalidad”, porque el lado oscuro de la naturaleza humana es casi sistemáticamente ignorado. La Nueva Era está volando de la oscuridad y de la realidad del mal, contemplando a la oscuridad meramente como la ausencia de luz.

La era cristiana ha promovido una ética de perfección en su énfasis sobre la figura de Jesucristo, pero una era genuinamente nueva o venidera estará, para Jung, basada sobre una ética de la totalidad, cuyo foco no será Jesús, sino el Espíritu Santo: “El Espíritu Santo es una reconciliación de opuestos, y de ahí la respuesta al sufrimiento en el Ente Supremo que Cristo personifica”. Una Nueva Era del Espíritu, según Jung, presentará no la segunda venida de un Cristo humano, sino “la revelación del Espíritu Santo a partir del propio hombre”. La Era Venidera no destruirá el Cristianismo, sustituyéndolo por paganismo, sino que trascenderá el Cristianismo histórico sustituyendo la imitación de Cristo por la experiencia directa y viviente del Espíritu Santo. El propio Cristo insinuó (Juan 16:7-13) que el Espíritu Santo o Consolador habría de venir después de él, no sólo para derramar las lenguas del Pentecostés sobre sus discípulos, sino para impregnar a toda la humanidad con el “espíritu de la verdad”. Para Jung, por tanto, una comprensión correcta de la totalidad es esencial no sólo para nuestra salud psicológica personal, nuestro bienestar moral y ético, y nuestra sensación humana del sentido de la vida, sino que es el modelo por el cual participamos en la auto-evolución de lo divino. Y por esto Jung insiste, a través de sus escritos, en que debemos mantener la tensión entre los opuestos y movernos hacia delante; no debemos relajar la tensión de modo que los opuestos pierdan su definición y retornen al uróboros primevo (la tal sopa primordial): “Sin oposición no hay flujo de energía, no hay vitalidad. La falta de oposición conduce la vida a un estancamiento allí donde tal falta se produzca.” Jung no era un gurú de la Nueva Era que predicaba la profunda relajación y la disolución del estrés, sino que por el contrario, imploraba a los demás permanecer conscientes de las divisiones, fortalecer esto, y mantener a los opuestos en relación dinámica. Solamente entonces podrá la “función trascendente”, que en metapsicología junguiana sería el Consolador o Paráclito, venir en nuestro auxilio y hacer soportable la carga que sobrellevamos.

Entonces dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. (Mateo 16:24)


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acid
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