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Ahora que he vuelto a casa – Capítulo 2


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Mal habíamos comenzado nuestra travesía del Atlántico, la naturaleza y mis verdes años se encargaron de restablecer el orden natural de las cosas. Curé rápidamente y comencé a orientar mi interés hacia la nueva realidad que me rodeaba. Todo era novedad: la cabina, la ducha, las comidas en el restaurante, la inmensidad del mar con todas sus mutaciones. Pero la novedad más perturbadora era la nueva amistad con un compañero de viaje, cinco años mayor que yo. Aunque él residiese en mi ciudad, en un barrio cercano, nunca nos habíamos encontrado, y ahora nos habíamos tornado amigos inseparables. Su inteligencia y su encanto compensaban largamente un defecto físico que poseía, pues había sufrido poliomielitis siendo niño, y una de sus piernas se había desarrollado menos que la otra. Ese detalle, además, lo convertía para mí en un ser único, mucho más interesante y admirable. La amistad se transformó rápidamente en el deseo de una aproximación cada vez mayor.

Yo acababa de experimentar por primera vez, pocos meses antes de embarcar, la deliciosa sensación del primer beso. Esa primera experiencia ya había tenido un sabor de fruto prohibido a causa de la diferencia de edad, por la certeza de la desaprobación de mis padres y por el dolor de la separación inminente. Ahora la misma sensación se repetía en una situación completamente diferente, pero con el mismo estigma de prohibición. Mis relaciones familiares se caracterizaban por la ausencia absoluta de manifestaciones de afecto. Cualquier asunto relacionado con el amor o sexo siempre había sido tabú y objeto de drásticas represiones. En el buque, además de la vigilancia de mi madre y mi hermano, existía un empleado encargado de celar por la moral y las buenas costumbres. Todo ello sólo hacía exacerbar cada vez más nuestro deseo de permanecer juntos y de eludir la vigilancia sirviéndonos de inocentes subterfugios y códigos por nosotros inventados.

Esa tensión constante, rodeada por el aura mágica que envolvía esa aventura rumbo a lo desconocido, hizo de esos trece días una vivencia absolutamente irrepetible.
La noche en que el barco dejó la isla de Madeira, donde había fondeado, para proseguir viaje en dirección a Brasil, una explosión de fuegos de artificio saludó nuestra partida. Mirando aquellos fuegos ante la inmensidad del cielo estrellado, apoyada en el hombro de mi nuevo amor, me sentía capaz de ir hasta el fin del mundo, nada podría amedrentarme.
La llegada al puerto de Santos, de madrugada, nos hizo caer bruscamente en el mundo real, con todos sus obstáculos. M. tuvo que transportar solo, sobre los hombros, su baúl, y yo le vi alejarse, cojeando, en dirección a sabe Dios qué destino. Mal tuve tiempo de despedirme, bajo la mirada severa y desconfiada de mi padre, que había venido a recogernos en el puerto.

En Sao Paulo me vi relegada a la vida doméstica. Para mi madre hubiese sido mucho más útil y tranquilizador si, como ella, yo gustase de dedicarme a los quehaceres domésticos. Desgraciadamente, despachadas las tareas obligadas, yo sólo quería saber de leer y releer todos los libros que había traído conmigo, mis únicos compañeros. Cuando me sentía particularmente infeliz, me refugiaba en los recuerdos de mi paraíso perdido. Una de los más recurrentes era aquel de los campamentos de verano organizados por el grupo de abanderadas del que yo formaba parte. En esos campamentos, los días estaban ocupados en las más diversas y fatigosas tareas necesarias a nuestro sustento y manutención. Pero por la noche llegaba la maravillosa recompensa: sentadas en círculo en torno a la hoguera, envueltas por la magia del cielo estrellado y de miles de luciérnagas que danzaban a nuestro alrededor, era el momento de compartir nuestros talentos. El placer de ejercer toda nuestra creatividad aumentaba la complicidad entre nosotros y estrechaba todavía más nuestros vínculos de amistad. El brusco retorno a la realidad tras esos devaneos me hacía sentir todavía más como una extraña, infeliz e incomprendida, dentro y fuera de casa.

Los paseos se restringían a algunas visitas a aquellos parientes nuestros que ya llevaban instalados aquí varios años, y a algunos amigos de mi padre. M. vino a visitarnos algunas veces, pero luego noté que sus visitas no estaban bien vistas por mis padres, que no procuraban disimular ese rechazo. Yo me sentía prisionera y desesperada.
Aun cuando comencé a poder salir por mi cuenta, me sentía como un ET en medio de aquella multitud que me ignoraba. Los pensamientos más negros comenzaron a rondar mi mente. La distancia entre mis padres y yo sólo hacía aumentar.
En un primer momento, pensé que sería posible retomar mis estudios en la escuela italiana local. Cuando fui hasta allí, feliz por reencontrar un ambiente familiar y la posibilidad de retomar mi actividad predilecta, recibí un jarro de agua fría: el precio de la mensualidad, que mi padre nunca podría (ni querría) pagar. La única solución sería encontrar un empleo lo más pronto posible. El primer obstáculo era el idioma, que yo quería aprender de manera correcta, y no como la mayoría de los inmigrantes que, por la simple convivencia, acababa contentándose con hablar en un portugués lleno de errores.

Conseguí convencer a mi padre para pagarme una clase particular con una profesora ítalo-brasileña que cobraba un precio razonable. De paso, podría ponerme de acuerdo con M. para que nos encontrásemos durante el trayecto entre el autobús y el aula. Tuve clases durante algunos meses, pero nunca conseguí encontrarme con M., debido a algún malentendido sobre el lugar del encuentro, como descubrí más tarde. Eso solamente hizo acentuar mi deseo cada vez mayor de una privacidad que me parecía inalcanzable.


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