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Ahora que he vuelto a casa – Capítulo 6


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Ahora estoy en París, en un hotel muy modesto, aunque se encuentre en uno de los barrios más nobles de la ciudad. Y es que la propietaria es hermana de una señora húngara, compañera mía de trabajo. El grupo de brasileños que ha venido conmigo está hospedado en un hotel del Quartier Latin, cerca de la Alliance Française, donde frecuentaremos el curso que nos ha sido ofrecido.

Es nuestro primer sábado parisiense, fuera está nevando. No resisto a la tentación de ese reencuentro con la nieve, después de tantos años de clima tropical, y salgo para andar, a solas.
La calle está muy iluminada y llena de movimiento. A determinada altura, veo a un hombre alto, negro, que lleva un chubasquero, que se acerca sonriente y me dice que simplemente no conseguiría continuar andando a solas, necesita hablar con alguien. Se presenta como investigador de la Unesco y comienza a explicarme lo que está haciendo en París. Viene de un país de África y está investigando en el campo del lenguaje. Me cuenta que él ha sido quién ha sistematizado la lengua escrita de su país, que antes sólo era hablada. Observo que una de las mangas de su chubasquero cuelga vacía al lado del cuerpo. Me explica que ha tenido un accidente horrible y que su brazo hubo de serle amputado.

Todo cuanto dice parece manar de una fuente chispeante y multicolor, la energía que emana de él ilumina todo a su alrededor, aleja cualquier temor, cualquier duda respecto de él.
En determinado momento, me pregunta directamente si no querría hacerle compañía. Al notar mi espanto, dice que no es necesario que yo haga nada que no desee hacer, que sólo el hecho de haberle permitido hablar conmigo había iluminado su noche. Me deja su tarjeta, y me aparto sin haberle dicho nada acerca de mí, ni dejado mi dirección.

Regreso a mi hotel, y entonces comienza el enfrentamiento conmigo misma. Estoy aturdida por todo lo que acaba de suceder. Este encuentro había tocado el punto neurálgico que me ha venido atormentando de unos tiempos a esta parte. ¿Quién soy yo, qué estoy haciendo aquí, qué estoy buscando? Desde mi llegada me siento como una impostora, alguien que ha tenido la suerte de recibir un regalo valioso y no sabe qué hacer con él. Que finge estar muy ocupada entreteniéndose con cosas fútiles y, cuando no tiene qué hacer, lo único que se le ocurre es tomar un libro y leer lo que los demás tienen para decir. Ya estoy en una edad en que debería haber definido mis proyectos de vida, debería haber tenido el valor de vivir una experiencia amorosa por completo, olvidando las culpas de siempre.

El encuentro con este hombre me coloca frente a frente con todas mis cuestiones existenciales. ¿Por qué no había tenido el valor de aceptar su invitación? ¿Sólo porque él es negro y le falta un brazo? Paso la noche entera dando vueltas en la cama sin conseguir conciliar el sueño ni llegar a conclusión alguna.
Por la mañana, como si una orden interna incuestionable me guiase, me visto y me dirijo a la dirección que está en la tarjeta, que todo el tiempo había estado ante mí.
Es una ciudad universitaria de periferia, habitada principalmente por africanos. Cuando llego a su cuarto, A. todavía está en la cama, me recibe sorprendido, y cuando, avergonzada, le confieso que aquella es mi primera vez, me mira incrédulo y dice: “¿No te da vergüenza?”

Lo que ocurre después es muy rápido, es como una escena de película en que predominan los colores rojo y negro.
Cuando llega la hora de levantarnos para almorzar, él viste su “boubou” africano y me conduce hasta un refectorio donde, sentado a mi lado, comienza a recibir los cumplidos de todos sus amigos, que vienen a saludarlo como en un ritual. Yo no sé si siento orgullo por haber tenido el coraje de estar en aquella situación, o vergüenza por estar siendo el blanco de tanta curiosidad. Es todo muy irreal para que yo pueda entender lo que estoy sintiendo. Es como si la película continuase, yo me estoy viendo mientras vivo aquellas escenas.

Después del almuerzo, volvemos a la habitación y consigo que él respete mi necesidad de descansar. Me cuenta todos los desafíos que había conseguido superar para llegar a la posición que ocupa, es innegable que posee una garra y un talento fuera de lo común. También menciona innumerables hazañas amorosas, documentadas en un álbum de fotografías que me muestra. La mayoría de las mujeres es blanca, además, rubia. Salimos para andar, él quiere a toda costa que yo tome una foto, que se queda con él. No me está gustando el rumbo que está tomando la conversación. Me explica que tiene un problema que no comprendo muy bien, y al final me pregunta si le podría prestar cierta cantidad de dinero. Me siento como si hubiese caído en una trampa, no veo la hora de desprenderme de él. Prometo volver a verlo en cuanto pueda y, rápidamente, sin dejar mi dirección, entro en la primera estación del metro y vuelvo a mi hotel.
Tan sólo ha pasado menos de un día desde que encontré ese hombre, pero mi vida está completamente patas arriba.

Al día siguiente, tengo la impresión de que todos se están fijando en mí. No es sólo la impresión, hay realmente un sujeto, en el restaurante universitario, que no deja de mirar en mi dirección. Se aproxima, entabla conversación, es un italiano. Tiene un discurso político que me atrae y me cansa al mismo tiempo. Pero también tiene una belleza y un encanto irresistibles, y acabo invitándolo a mi hotel. Es como si el hechizo de ayer continuase su efecto sobre mí.
Esta vez siento una real atracción por ese hombre, que evidentemente no tiene el menor interés por mi persona. Su idea fija es ejercitar conmigo todas las teorías marxistas que están de moda. No pierde ocasión para demostrar su desprecio por los burgueses que, según él, yo represento. Todas sus actitudes, desde la manera de vestirse y comportarse hasta el aliento incansable para argumentar, son las de un militante que ha recibido un lavado de cerebro y quiere transmitirlo a todas sus eventuales víctimas.

Es demasiada tensión para mí. No es ese el momento más propicio para ser adoctrinada. Voy a la agencia de viajes y me refugio en el calor familiar del regreso a mi ciudad natal, a pesar de los parientes.


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