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Egocentrismo hoy


Traducción de Teresa - [email protected]

Si yo dijese que el egocentrismo es hoy una de las características más insanas – bajo el punto de vista psicológico – afecta a la humanidad como un todo – estaría siendo solamente descriptivo e informal, pues basta mirar alrededor y asistir al show diario de acontecimientos cotidianos. El hombre y la mujer actuales son egocéntricos, y como tales, de hecho no se ven el uno al otro.
Puede suceder que la mujer, para decepción suya, espere que el hombre proceda según las expectativas de ella. Viceversa, el hombre sufre en la relación por desear que la mujer se conduzca del mismo modo masculino que le es familiar. Las relaciones, por tanto, son de desencuentro, decepción y desilusión. Ella quiere acercamiento y él quiere, bueno, sexo… Él quiere complicidad y satisfacción y ella quiere juzgarlo y encuadrarlo en sus propios valores.
Toda relación, de cualquier tipo, puede ser descrita como una relación Yo y Tú/el Otro. Si un YO convive con el Otro que imagina deseable, bajo su propio punto de vista, claro está, entonces este Yo no se relaciona, de hecho, con el Otro que está allí presente a su lado, sino con lo que este Otro debería ser, para atender, de modo absolutamente mágico, a todas sus expectativas egocéntricas. Quien se relaciona con el Otro siempre comparándolo con lo que éste debería ser (para atender a sus expectativas, carencias, etc.), solo busca responder a una cuestión: ¿Estará el Otro haciendo aquello que yo deseo y quiero y necesito? En caso contrario este Otro no me sirve (¿¡quién no tiene un rey en la barriga?!). Bajo el punto de vista del egocéntrico, el Otro es un siervo que deberá suplir carencias, proteger de los temores y comprender las buenas y siempre convenientes explicaciones/justificativas que el Yo tenga para ofrecer en todo lo que hace.
Todo egocéntrico está en busca de complicidad más que en busca de la convivencia con el Otro.
Quien se coloca de este modo en una relación, por desgracia está trabajando con diligencia para su propio fracaso. La mayoría, desdichadamente, está sujeta al Ego y por tanto, solo conoce al Otro a través de una comparación entre lo que éste ES y lo que DEBIERA ser (para satisfacer las expectativas del YO). Pues bien, quien así se coloca en una relación, solo ve el fantasma del Otro, una fantasmagórica imagen idealizada de lo que el Otro debería ser o podría haber sido. Un ideal construido en la usina de carencias, miedos, frustraciones y necesidades del propio YO.
En este sentido, ¿quién ve de veras al Otro? ¿Quién, en estas condiciones, tiene apertura de visión para contemplar quién es este Otro, obviamente distinto del propio YO?
Adán y Eva están ciertamente fuera del paraíso que, en este caso, significaría la perfecta y natural integración y sincronismo entre las polaridades masculina y femenina. En caso de que hubiese integración, todos veríamos con clareza las necesidades del Otro, pese a ser diferentes de las nuestras.
Si el Universo nos ha construido y creado con polaridades, lo menos que nos cabe hacer es comprender las diferencias en el funcionamiento de la otra persona con quien nos relacionamos. En el caso de la relación hombre/mujer: Si ella le da a él su número de teléfono, según él esto ya es preliminar del sexo. Si él telefonea y ella acepta la cita, es preliminar del sexo. Con frecuencia, lo más importante es conseguir conquistar que envolverse mucho con la conquistada.
Para ella, muchas veces el significado es el mismo, pero pueden ser otros… Ella puede, por ejemplo, estar buscando aparcería, acercamiento, comunión de intereses respecto de la relación. Ella puede estar deseando ser madre y construir una familia…
El abismo entre el Yo y el Otro es gigante. Estoy haciendo bromas con lo masculino, pero no pretendo encuadrarlo en una categoría o enjuiciamiento… Solo estoy construyendo un ejemplo común hoy en día. Los hombres que no se encuadren en esta descripción tan precaria tienen mi solidaridad…
A veces el recuerdo de que somos animales de una determinada especie, el Homo Sapiens (¡quién sabe, un día, será sabio!) nos ayuda a situar algunas de las diferencias básicas entre las perspectivas masculinas y femeninas. Bajo el punto de vista de una especie que necesitaba sobrevivir en un medio muy difícil y peligroso, asediada por fieras que la miraban como comida, rodeada por todas partes por la posibilidad de la muerte inminente, lo que realmente importaba, especialmente al macho, era mantenerse dispuesto para la cópula todo el año y esparcir sus simientes por todas partes, siempre que pudiese. La multiplicación era lo principal, la variedad ídem… Viceversa, bajo el punto de vista biológico y psicológico de la hembra, que está gestando nueve meses y, después permanece durante años comprometida con un ser joven y extremadamente dependiente de ella, la perspectiva era, y es, completamente diferente. Siendo así, ella espera de él (ellos) y de la relación con él (ellos) estabilidad, sustento, seguridad física y emocional y además, por lo regular, protección, cariño, cuidado y respeto por su existencia. Ellas no desean competición ni guerrear, como generalmente desea la polaridad masculina. ¡Un hombre que se declare carente de estas mismas cosas verá su masculinidad puesta en duda!
Para él (ellos) este precio biológico y psicológico es demasiado. En especial si tiene cómo esparcir simientes con quien no le exige ninguna de estas demandas pesadas y difíciles. No hay hombre sobre la faz de la tierra que aún no haya sido, alguna vez, acusado de falta de compromiso…
No es difícil constatar el enorme abismo que se crea entre las expectativas de uno y de otro. El Universo ha creado, desde su principio, los opuestos y, entre ellos, las posibilidades del abismo (separación, conflicto, desencuentro y carencia) y de la integración (cooperación, unión, comprensión y placer). Entre estos extremos, ha colocado algunos desafíos psicológicos.
Entre ellos, la identificación del hombre con su papel de macho (¡un garañón siempre dispuesto para la cópula!) para quien la hembra es lo que le falta para ser y sentirse completo, garantizando para sí la satisfacción plena.
En el caso de la hembra de nuestra especie, la identificación con el papel femenino la predispone a necesitar mayor estabilidad, y a procurar establecer y mantener una dinámica de relación duradera, porque una vez haya concebido un hijo, por ejemplo, su dependencia, impotencia, pasividad y creciente inoperancia práctica la hace juzgar relevantes el comprometimiento para con ella y con los frutos de la relación. Aunque estos períodos sean poco frecuentes, existen por sí, y son aún más importantes bajo el punto de vista de la especie.No se trata de poner al hombre en la categoría de “sexo fuerte” y a la mujer de “sexo débil”, como antiguamente se hacía, sino de describir algunas características que, hasta donde se puede ver, continúan siendo exactamente las mismas para todos los implicados…
Nadie se equivocará en considerar que estos “papeles” masculino y femenino están hoy difusos e indistintos. Pues bien, ¡malo con ellos, peor sin ellos! No existen “caminos válidos” en que prevalezca la falta de respeto a nuestros valores y necesidades característicamente humanos. La falta de respeto nunca ha traído, no trae, ni traerá jamás felicidad a nadie.
Entonces ¿por cuáles razones nosotros, los seres humanos, vivimos tanta incomprensión, tanto alejamiento, decepción y dolor en el terreno de la relación entre el Yo y el Otro?
En el esfuerzo de construir una reflexión acerca de esto voy a presentar – en algunos capítulos – algunos vicios psicológicos tremendamente nocivos para la construcción de una relación humana (hombre/mujer, padres/hijos, maestro/discípulo, etc.).
Cada tipo de limitación personal, de cualquier clase, impone al Otro una frontera y, a veces, un abismo insalvable. Allí construimos barreras y defensas protectoras.
Todo egocéntrico tiene un renitente deseo, siempre el mismo, de llevar ventaja y de conseguir el máximo de satisfacción mediante el mínimo esfuerzo. El egocéntrico exige respeto, confianza, consideración, cariño, sin que ofrezca al Otro aquello que exige. Él entrega poco y protesta por todo cuanto recibe.

Lo que está a nuestro alcance cambiar no es al Otro, sino a nosotros mismos.
Lo que necesita cambiar es el foco de nuestra atención e interés: preocuparnos menos con los evidentes defectos e imperfecciones ajenas (¡comparadas con el ideal alimentado por nosotros mismos!) y ocuparnos más con la calidad de aquello que estamos “entregando” de nosotros mismos para la relación. Valdría la pena ocuparnos más con lo que sale de nosotros que con lo que deseamos recibir o identificamos en el otro como posibilidades de satisfacción personal.

¿Dónde encontrar tanto los límites como los alcances para la expresión del propio YO? La respuesta es: ¡en las relaciones con los otros!

Un Yo que jamás haya sido capaz de comprender el funcionamiento del Otro – muchas veces lo opuesto de lo deseado – es un YO para el cual solo resta el abismo del egocentrismo (la autonomía y la centralidad exageradas y desequilibradas), lo cual significa, en pocas palabras ser solitario y aislado, incluso teniendo alguien al lado y conviviendo diariamente con esta persona. Este es el verdadero abismo.
Quien ve el abismo que él mismo está construyendo en torno a sí, puede espantarse con la fealdad de lo que está, de hecho, entregando, pero también puede rebelarse contra este estado de cosas y cambiar… Para ello, muchas veces, lo que falta es tan solo un poco de coraje para contemplar las propias limitaciones. Una vez hecho esto, lo demás, lo que venga de ahí, solo puede ser bienvenido…

¡Comprendiendo los propios límites y alcances! ¡Es así – y solo así – como el YO descubre sus reales parámetros de ser y de hacer, de pensar y de expresar!


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Luís Vasconcellos é Psicólogo e atende
em seu consultório em São Paulo.




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