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El Miedo a Decepcionar


Traducción de Iván Lavilla
ivanlavil@hotmail.com

El temor a decepcionar a otras personas puede transformarse en un verdadero problema para nuestra vida. Este miedo hace que nos exijamos una perfección difícil de alcanzar.

Sin embargo, lo que generalmente no pensamos es que nuestra primera preocupación debería ser no decepcionarnos a nosotros mismos. ¿Cuántas veces terminamos por no cumplir con los objetivos que nos habíamos propuesto o nos desviamos de nuestras metas a causa de otras personas?

En ese caso, pasamos por encima de nuestros propios sentimientos y dejamos de lado nuestros sueños, como si ellos no tuvieran importancia. Sacrificarnos y sacrificar aquello que deseamos en función de marido, hijos, novio o novia es una postura bastante común para muchas personas.

Al hacer eso, la persona se desvaloriza y actúa como si los sueños y objetivos que cultiva valieran menos o pudieran esperar, quien sabe, para ser concretados algún día. Visto que el futuro es apenas una hipótesis y que solamente existe el momento presente, debemos reflexionar seriamente sobre el hábito de postergar la conquista de nuestros deseos más profundos. Muchas veces la vida no podrá darnos una segunda chance.

Eso no es, en absoluto, una postura egoísta o individualista ante la vida. Se trata, eso sí, de no anularnos en función de nadie, para que un día no le echemos en cara a los demás la no realización de nuestros sueños y nuestra consecuente frustración.

Mantener siempre presente en nuestra mente cuáles son las metas que deseamos alcanzar o lo que necesitamos para ser felices, es una forma eficaz de no abdicar de nuestra vida para satisfacer las exigencias de los demás.

Es importante encontrar el punto de equilibrio entre nuestras necesidades y las de aquellos con los cuales convivimos, sin tener siempre que dejar de lado o hacer concesiones respecto a nuestras propias elecciones.

“No me acuerdo en qué momento, me di cuenta que vivir debería ser una permanente reinvención de nosotros mismos – para no morir enterrados en la polvareda de la banalidad, aunque parezca que todavía estamos vivos.

...Para reinventar-se es preciso pensar: eso lo aprendí muy pronto.

Reconocer, en la niebla de quiénes somos, algo que parezca una esencia; esto, más o menos, soy yo. Eso es lo que yo quería ser, creo ser, quiero ser o ya fui. Mucha inquietud por debajo de las aguas de lo cotidiano. Más cómodo sería quedarse recostado y adoptar un lema reconfortante: “¡Detenerse para pensar, ni pensar”!

...Pensar requiere audacia, pues reflexionar es transgredir el orden de lo superficial que nos presiona tanto.

...Pero pensar no es sólo la amenaza de enfrentarse con el alma frente al espejo: es salir hacia el balcón de nosotros mismos y mirar el entorno y quién sabe, finalmente respirar.

Comprender: somos inquilinos de algo mucho mayor que nuestro pequeño secreto individual. En el poderoso ciclo de la existencia, todos los desastres y toda la belleza tienen significado como fases de un proceso.

Si nos escondemos en un rincón oscuro rumiando nuestros cuestionamientos, no escucharemos el rumor del viento en los árboles. Ni comprenderemos que el plato de las inevitables pérdidas, puede pesar menos que el de las posibles ganancias.

Las ganancias o los daños dependen de la perspectiva y posibilidades de quien va tejiendo su propia historia. El mundo en sí no tiene sentido sin nuestra mirada, que le atribuye identidad; sin nuestro pensamiento, que le confiere algún orden.

Vivir, como tal vez morir, es recrearse: la vida no está ahí sólo para ser soportada ni vivida, sino para ser elaborada. Eventualmente reprogramada. Conscientemente ejecutada. Muchas veces, osadamente.

...Cuestionar lo que nos es impuesto, sin rebeldías insensatas, pero tampoco con demasiada sensatez. Saborear lo bueno, pero enfrentar lo malo. Soportar sin someterse, aceptar sin humillarse, entregarse sin renunciar a sí mismo y a la posible dignidad.

Soñar, porque si desistimos de eso, se apaga la última claridad y nada más valdrá la pena. Escaparse, en la libertad del pensamiento, de ese espíritu de masa que trabaja obstinadamente para encuadrarnos, sea en lo que sea.

Y que lo más mínimo que hagamos sea, en cada momento, lo mejor que se pudo hacer”. Lya Luft – del libro “Pensar é Transgredir” (Pensar es Transgredir).


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Elisabeth Cavalcante é Taróloga, Astróloga, Consultora de I Ching e Terapeuta Floral.
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