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Gurú - Cap. 19

Gurú - Cap. 19

por WebMaster

por Satyananda - marcio@kallipolis.org

Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

(el disipador de tinieblas - traducción del sánscrito)

Hoy, cuando "Marcio" contempla el mundo en la condición de educador, de persona que está allí para orientar, encaminar y servir de ideal a otras personas, recuerdo el comportamiento de nuestro Gurú. Recuerdo las dificultades que teníamos todo el tiempo para intentar percibir si no estábamos cometiendo algún tipo de ofensa, ya fuese en forma de pensamiento, de gestos bruscos o por las miradas.

Hoy miro hacia atrás y veo cómo nosotros, los monjes, teníamos el cuidado de, por mal que considerásemos estar manifestando algo, siempre nos parecía que no teníamos consciencia plena de lo que es estar ante un Gurú. Aún así, lo intentábamos mucho. Éramos silenciosos y amables, las prácticas que se nos indicaban tratábamos de hacerlas de la forma más plena y consciente, manteniéndonos diligentemente en el presente. Hoy, cuando miro los jóvenes, cuando contemplo el mundo, veo un contraste que justifica el entender qué es la Kalliyuga, la era negra.

La Kalliyuga, según entiende este monje, es una inmersión consciente en la materia, donde tanto el cuerpo - pues creemos ahora que no somos más que el propio cuerpo y sus sentidos - como la mente, han pasado a ser los gestores, los garúes de la realidad presente. Es preciso estar unidos en la forma de pensar, de actuar y vestir, para quedarnos en paz. Una paz clara de percibir, que es la paz de la convivencia. Es la paz que proviene de ser aceptados, la paz de participar en un movimiento social, de identificarse con un grupo y formar parte de él. Tal como lo entiende este mismo monje que os habla, eso es Maya. Maya, porque todos los días se ven iguales y tenemos la sensación de estar corriendo sin detenernos en pos de algo que nunca alcanzaremos: la felicidad y la paz interior. Es como si la realización de estas dos cualidades quedase siempre aplazada para el día de mañana.

Hace tiempo, cuando llegábamos ante nuestro maestro, esa reverencia no se hacía solo en el ashram. Cuando él pasaba, en ese momento todos bajábamos la cabeza, la acercábamos al suelo y evitábamos intercambiar siquiera una mirada, para no molestarlo, porque sabíamos que él sentía nuestros cuerpos en su propio cuerpo y nuestros pensamientos como si fuesen suyos. No solo llevábamos al ashram nuestra limpieza física, sino además nuestra mente vacía. Vacía de cualquier tipo de problema.

El acto de tomar el autobús, de estar presente en aquel momento, era estar atento a cada persona del entorno. En los matices de su mirada, en su tono de voz cuando estaba insegura, abrazada a sí misma por los rincones, o cuando estaba depresiva, su cuerpo ya no le importaba nada y su mente ya no estaba resguardada. Podíamos leer todo. En cada persona en el autobús, en cada ser con quien cruzábamos la mirada en la calle, leíamos porque sentíamos. Pero el ejercicio de ver el Gurú, de sentir el Maestro, era la única meta. Intentar verlo en él mismo e intentar ver a todas las personas como profesores, como receptáculos de la voluntad divina, como si fuesen la propia manifestación del amor sin forma, incondicional, era el ejercicio supremo.

Cuando estaba cerca del ashram, recuerdo que bajaba del autobús, caminaba hasta la esquina y seguía por la calle de Toneleros, una calle sinuosa; y en ese caminar avistaba el ashram todo blanco, con la estatua del Señor Krishna allá arriba y un arco de flores de primavera a la entrada. El corazón se aquietaba, la respiración se hacía cada vez más tranquila, y solo me cabía emitir un sentimiento de gratitud. Gratitud por poder llegar ante una persona desprovista de pensamiento, que no juzga, que casi nunca habla porque, cuando no hay enjuiciamiento, no hay pensamiento y el silencio prevalece. Y entonces se llega a un estado de percepción en que el Maestro es el propio silencio y las humaredas negras, las egrégoras negativas, son situaciones ruidosas. Estas egrégoras se alimentan de sonidos, palabras y gestos inarmónicos, disonantes con nuestra propia naturaleza.

Cuánto más nos dejamos influenciar por esa danza, por esa actuación provocada por la disonancia en el mundo interno, más nuestra mente queda capturada sin lograr salir de ese estado inarmónico. Estar lejos del Maestro durante un día era como si fuesen 24 horas perdidas, lo mismo que, si alejados una semana, sentíamos un dolor imposible de describir, y por fin, un mes de alejamiento duraba como una eternidad.

Pero cuando nos acercábamos efectivamente al ashram y mirábamos el lugar donde él se sentaba, allí conseguíamos comprender que un gurú es un amador, es un siervo. Es una persona que se dispone a vivir en paz todo el tiempo.

En aquel momento, los monjes, y yo mismo, percibíamos la importancia de alimentarse a cada segundo de las miradas, de las palabras y de los gestos de aquel hombre. Alimentarse de aquel tipo de expresión era valioso porque en el transcurso de los años, eventualmente la ley de la no permanencia se haría irremisible, privándonos de su presencia corpórea, pero la verdad del Gurú manifiesta en ese espacio-tiempo, quedaría indeleblemente grabada en nuestra memoria.

Hoy, cuando miro a cada persona, percibo universos de inarmonía, pero veo un punto de luz que todavía queda en la mayoría de los ojos, aunque no sea más que la luz reflejada del mundo externo. Contemplo esa luz y veo la esencia de mi Gurú y, como en un pase de magia, brota una sonrisa en ambas partes, una cortesía en los gestos y entonces, de pronto, el mundo se hace leve porque quien tiene al Maestro lo tiene para siempre. Quien lo ama, lo ve en todos los seres, en todas las acciones, en todos los gestos. Este brillo crepuscular de esos ojos nos pone en estado de devoción. Y la mayor devoción que se puede dar a cualquier ser humano es oír, comprender y amar, en el sentido de servir y no querer absolutamente nada a cambio.

Que la luz del universo esté con todos vosotros.

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Atualizado em 13/03/2011 04:28:14

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