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Mi lugar

por WebMaster em STUM WORLD
Atualizado em 08/04/2020 11:34:30


Autor Alex Possato - [email protected]

Traducción de Teresa
[email protected]

Entre Oaxaca y la ciudad de México, atravesamos un largo desierto, habitado por miles y miles de cactus, y algunos perseverantes y humildes seres humanos. Llegando a la capital, mi hija dijo: ¡qué bueno estar en casa! Yo repliqué: ¿ya te sientes en casa, aquí, después de un año de residencia?

¡Sí! ¡Es donde tengo mi apartamento, mis cosas, mi trabajo!

Esto me hace pensar. Yo nunca me he sentido en casa, en casi ninguno de los lugares donde he vivido. Desde pequeño viví entre desplazamientos, de la casa de mi madre a la casa de mis abuelos. Así durante años. Tenía la sensación de que, en cualquier momento, tendría que echar mano de mi maletita y salir, hacia lo incierto. Así fue mi infancia. La sensación de inseguridad todo el tiempo. Esto no hay cómo cambiarlo.
Esa fue mi historia. Pero el caso es que me acostumbré, después de adulto, a vivir con la maleta en la mano. Hasta hoy. Jamás permanezco mucho tiempo en un lugar. Hasta mi trabajo es un interminable desplazamiento. Y eso hasta hoy. Papá y mamá también eran así. Sin lugar fijo. Nómadas involuntarios. Parece que siempre a la búsqueda de algo. Y nunca encontrándolo.

Echo de menos un lugar del que poder decir: este es mi lugar. Mi trozo de suelo. Donde tengo derecho a quedarme, que nadie me pueda quitar. Un lugar conquistado por mi merecimiento. Mi tierra prometida. Recibida por mi negociación directa con Dios. Una tierra que, al ser asumida, exige responsabilidad. Puesto que, tratándose de algo dado por Dios, debe ser cuidado como divino.
¿Estaré yo preparado para honrar el pedazo de suelo que tanto deseo? Es posible que en mi pasado no. Es posible que haya escupido en la tierra que pisé. Que haya ofendido los lugares que me acogieron. Y como punición por mi propia arrogancia, fui condenado a andar errante por ahí. Con una maleta en la mano. En busca de algo. Que sólo recibiré cuando sepa agradecer verdaderamente cada cama en que me acosté. Cada mesa a la que me senté. Cada techo que me protegió de la lluvia y del sol.

Quizá la gratitud sea la clave para encontrar la tierra prometida. No es una cuestión de dinero para comprar algo. No es de eso de lo que estoy hablando. Es mucho más profundo. ¡Tenemos la pésima idea de decir: mi propiedad! Y por ella hacemos las cosas más absurdas, inclusive haciéndola instrumento de chantajes en herencias y divorcios, entre otras demostraciones de la ceguera humana.
La frase es manida, pero es eso: nada es nuestro. Todo es únicamente una concesión, que un día nos será quitada.
En este momento estoy hablando contigo, señor del universo. Reconozco mi mediocridad y codicia. Mi ingratitud y falta de respeto. Pero si mi punición por estos delitos ya va expirando, que yo pueda encontrar un lugar. Un lugar donde pueda por fin estabilizarme. Dejar de andar a ciegas. Crecer de otro modo. Y llamarlo mío. Aun sabiendo que todo es tuyo. Incluyendo mi vida, mi cuerpo, mi trabajo...


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