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Por qué algunas personas se toman la vida en serio y otras se la toman a broma


por Mauro Kwitko - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

Las costumbres y hábitos de nuestra sociedad están influidos por el tipo de sistema en que estamos insertos. En la mayor parte de los países llamados “modernos” o “emergentes”, el sistema es el capitalista, que se caracteriza por vivir de vendernos cosas. Sin embargo para mantener un sistema capitalista, basado en el lucro y en el deseo de crecer, solo una pequeña parte de lo que se fabrica y se pone a la venta son cosas útiles e indispensables; la mayor parte de lo que se fabrica y se vende son cosas que ya tenemos, pero que es preciso cambiar porque ya no son actuales ni prácticas, o que no necesitamos, pero estamos convencidos de que no podríamos vivir sin ellas, y asimismo cosas perjudiciales para nuestra salud.

Estamos dominados por un sistema interesado únicamente en mercadearnos cosas, sean útiles o no, sean necesarias o no, sean buenas para nosotros o no. Y ¿qué tiene que ver con esto la perpetuación de la adolescencia, esas personas que no maduran y conservan dentro de sí un pedacito adolescente? Es que ellas, así, mantienen hábitos propios de adolescentes: fumar, ingerir bebidas alcohólicas, consumir otras sustancias tóxicas; y ese pedacito adolescente no quiere madurar, no quiere asumir responsabilidades adultas, quiere seguir siendo “joven” para siempre.

En una sociedad consumista y capitalista como la nuestra, basada en vender cualquier cosa, un adolescente o un adulto que quiere seguir siendo “adolescente” es muy manipulable y fácilmente se le convence y sugestiona para que adquiera cosas “indispensables”, use ropas, artefactos y aderezos, y todos los bienes de consumo cada vez más sofisticados que se nos ofrecen; para ello basta decir que “están de moda”, incluirlos disimuladamente (a veces no tanto) en las novelas de la televisión, patrocinar programas de alcance “joven” o “adulto joven”, en fin, servirse de esos artificios para convencernos de comprar, comprar, comprar, generalmente lo que no necesitamos, lo que no nos hace falta, y, peor, lo que incluso va a hacernos daño, pues no falta tal capacidad a las cabezas inteligentes de ciertas agencias de publicidad, cuyo interés no es otro que ganar dinero y hacerse con premios y laureles, sin atender a la (mala) calidad de lo que ofrecen, el (no) beneficio que nos aporta, el mensaje (alienante) inherente a aquel producto.

Un sistema basado en vender, vender, vender, y un contingente de personas con poder adquisitivo dispuestas a comprar, comprar, comprar, hace que la adolescencia y sus deseos “adolescentes”, cuyo ciclo debía haber terminado allá por los 17-18 años, se extienda hasta los 30-40 o más. Puede argumentarse: “¿Qué problema hay en ello? ¡Vende quien quiere, compra quien puede!” Déjame intentar explicar cuál es el problema de esas cosas “normales”. La raza humana está empezando a sobrepasar un nivel que podemos llamar “adolescencia espiritual” para adentrarse en la “madurez espiritual” y eso, más que una retórica bonita, significa empezar a tomarse la vida en serio, dejar de jugar con cosas serias, como el hambre, la miseria y la violencia en el mundo, la contaminación de nuestro planeta, el calentamiento global, colaborar en su mejora y advertir hasta qué punto se está contribuyendo a todo eso, con actitudes, con una postura consumista, irresponsable, a menudo basada en trabajar en cualquier cosa que dé dinero, o tener un empleo en una empresa, sin fijarse en qué es lo que ella produce, qué ofrece, qué vende y, así, producir, divulgar o vender cualquier cosa, sin atender a si es o no válida para las personas, si tiene o no utilidad, qué es lo que va a originar, qué va a suscitar a nivel colectivo.

Y, entonces, ahora que la humanidad empieza a pasar de la fase adolescente a la fase adulta, es necesario que todos empecemos a convertirnos realmente en adultos, a pensar respecto de lo que somos, qué queremos, qué es bueno para nosotros, qué es bueno para los demás, en fin, qué estamos haciendo con nuestra vida y con la vida de otros. ¿Por qué algunas personas toman la vida en serio y otras no?

Por lo regular es cuestión de la edad de ese Espíritu; como se dice, hay Espíritus viejos y Espíritus más jóvenes. Los Espíritus viejos, desde pequeños son diferentes, más serios, más compenetrados, más éticos, saben distinguir entre lo acertado y lo equivocado, van bien en el colegio (o van mal no por vaguería, sino por considerar todo aquello muy fastidioso, en lo cual no podemos quitarles la razón), raramente fumarán, beberán o hará uso de drogas ilícitas; y si lo hacen es porque desean parecerse a los demás, quieren pertenecer, ser iguales, aunque no lo son, son más viejos, espiritualmente hablando; el peligro es perderse en la vida encarnada por la dificultad de convivir con las vicisitudes, las maldades, las trapacerías de la vida terrena; pero si esto no ocurre, serán personas buenas, trabajadoras, caritativas, espiritualizadas.

Los Espíritus más jóvenes son la principal fuente de lucro del sistema producir-vender-ganar dinero-producir-vender-ganar dinero, todavía vigente, aunque tenga su final decretado para dentro de algunos siglos. Con cierta parte de los medios de comunicación, los más influyentes, bajo el mando de los mentores de ese sistema, con todos los artificios empleados por las cabezas pensantes especializadas en hacernos creer en lo que quieren que creamos, con una gran parcela de las personas haciendo todo por ser iguales a los demás, y todo ello diariamente, durante toda la vida, desde que éramos pequeños hasta que nos hacemos viejos. Todos creyéndose individuales, pero siendo, en verdad, colectivos.

Espiritualmente, somos todos Espíritus, todos hermanos; pero nuestro sistema ¿lo ve así? Sabemos algo acerca de las cuestiones kármicas, que hacen nacer a las personas en la situación necesaria para su evolución espiritual, para el rescate de cuestiones del pasado; pero también existe lo que llamamos “Cosas de la Tierra”, o sea, las injusticias perpetuadas por un sistema egoísta y que hace egoístas, creador de la competición, opuesta en su esencia a la colaboración, y eminentemente individualista, lo cual se opone a lo colectivo.En ese tipo de sociedad somos todos víctimas, todos perdemos – los vencedores y los derrotados – todos fracasamos. A no ser que, un día, nuestros ojos se abran y empecemos a contemplar las cosas tal como son en la realidad; empecemos a liberarnos de la visión ilusoria que crea una neblina por la cual caminamos sin saber realmente hacia dónde nos dirigimos, sin un rumbo definido, que debe ser el rumbo espiritual, el rumbo de la vuelta a nuestra Esencia, el retorno a la Casa del Padre. Allí no existe esa estructura piramidal de nuestra sociedad, no existen las diferencias ilusorias de las “cáscaras”, los rótulos temporales, como el nombre y apellidos, nacionalidad, color de piel, religión, y otras circunstancias pasajeras, contempladas como reales y permanentes, que solo sirven para separarnos, para alejarnos, para crear una idea de individualidad, opuesta en todo al Plan de Dios.

Ese es un día para que todos Sus hijos recordemos nuestro origen divino, y nos unamos definitivamente, para siempre… Ese día, el Reino de los Cielos llegará a la Tierra y será el fin de la miseria, de la enfermedad, del dolor, del racismo, de las guerras, del consumo de drogas.


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