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Moral moderna: Cuentos de hadas y de héroes...


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Los mitos y los cuentos de hadas, las fábulas y las leyendas, son como linternas que nos ayudan a encontrar el camino acertado, cuando estamos perdidos y perplejos, en aquellas encrucijadas morales. Por ello, ponte cómodo, que ¡vienen cuentos!

Marie-Louise von Franz, en su libro sobre el asno Lucius, enseña que la transformación de seres humanos en animales es una predilección antigua de los cuentos. Representa el esfuerzo típicamente humano para reconocer los patrones instintivos que componen nuestra humanidad y, al transformarlos y comprenderlos, puede hacer que convivan en armonía todos los yo que componen nuestra alma. Lo que distingue al hombre de los animales, evalúa Von Franz, “es el impulso para reflexionar y construir un determinado continuum de consciencia (...) caso contrario él no estará viviendo la totalidad de su patrón de anthropos (hombre)”.

Y dicho esto, empieza el cuento.

Érase una vez una reina tan correcta y tan buena que no soportaba la mentira. Pese a que su bondad era reconocida en todas partes, la reina andaba preocupada porque su único hijo no siempre decía la verdad. Cierto día, mientras la soberana reflexionaba así tan triste acerca de los asuntos que afligían su alma, una flor de manzano entró por la ventana abierta y cayó dulcemente en su regazo. De dentro de la flor surgió una minúscula y perfumada criatura que concedió a la reina un deseo, como premio por sus buenas obras. Sin pensarlo, la pobre madre deseó que tan sólo la verdad saliese de labios de su hijo, Akemar. Comió, entonces, la pequeña manzana que la criaturita le ofrecía y, alegremente, fue en busca del joven príncipe.

Pero algo no iba bien. Ya durante el desayuno el príncipe, en un ímpetu de mal humor reprendió a un paje, llamándole “so cabeza de carnero”. Inmediatamente, en el lugar de la cabeza del pobre muchacho, surgió un hocico de carnero. Sin conseguir controlarse, el príncipe soltó una carcajada, pero la reina sentía la tragedia en su corazón y se reprochaba por haber querido hacer a su hijo distinto de los demás seres humanos.

El joven príncipe, sin darse cuenta de lo que sucedía, caminó hasta la ventana para ver si sus caballos predilectos estaban ensillados para el paseo matinal. El escudero le dijo que todavía no estaban listos porque los animales, sin motivo aparente, se negaban a obedecer las órdenes aquel día. Una vez más sin pensar, el príncipe gritó: “Que se lleve el diablo a estos malditos animales”. Y aún no había terminado de decirlo, el cielo se oscureció y los animales se esfumaron entre muchos rayos y truenos. El joven, finalmente cayendo en sí del horror que había hecho, se lamentó “¡Ay de mí, qué asno soy!”.
No bien había hablado, su cuerpo se cubrió con la piel grisácea de un asno. Y el corazón de la reina se partió de tristeza.

Sintiéndose humillado y sin conseguir comprender por qué el destino había sido tan duro con él, el joven príncipe-asno decide una noche huir de la lujosa cochera que su madre había mandado construir para él. Su forma animal, sin embargo, no había deshecho el encantamiento y sus rebuznos de asentimiento podían hacer que cualquier cosa se convirtiese en realidad. Así, caminó sin rumbo y, exhausto, llamó a la puerta de la cabaña de una mujer muy pobre, cuya hija estaba enferma.

Mal había llegado y gracias a sus poderes, consigue librar a madre e hija de un horrible mercader que no quería dar leche para la niña y del dueño de la cabaña miserable en que vivían las dos, el cual quería expulsarlas por no haber pagado el alquiler.

Sirviéndose de su poder de transformar en verdad todo cuanto decía, devuelve la salud a la niña. Con sus colores y su alegría de vuelta, Áurea hizo del borrico su compañero y único amigo. Además de dulce y cariñosa, la niña, con sus cabellos rojizos como el fuego, era la más linda muchacha que se podía imaginar. Su risa inundaba la choza con sonidos de campanillas y su exuberancia hacía bailar a la propia brisa.

Durante mucho tiempo permaneció el asno entre ellas y, gracias al afecto de Áurea, incluso se sentía feliz, olvidado de su suerte. Un día, desesperada porque su madre quería obligarla a casarse con un viejo tacaño y asqueroso, la pobre niña se desahogó con su compañero: “¡Ay, te quiero tanto que aun siendo un asno prefería casarme contigo que con aquel hombre horrible!” Akemar rebuznó y... listo, estaban casados. Alegre, Áurea fue a contar la novedad a su madre, quien tuvo un ataque de rabia y expulsó a ambos de casa.

La extraña pareja caminó por valles y bosques. Muertos de hambre, buscaron abrigo en una cueva, sin darse cuenta de que era, en realidad, la morada de un gigante feroz y hambriento. Una vez más, gracias a sus rebuznos y a su ingenio, Akemar consigue evitar que se conviertan en almuerzo para el monstruo. Y consiguen huir.

Áurea, agradecida, acaricia al animal y le pide que utilice su poder para hacer algo por sí mismo. Porque había algo en él profundamente triste. Si él podía hacer tanto por los demás, quién sabe si no podría transformarse... El asno la miró con sus inmensos ojos. En ellos, ella leyó una súplica tan íntima que su corazón se partió de compasión y lloró. Al verla llorar, dos gruesas lágrimas brotaron de los ojos del animal. “Si puedes llorar, entonces puedes transformarte en un hombre”, dice la niña. Y aún no había bien pronunciado esas palabras, cuando el asno rebuznó estallando de alegría y apareció ante la muchacha atónita como el bello príncipe que de hecho era.

“Tú me has redimido”, advierte el príncipe. Y tomados de las manos ambos empiezan a recorrer, llenos de alegría, el camino de vuelta al palacio.

Mientras tanto, en sus aposentos, la reina, pese a su dedicación a los demás, está de luto. Una vez más la brisa trae una flor de manzano que se posa dulcemente en su regazo. Una vez más, un deseo le es concedido como premio a su virtud. Solamente que esta vez, la reina ni siquiera necesita pronunciar su pedido. La criaturita blanca y perfumada le avisa de que su hijo ha vuelto, que ha vuelto como hombre, con vicios y virtudes, y una compañera. Y que estaba libre de pronunciar tan sólo la verdad, aunque ahora su corazón era sincero y puro.

La reina, feliz, abdicó del trono para que su hijo reinase juntamente con su mujer y él llegó al final de sus días siendo un rey honrado y bueno.Entró por una puerta y salió por la otra y el que quiera, que cuente otra, así era como antiguamente se profería el final de un cuento, al mismo tiempo que se lanzaba el desafío para el próximo. Porque los cuentos nunca cierran puertas, al contrario, abren el alma hacia percepciones preciosas acerca de nosotros mismos, de las cosas que elegimos, de nuestra fragilidad, de nuestra angustia. Y el estilo colorido, a veces incluso barroco de los cuentos, combina bien con el hecho de que no existen respuestas fáciles, la verdad es como una mujer que se adorna con velos para probar y confundir a los amantes. Nunca ninguno de ellos llegó a verla toda desnuda...

Como los héroes de los cuentos de hadas, nos hacemos y rehacemos a cada paso, cambiamos de piel, cosemos y remendamos nuestros trajes de andariegos, oímos o no los consejos de los maestros que la suerte pone en nuestro camino, nos equivocamos y acertamos... responder a la llamada de la aventura es nuestro destino, intentar es la única acción a nuestro alcance y la esperanza es, al fin y al cabo, una buena compañía en las noches más frías...


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Adília Belotti é jornalista e mãe de quatro filhos e também é colunista do Somos Todos UM.
Sou apaixonada por livros, pelas idéias, pelas pessoas, não necessariamente nesta ordem...
Em 2006 lançou seu primeiro livro Toques da Alma.
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