Síndrome de la Pasividad
Autor Osvaldo Shimoda
Assunto STUM WORLDAtualizado em 04/09/2007 11:53:59
Traducción de Teresa - [email protected]
¿Cómo procedes frente a un problema?
1º) ¿Ignoras su existencia, diciéndote a ti mismo y/o a los demás que no hay problema?
Ejemplo: Tu esposa (tu marido) quiere hablar contigo para ver de salvar vuestro matrimonio, pero rehúsas, alegando que no hay problema alguno, que está “todo bien”, negando la existencia de dificultades.
2º) Reconoces la existencia del problema, pero distorsionas su dimensión, maximizándola o minimizándola.
Ejemplo: Tu matrimonio no va bien, pero alegas que “todo pasará” (lo minimizas, descalificando la gravedad del problema).
3º) Reconoces la existencia del problema, evalúas su dimensión de forma realista, pero descalificas la posibilidad de recomponerlo, considerando que no tiene solución.
Ejemplo: Tu matrimonio va de mal en peor, y dices que no sirve de nada conversar, que tu cónyuge nunca cambiará, que es un caso perdido.
Partiendo del principio de que una persona saludable es aquella que responde (reacciona) adecuadamente a los desafíos de la vida procurando resolverlos eficazmente, al hacer lo contrario ignorando el problema, distorsionando (maximizando o minimizando) su dimensión, o no buscando una solución por no sentirse capaz, tales comportamientos caracterizan una disfunción psicológica, que la psiquiatra americana Jazqui Lee Schiff denominó Síndrome de la Pasividad.
La Drª Schiff identificó cuatro tipos de comportamientos pasivos, que forman parte del cuadro clínico de ese Síndrome:
a) No hacer nada (inercia, inoperancia);
b) Súper adaptación;
c) Agitación o quejumbre;
d) Incapacitación o violencia.
a) No hacer nada:
Frente a un problema, la persona permanece inerte, pasiva, paralizada, no adopta ninguna actitud para resolverlo, por sentirse incompetente, incapaz.
b) Súper adaptación:
Es excesivamente obediente, sumisa, servil, no lucha por sus derechos, pues teme ser rechazada o reprendida. Presenta también muchas dificultades para decir que no, gran necesidad de aprobación ajena, de agradar.
c) Agitación o quejumbre:
En vez de reflexionar, de detenerse a pensar en cómo resolver el problema, se pone agitada, inquieta, nerviosa, ansiosa, quejosa, busca culpar a los demás por sus problemas, sin resolverlos. Suele cultivar también el victimismo (se siente objeto de injusticia, tiene pena de sí misma, entra en depresión).
d) Incapacitación o violencia:
Frente a un problema, reacciona sintiéndose impotente, desmayándose, somatizándolo en el cuerpo en forma de dolencias psicosomáticas (crisis alérgicas, jaqueca crónica, vómitos, etc.), o con explosiones de ira, agrediendo, insultando o rompiendo objetos.
A mi modo de ver, hay aún otra forma más de pasividad, de inepcia – son aquellas personas confusas que no consiguen fijar metas en sus vidas y, si lo consiguen, no establecen metas claras, objetivas y alcanzables.
En esta forma de pasividad, es frecuente también encontrar a aquellos que tienen el hábito de hacer algo y no terminarlo, dejando siempre a medias lo que hacen.
De cualquier modo, el sentimiento de impotencia, frustración e incapacidad están muy presentes en la vida de los que sufren el Síndrome de la Pasividad.
En la Terapia Regresiva Evolutiva (TRE) – Abordaje psicológico y espiritual breve, canalizado por mí a través de los Espíritus Superiores del Astral, el mentor espiritual del paciente (Ser desencarnado directamente responsable por nuestra evolución espiritual), descortinará el “velo del olvido” de su pasado – de esta o de otras vidas, causador de esos problemas – en las sesiones de regresión de memoria, para que el mismo pueda liberarse de las ataduras (bloqueos) de su pasado y, con ello, convertirse en una persona autónoma (no autómata, rehén de sus problemas), rescatando su Poder Personal, o sea, la capacidad de conducir su propia vida.
Mi papel, en cuanto terapeuta, es procurar abrir el canal de comunicación para que el mentor espiritual de cada paciente pueda orientarlo mejor, mostrándole la causa, auxiliando así a la resolución de sus problemas. Su mentor espiritual le hará tomar consciencia también de su verdadero propósito de vida en la encarnación actual (es importante aclararle al lector que en esa terapia, la regresión de memoria es un medio, un instrumento de auto-conocimiento y cura, pero el fin en sí de esa técnica es mostrar al paciente – al descortinar el velo del olvido de su pasado, si está cumpliendo o no su programa de reencarnación (Propósito de vida para el cual ha venido en la jornada actual, para sus aprendizajes. Con eso sabrá si está en el buen camino o si está desviándose de su rumbo verdadero).
Caso Clínico:
Síndrome de la Pasividad
Mujer de 30 años, casada.
Acudió a mi consultorio a fin de comprender el por qué de su inseguridad y miedo frente a la vida. Se sentía impotente, incapaz de resolver sus problemas, pasándolos a su marido, para que los resolviese, por no tener confianza en sí misma.
Al hacer regresión me relató:
“Siento una punzada en el tobillo y en la pantorrilla de mi pierna izquierda. Me duele... La sensación que tengo es la de haber llevado una patada de un tigre y caído en un agujero profundo. Estoy presa y lastimada dentro de ese agujero. Me quedo pensando en cómo salir de aquí.
Me siento impotente, no veo la menor posibilidad de salir de ese lugar.
Percibo que ese sentimiento es el mismo de la vida actual cuando tengo que resolver un problema, por no vislumbrar una solución.
¡Lloro mucho, grito fuerte para que alguien me oiga!” (La paciente habla llorando).
- Avanza más adelante en esa escena – pido a la paciente.
“En mi cabeza sólo está el pensamiento de que voy a morir.
Grito y lloro mucho hasta quedarme exhausta. Pero no sirve de nada, nadie me escucha, el agujero es muy profundo y está dentro de una floresta densa.”
- Ve hasta el momento de tu muerte en esa vida pasada, y observa cuáles fueron tus últimos pensamientos y sentimientos – ruego nuevamente a la paciente.
“Me siento impotente e incapaz. He perdido la confianza en mí misma, no me creí capaz de salir de aquella situación. Yo tenía que contar solamente conmigo. Salgo de mi cuerpo, en espíritu, y me veo desde arriba mirando para mi cuerpo físico en aquel hoyo.
En espíritu, me viene el pensamiento de que no he sido capaz de luchar. Pero siento que había una posibilidad. Si hubiese escalado el hoyo subiendo, apoyando las manos y los pies en la pared, podría de alguna forma subir, pero no lo intenté.”-¿Por qué? – Pregunto a la paciente.
Porque me pareció que no era posible, fui demasiado pasiva. El hoyo, aunque muy profundo, no era tan estrecho ni tan ancho hasta el punto de que no consiguiese apoyarme y subir. No he pensado en esa posibilidad.
Recuerdo que los demás siempre hacían las cosas por mí, pues era muy inerte, bastante dependiente en esa vida pretérita. En el momento de verme sola en aquel agujero, obligada a arreglármelas para sobrevivir, no fui capaz de salir de allí.
En espíritu, me viene también el pensamiento de que la vida me ha colocado en esa situación para que reaccionase. Pero no he reaccionado a esa probación. Es como si la vida me diese una última oportunidad para hacer las cosas por mí misma, sin depender de otros.
Sin embargo, aún dotada del instinto de supervivencia, no he reaccionado frente a mi pasividad. Ni siquiera he intentado buscar una salida, no conseguí atisbar ni una sola posibilidad y acabé por morir.
Traigo a la vida actual ese sentimiento de impotencia, de no sentirme capaz de buscar salidas, soluciones para mis problemas. Tras mi muerte en esa vida, en espíritu, me he dado cuenta de que era preciso por lo menos haber intentado salir de aquel hoyo, haber luchado para sobrevivir.
Esperé pasivamente a que llegase la muerte, sólo llorando. Si hubiese escalado la pared de aquel hoyo profundo, podría resbalar y caer, pero no importaba el resultado. Lo importante era aprender que frente a un problema había que encontrar una solución, por lo menos intentarlo.
En verdad, aquel agujero fue una situación extrema en que me colocó la vida para que reaccionase frente a mi pasividad. En espíritu, tuve la impresión de que una vez más no había conseguido cumplir mi aprendizaje.
En las vidas anteriores también había fallado, no aprendí mi principal lección: ser una persona autónoma, independiente (pausa).
Veo ahora a una pareja... Son mis mentores espirituales.
Dicen que a través de esta terapia he tenido la oportunidad de saber cuál es mi principal aprendizaje en la vida actual. Y que ahora estoy en condiciones de no continuar repitiendo los mismos errores de otras vidas – mi pasividad frente a la vida.
Dicen también que no me preocupe, que todo está siendo resuelto. Siento un gran amor proveniente de ellos (la paciente habla llorando).
Están despidiéndose, diciendo que nunca estoy sola, que siempre estarán por cerca ayudándome”.
Tras esa sesión, la paciente me dijo que estaba sintiéndose muy bien, serena. Es frecuente que el paciente salga así del consultorio, después de conversar con su mentor espiritual. Me dijo que tenía más confianza en su propia capacidad para resolver sus problemas.








in memoriam